La caja de música – 16. Galimatías

16.Galimatías

Me despierto sudada, con el pulso acelerado como si hubiese llegado de una larga carrera. Intento tranquilizarme intentando pausar mi respiración, sin embargo, mi corazón palpita demasiado deprisa debido a que recuerdo exactamente lo que he soñado, la misma pesadilla de siempre en la que iba corriendo desnuda por el bosque al tiempo que escuchaba la respiración agitada de ese bestia que me perseguía.

Miro hacia el otro lado de la cama, que está sin deshacer, igual que cuando me fui a dormir, por lo que deduzco que Leo no ha venido. Miro el móvil, para concluir que no hay ninguna llamada ni WhatsApp desde que me fui a dormir.

Me sobresalto al escuchar un ruido abajo, en el salón o la cocina. Me asomo a la escalera, no distingo nada diferente, la luz sigue encendida, pero no veo nada distinto, así que abro el armario y saco un enorme paraguas que tenemos guardado, lo cojo con las dos manos mientras bajo despacio, con las sienes palpitando, muerta de miedo.

Al llegar abajo, veo al gato gris que había anoche en la calle. Me pregunto por donde habrá entrado. Voy directa a la puerta, que está cerrada con llave, tal como la dejé antes de irme a dormir. Entro en el garaje, vacío y con la puerta cerrada. Al entrar en la cocina observo que la ventana está entreabierta, por donde se cuela un fuerte viento y por donde, me imagino, habrá entrado el animal.

No puedo evitar que se me escape un grito con el ruido de un fuerte trueno y la luz cegadora de un relámpago que, seguramente, ha caído muy cerca. Se me escapa un grito cuando percibo una suave caricia en la pierna derecha, miro al suelo y veo al gato que me está siguiendo, parece que necesita cariño, como yo. Supongo que es de Tomás y María, pero ahora que no están, se ha quedado solo. Me agacho y le acaricio mientras ronronea agradecido, me recuerda a Bartolo, aunque él tenía rayas blancas y estaba más gordo.

Me embarga la tristeza al recordar que nuestro Bartolo fue atropellado por un coche el día que papá se marchó con Jessy, así pues, tanto mamá como yo, hicimos a Jessy la culpable del desgraciado accidente.

Le pongo un bol con leche mientras pienso que mañana le compraré comida, bueno hoy, porque con la tontería, cuando miro el reloj de la cocina veo que marca las cuatro. Cojo al gato en brazos y me lo llevo arriba, lo deposito suavemente encima de la cama, en el lado donde duerme Leo y me siento más tranquila al saber que, por lo menos, tendré compañía.

Me despierto sobresaltada por el sonido del móvil, es una llamada de un número desconocido y no sé si contestar. Al final me decido y contesto pensando que podría ser Leo que se ha quedado sin batería o, quizás ha perdido el móvil.

  • ¿Dígame? – pregunto con voz temblorosa.
  • Buenos días ¿Es usted Raquel? – pregunta una voz masculina.
  • Sí, soy yo. ¿Quién es usted? – sigo preguntando cada vez más intrigada.
  • Le llamo del Hospital, de parte del Dr. Suárez, porque estamos programando la desconexión de su madre de las máquinas y necesitamos que nos dé su conformidad en cuanto al día y la hora – informa amablemente.
  • ¿Y para qué día la han programado? ¿Han hablado con mi hermano? – sigo preguntando.
  • Si su hermano es David Pérez, le he estado llamando, pero no contesta. El Dr. Suárez ha programado la desconexión para el próximo lunes a las cuatro de la tarde – sigue explicando cortésmente.
  • A mí me parece bien, sin embargo, intentaré hablar con mi hermano y le diré que se ponga en contacto con ustedes para confirmar el día y la hora – indico nerviosa.
  • De acuerdo. Gracias Raquel. Buenos días – se despide.

Me quedo mirando el teléfono, son las ocho y cuarto, parece ser que me he dormido, tal vez el gato, que ahora está estirándose, me ha obsequiado con una calma que hacía mucho tiempo que no tenía.

