En urgencias

Capítulo 10:

Observo a mi padre mientras me bajan en camilla de la ambulancia. Le veo más mayor, con ojeras, parece seriamente preocupado, quien sabe que más ha averiguado. Mientras entramos en urgencias, oigo a la doctora decir:

  • Mujer, dieciséis años, traumatismo craneal por herida con objeto contundente. Perdida del conocimiento en dos ocasiones, aunque ahora está consciente.

Me viene a la cabeza aquella serie de TV que tanto me gustaba, Hospital Central, de la que ahora me parece que soy una protagonista.

Papá ha entrado con nosotros, no se separa de mí ni un momento. Me llevan a un box y, después de cambiarme de camilla, la Dra. Ana y el conductor se despiden de nosotros:

  • Mucha suerte, Martina, espero que te recuperes pronto.

Mi padre les da las gracias por su profesionalidad y nos quedamos solos. Se acerca y nos abrazamos, apoyando su cara en mi mejilla y su barba de tres o cuatro días hace que me sienta protegida.

Intento identificar un sinfín de emociones que me embarga. Por una parte me siento  triste por haber estado tanto tiempo sin su compañía y por otra estoy contenta de tenerle conmigo. Me gustaría decirle lo que siento, que le quiero, que le necesito, pero no sé porque no me salen las palabras.

Me besa repetidamente en la mejilla, mientras dice:

  • Siento mucho lo que te ha pasado, pero me alegro de que me hayas llamado. Tenía tantas ganas de verte, no te puedes imaginar lo que te he echado de menos. Te quiero muchísimo, hija.

Le miro a los ojos y mientras unos gruesos lagrimones ruedan por mis mejillas, consigo abrir la boca y susurrar:

  • Lo siento mucho papá, me he portado como una niña malcriada. No quería apartarte de mí, no tengo derecho a decirte cómo y con quien tienes que vivir. Perdóname, papá. Te quiero infinito.

Seguimos abrazados, aprovechando este pequeño momento de felicidad. Cuando pasamos por un buen momento dentro de una mala época es como encontrar un oasis en un desierto y ahora veo en él a mi oasis de paz.

De pronto, se abren las cortinas y asoma un enfermero joven y guapo. Me fijo bien y veo que es Miguel, el primo de Sofía. Recuerdo que, de pequeña, soñaba que éramos novios.

Mientras nos separamos, él se acerca sonriendo y me pregunta:

  • ¡Martina! ¿Qué ha pasado? He leído tu nombre en los ingresos y he pedido que me asignaran tus pruebas.
  • No sé exactamente qué ha pasado, no recuerdo nada – contesto mientras nos abrazamos.
  • A primera hora de la tarde han traído a Valeria – dice él.
  • ¿Y cómo está? – pregunto asustada.
  • Por ahora está en coma. Alguien le clavó una navaja en el costado, por suerte no ha tocado ningún órgano. Parece ser que al caer se golpeó fuertemente en la cabeza y perdió el conocimiento – explica Miguel.
  • Pero ¿se despertará? – intento averiguar.
  • No lo sé, puede estar horas, días, años, ¿quién sabe? – responde con seriedad.
  • Pues si ella no despierta y yo no recuerdo, no sé que va a pasar – digo azorada.
  • Parece que alguien te han golpeado en la cabeza y a ella le clavaron un cuchillo. ¿De veras no recuerdas nada? – sigue él.
  • Es como si tuviera una palabra en la punta de la lengua, parece que va a salir pero se queda dentro – explico aturdida.

Nos informa de las pruebas que van a hacerme. Primero un análisis de sangre. Me obliga a relajarme en la camilla y empieza el protocolo.

Cierro los ojos, no quiero mirar cómo me pincha para sacarme sangre, igual me mareo de nuevo, sin embargo, me da miedo relajarme demasiado por si vuelvo a soñar con Valeria. En realidad, no sé si tengo ganas de recordar, me da pánico lo que pueda averiguar.

Entreabro los ojos y observo a papá mirando su móvil, concentrado y preocupado. Vuelve a apartarse la cortina del box y entra un señor alto y robusto, Miguel lo saluda y me dice:

  • Este es mi compañero Andrés, él te llevará a la sala de Radiología, donde te van a hacer un TAC. Tu padre te esperará aquí. Te dejo en buenas manos.

Mi padre me besa en la frente y Andrés empuja la camilla por esos blancos e impolutos pasillos del hospital.

De nuevo siento unas enormes ganas de fugarme,  marcharme lejos y olvidarme de todo, pero sé que  no puedo defraudar a mis padres y a mi hermano.

Llegamos a una amplia y clara sala de espera y me deja a un lado mientras dice:

  • Espera aquí, ahora vendrán a buscarte.
  • Gracias – contesto intentando sonreír.

Me fijo en una chica que está sentada en una de las sillas, muy morena, vestida de negro. Creo que la conozco, pero no recuerdo de qué. Está mirando el móvil y, cuando levanta la cabeza, me mira y se levanta. Viene hacia mí.

Mientras se acerca cojeando recuerdo su nombre, Tania, no va a mi clase, pero sé que repite cuarto de ESO. Dicen que es una rebelde independiente, me parece que no tiene muchos amigos.

Camina despacio, intentando no apoyar el pie en el suelo. Cuando, por fin, llega delante de mí, pregunta:

  • ¿Qué te ha pasado? ¿Estabas con la creída de Valeria? ¿Qué te ha hecho esa loca?
  • Si, estaba con ella, pero no recuerdo nada – contesto sorprendida por la cantidad de preguntas juntas que me ha hecho, teniendo en cuenta que ella y yo no hemos hablado nunca en los cuatro años de ESO.
  • Me han dicho que Valeria está en coma, ¿es cierto? – pregunta muy seria
  • Creo que sí, aunque yo no la he visto – contesto también seria.
  • Y a ti ¿qué te ha pasado? – pregunto antes de que ella siga con un interrogatorio que no tengo ganas de responder.
  • Nada que no tenga solución, creen que tengo fracturados varios dedos del pie –responde con una mueca.
  • ¿Y cómo ha sido? – sigo indagando.
  • Mi padre quería castigarme, he empezado a correr y me he dado un golpe en el marco de la puerta – sigue explicando

De pronto nos quedamos en silencio, mirándonos, este momento se hace realmente incomodo, menos mal que sale una enfermera y pregunta:

  • ¿Martina García Pérez?
  • Soy yo – contesto un poco asustada.

Empuja la camilla hacia el interior de una habitación un poco oscura. Detalladamente me explica lo que me van a hacer, repite varias veces que es muy importante que no me mueva, ni siquiera puedo respirar, ya que si no sale bien tendrán que repetirla.

La verdad no me hace mucha gracia que me metan dentro de un tubo. ¿Y si hay una avería, se para el mecanismo y me quedo dentro?

Cuando salgo del túnel  respiro aliviada, no ha sido tan horrible como me imaginaba. Ahora solo queda esperar que el resultado no sea malo.

Cuando me vuelven a dejar en la sala de espera Tania ya no está, supongo que le estarán haciendo la radiografía.

Andrés viene a buscarme y me lleva, de nuevo, por esos pasillos tan inmaculados, que irradian pureza. Me da por pensar que, si esas paredes pudieran hablar, tal vez nos sorprenderían lo que nos podrían contar.

Cuando llegamos, papá ya no está, veo sentada a mamá. Cuando me ve llegar da un salto de la silla y viene a abrazarme, está muy nerviosa, papá se lo habrá contado todo. Mientras me besa en la frente, me pregunta:

  • ¿Cómo estás? ¿Qué ha pasado? ¿Qué habéis hecho?
  • Mamá, me estás poniendo nerviosa – le digo con una leve sonrisa.
  • ¿Te duele la cabeza? – sigue preguntando.
  • Un poco, encima de la nuca, alguien me golpeo – respondo un poco agobiada.

Supongo que se da cuenta porque me abraza muy fuerte, pero con dulzura y su suave olor a violetas me tranquiliza.

Este momento de paz y seguridad no dura mucho, ya que, de pronto, se abre de nuevo la cortina del box y entra un doctor alto y robusto, con el pelo cano, acompañado de Miguel, sus caras serias me asustan. Supongo que nos darán el resultado de las pruebas.

(continuará)

 

 

 

 

 

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