Me levanto deprisa, me desnudo y entro en la ducha, el agua sale fría, pero no me da tiempo a averiguar qué ocurre, así que dejo que el chorro caiga con fuerza sobre mi cabeza, esperando que me espabile. Me visto con prisas, pensando que llegaré tarde al Estudio. Bajo a la cocina para desayunar, sin embargo, cuando miro en el frigorífico no me apetece nada, así que me bebo, con prisas, un café bien cargado. Cuando estoy a punto, recuerdo que no tengo coche, por lo que no puedo marcharme. Llamo a Cosme, que me contesta enseguida.

  • Buenos días, tío. Leo no ha venido a dormir esta noche y necesito que alguien venga a buscarme – explico preocupada.
  • Buenos días, Raquel. De acuerdo, vendré enseguida – concluye.

Miro por la ventana, unas nubes negras cubren el cielo y unas enormes gotas mojan el suelo, dejando un paisaje triste y bucólico. Aprovecho mientras espero a que Cosme venga a buscarme para llamar a Leo.

Nada no contesta, salta el contestador que me dice que está apagado o fuera de cobertura. Estoy pensando en llamar a la inspectora para comentarle que Leo ha desaparecido cuando suena el móvil, es Jessy que me pregunta:

  • Hola Raquel. ¿A qué hora llegó Leo?
  • Hola Jessy. No ha venido a dormir y estoy muy preocupada, incluso estaba pensando en llamar a la inspectora – contesto agobiada.
  • Vaya, si que es para preocuparse. Tal vez está con Tomás, puede que le haya obligado a cortarse un dedo – bromea.
  • No me digas eso, Jessy. Estoy muy nerviosa – la riño un poco enojada.
  • Perdona, solo quería quitarle importancia. Seguro que tiene una explicación. No te preocupes. Si quieres puedo venir a buscarte – sugiere disculpándose.
  • Gracias, no hace falta, porque he llamado a Cosme y ya está en camino. Te dejo, porque veo que ya está fuera, esperándome – me despido cuando veo por la ventana el coche del tío.

Me despido del gatito, pensando que tendré que ponerle un nombre y salgo a la calle, donde sopla un viento húmedo que avisa de una futura tormenta. Al sentarme en el coche, observo, de reojo, a Cosme, que está como ausente, con su moratón en la mejilla y unas enormes bolsas bajo los ojos, no puedo evitar decirle:

  • Hola tío. ¿Cómo estás? Parece que te ha atropellado un camión.
  • Bueno, no estoy en mí mejor momento, que digamos – contesta después de un largo bufido.
  • ¿Hablaste con Lidia? ¿Qué te dijo? – intento sonsacarle algo de información.
  • Si, se lo conté todo. Está muy enfadada, ni siquiera me habla. No sé que hacer para que me perdone, Además tengo dos días para conseguir el dinero – explica con lágrimas en los ojos.
  • Bueno, supongo que tiene derecho a estar enojada. Dale tiempo, ella te quiere, seguro que te perdonará y te ayudará a solucionar el problema. Bueno, ya sabes que, si puedo ayudarte en algo, no tienes más que decirlo – me ofrezco dispuesta a todo.
  • Si hay algo que puedes hacer por mí. Recuerdas que mañana tenemos esa boda de “alto copete”, pues quiero pedirte que te ocupes de llevar todo el reportaje. Estoy convencido de que ya estás preparada. Si quieres puedo ocuparme del video, pero de lo demás te ocupas tú – expone, consiguiendo que me sienta halagada al mismo tiempo que atemorizada.
  • ¿Estás seguro de que estoy preparada? Nunca he hecho un reportaje de boda, solo te he ayudado – insisto nerviosa.
  • Por supuesto que estás preparada. Es más, me gustaría que te apuntases a algún curso porque estoy seguro de que así te será más fácil continuar con el negocio – explica esbozando una débil sonrisa.
  • Claro, me gustaría mucho hacer algún curso, me encanta esta profesión y tengo muchas ganas de aprender todos sus secretos – contesto halagada.
  • Pues no se hable más, mañana debutas como fotógrafa. Por cierto, tendremos que ponernos elegantes, porque es una boda de categoría – expone con una mueca.
  • Tengo un conjunto de pantalones y chaqueta en color negro que, creo, será ideal. Y he pensado en hacerme un recogido con el pelo – explico muy animada.
  • Perfecto, seguro que estarás muy guapa. Yo me pondré el traje azul marino y la corbata gris – informa justo cuando llegamos al garaje donde tiene el coche guardado.

Justo cuando bajo del coche, suena el móvil, es David:

  • Hola David ¿Te han llamado del hospital? – pregunto mientras recuerdo que la persona que me ha llamado me ha dicho que no le había localizado.
  • Estoy en el hospital, acabo de hablar con el Dr. Suárez y me ha informado sobre el día y la hora que han previsto la desconexión de mamá – explica él.
  • Me han llamado esta mañana para informarme de todo y no sé, tengo un nudo en la garganta – expongo con lágrimas en los ojos.
  • Ahora debemos intentar pasar estos últimos días con ella, para poder despedirnos – manifiesta con voz grave.
  • Tienes razón, intentaré pasar esta tarde, porque mañana tenemos una boda y no podré ir en todo el día. A ver si el domingo todo se normaliza – declaro con un leve temblor en los labios.
  • ¿Qué quieres decir con eso de que todo se normaliza? – pregunta.
  • Bueno, es que Leo me llamó ayer para decirme que llegaría tarde a casa y para saber si alguien me podía llevar. Me acompañó Jessy, incluso se quedó a cenar. Sin embargo, no ha venido a dormir, no contesta al móvil y el tío ha tenido que venir a buscarme – informo notando como mis palpitaciones aumentan.
  • ¿Has llamado a la policía? – consulta.
  • Todavía no, pero ahora llamaré a la inspectora que lleva el caso de la caja de música, porque tengo la premonición de que tiene algo que ver con eso – explico mientras entramos en el Estudio y el tío abre las luces.
  • Oye, si necesitas algo dímelo, hoy tengo el día libre. Pensaba quedarme toda la mañana con mamá, pero si me necesitas solo tienes que decírmelo – propone.
  • De acuerdo, ahora tengo que colgar, te mantendré informado. Un beso – me despido mientras busco en el bolso la tarjeta de la inspectora.

Registro en el interior del bolso, pero no encuentro la tarjeta de la inspectora, así que, cuando llego al Estudio, entro en la habitación y vacío todo su contenido. Me parece increíble todo lo que llevo a cuestas, incluso hay algunos objetos que ni siquiera recordaba que tenía, como un pañuelo de hilo con la letra R bordada a mano por mi abuela, un bolígrafo con las iniciales de papá, que ahora recuerdo que se lo quité el día que se marchó de casa. Cojo un pequeño monedero de color verde, que era de mamá, lo abro y en su interior encuentro una medalla de oro con la Virgen de Montserrat en una cara y la letra D de David, en la otra. Las llaves de donde vivo y las de la casa de mamá. Abro mi billetero negro y dentro, junto con la visa, encuentro la tarjeta de la inspectora.

Me tiembla la mano cuando marco su número de teléfono en el móvil. Parece como si estuviese esperando mi llamada porque contesta en seguida:

  • Inspectora Rodríguez al aparato ¿Quién es?
  • Inspectora, soy Raquel Pérez – contesto sintiendo un leve mareo, que me imagino que será a causa de los nervios.
  • Diga Raquel ¿Qué ocurre? – me apremia.
  • Verá, no se si es importante, pero creo que Leo ha desaparecido. Me llamó anoche diciendo que vendría tarde a casa y todavía no ha regresado. Le he llamado, pero su móvil está apagado o fuera de cobertura – explico notando un temblor en la voz.
  • Muchas gracias por llamar, Raquel. Precisamente ahora acabo de hablar con los padres de María, porque, parece ser, que se fue hace dos días y no saben dónde está. No quiero asustarla, pero también estamos investigando la desaparición de otras diez personas, entre las que se encuentran Tomás y Alma. Enseguida que tengamos novedades le informaremos – explica la inspectora.
  • Gracias inspectora – me despido, con los nervios a flor de piel.

Le explico la conversación a Cosme y mientras comentamos el mal rollo que nos da toda esta movida, aparece Jessy, sonriendo como siempre. Nos abrazamos y noto como me pasa su energía positiva, sin embargo, no puedo evitar relajarme y que mis sentimientos salgan a flor de piel, por lo que me dejo llevar, suspirando, mientras las lágrimas resbalan por mis mejillas. Estamos un buen rato abrazadas y cuando nos separamos le revelo:

  • Estoy agotada, me han llamado del hospital porque el lunes desconectarán a mamá, no sé dónde está Leo, Cosme solo tiene dos días para recuperar el dinero que debe y, encima, mañana tenemos una boda de categoría y a mi tío se le ha ocurrido pedirme que me encargue de todo, por lo que no puedo fallarle, ya que será definitivo para mi futuro.
  • No te preocupes, todo se irá solucionando poco a poco. Siento lo de tu madre, pero piensa que será mejor tanto para ella como para vosotros, por fin ella descansará en paz y a vosotros os dará tranquilidad y armonía. En cuanto a Leo, seguro que hay una explicación – empieza a animarme, cuando la corto para decirle:
  • Lo de Leo pinta mal, Jessy. He llamado a la inspectora y están investigando la desaparición de María, Tomás, Alma y la de los propietarios de los dedos que vimos en las cajas de música.
  • ¡Caramba! Estoy segura de que estas desapariciones tienen que ver con la secta, por lo que deben estar todos juntos, quizás encerrados en alguna casa en medio del campo. Pero no te preocupes porque, seguramente, pronto averiguarán dónde están. Tienes que confiar en que la inspectora y su equipo los encontrarán – insiste ella, intentando reconfortarme.
  • Espero que lo descubran pronto y que no sea demasiado tarde. He leído que en algunas sectas se suicidan todos juntos – expongo sollozando.
  • Raquel, tengo que salir un momento. ¿Puedes hacerte cargo del Estudio? – pregunta Cosme, caminando hacia la puerta, mientras consulta el móvil.
  • Por supuesto, tío. Ve tranquilo, estaré aquí toda la mañana – contesto intentando parecer más serena de lo que en realidad estoy.

De repente me parece que me fallan las piernas, la cabeza me da vueltas y no me siento capaz de aguantarme de pie, así que me lanzo hacia el banco y me estiro, esperando que se me pase esta horrible sensación. Jessy se acerca con un vaso de agua y me ayuda a beber mientras me pone una toalla húmeda en la frente y en la nuca. Como siempre, intenta animarme:

  • Tranquilízate Raquel, sé que estás viviendo una situación muy tensa, ya que, por una parte, tienes a tu madre conectada a esas máquinas. Luego todo ese asunto de las cajas de música y, después todo lo que Leo te ha escondido y que, por lo visto, tiene que ver con ese feo asunto de la secta. Comprendo que es difícil, pero tienes que intentar relajarte.
  • Es que ahora mismo me encuentro fatal, todo me da vueltas, mi cabeza parece que está a punto de estallar y tengo ganas de vomitar, quizás algo se me ha sentado mal – explico con ganas de llorar.

Nos quedamos en silencio, me dejo cuidar por Jessy, que, ahora mismo, sé que es una de mis mejores amigas, a la vez que, poco a poco, ha ocupado el vacío que hace tiempo ha dejado mamá, aunque sea por culpa de un tumor cerebral.

Pero, lo que más me angustia es ese presentimiento de que Leo está en peligro, dejándome una sensación de impotencia al no poder y de miedo a descubrir toda la verdad.

Desesperada busco un anclaje, algo o alguien a quien aferrarme y pienso en ese gatito que hoy ha entrado en casa y en mi vida, que me ha dado calma en un momento en que para mí todo está revuelto y en mi cabeza se ha formado un enorme galimatías. De repente lo veo claro, a partir de ahora ese será su nombre: GALIMATÍAS.

(Continuará)

Lois Sans

23/04/2019

Sant Jordi

 

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