Me declaro inocente

Nunca me habría imaginado que algún día estaría sentada en el banquillo de los acusados.

Mi familia siempre decía que mi vida era parecida a la de una ameba, predecible y aburrida. Muy diferente a la de mi hermana que, desde siempre, había estado llena de emociones con altibajos de todo tipo, similar a una montaña rusa.

Yo era la niña guapa, estudiosa, obediente y sumisa; mientras el papel que desempeñaba Daniela era el de la chica simpática, atrevida y divertida, capaz de enfrentarse a cualquier peligro.

Era lógico que fuera componente de un grupo de alpinismo y, a menudo, escalaba paredes de hielo, subía altas montañas o se sumergía en las profundidades del océano, buceando en busca de algún tesoro perdido. Así pues, tanto sus trabajos como las diferentes parejas que estuvieron en su vida, fueron de lo más variado.

Por otra parte, yo solo tenía una buena amiga, formaba parte de un grupo de lectura de novela histórica y he sido campeona comarcal de ajedrez. Cuando terminé mis estudios como administrativa me presenté a unas oposiciones en las oficinas de la Seguridad Social y, desde entonces, he sido funcionaria, un trabajo más bien monótono pero ideal para una persona como yo.

A Alberto lo conocí en una pequeña cafetería, donde coincidíamos cada día a la hora del desayuno y, mientras me bebía un té con un pequeño bocadillo, acompañada de  un buen libro, él también desayunaba acompañado de un libro, aunque nuestras lecturas, por lo que después comprobé, eran bastante diferentes.

Miradas esquivas y sonrisas disimuladas nos fueron acercando, hasta que un día, mientras recogía mi pañuelo del suelo, me invitó a dar un paseo. Sorprendida y en voz baja le dije:

  • Estoy en un descanso del trabajo, no puedo salir a pasear.
  • Entonces, dime ¿a qué hora te paso a recoger y dónde? – insistió él.
  • Salgo a las tres de la oficina de la Seguridad Social, justo aquí al lado – contesté sonrojándome.
  • De acuerdo, a las tres menos cinco estaré aquí – dijo guiñándome un ojo.
  • Pero tendré que ir a comer – me atreví a formular.
  • Pues iremos comer juntos, invito yo – afirmó con seguridad.

Me levante de la mesa, incrédula, aunque en mi cara se dibujaba una gran sonrisa. Escapé de la cafetería, mirándole de reojo y disimulando mientras contaba las horas que quedaban para una cita que prometía ser la más interesante de mi vida.

En la adolescencia siempre había esquivado las compañías masculinas y, aunque era agraciada y mi cuerpo no estaba nada mal, era tan tímida que nunca les daba pie a que contaran conmigo para pasar un rato divertido.

El resto de la mañana paso despacio, parecía que el reloj me la estaba jugando, como si las minutas se movieran más lentamente, adrede, mientras mi corazón latía cada vez más deprisa, sin poder concentrarme en el trabajo ni en lo que me decían mis compañeras.

A las tres menos cuarto, me encerré en el cuarto de baño, para pintarme un poco los ojos y repasarme la barra de labios. Por fin, dieron las tres y, sin despedirme de nadie, cogí mi bolso y salí corriendo.

Al salir a la calle, le encontré esperándome en la acera de enfrente, apoyado a una farola, fumándose un cigarrillo. Cuando me acerqué me saludó dándome un par de besos en las mejillas.

Mirándome con sus grandes ojos verdes me preguntó:

  • Me llamo Alberto, ¿y tú?
  • Patricia – respondí con las mejillas encendidas por el rubor.
  • Pues, encantado de conocerte, Patricia – dijo sonriendo.
  • Lo mismo digo, Alberto – contesté sonriendo también.

Entonces, sin más, me cogió de la mano y, como si nos conociéramos de toda la vida, me estiró calle abajo, hablando sin parar de cosas banales como el destino de los árboles o la vida de las hormigas. Me parecía increíble la facilidad de palabra que tenía, cualquier tontería podía ser un tema de conversación, mejor dicho él hablaba y yo escuchaba y, muy a menudo, me hacía reír.

Me llevó a un restaurante de la zona baja de la ciudad, uno de aquellos lugares a los que nunca habría ido sola. En una calle estrecha, con una arboleda a cada lado de las aceras. Los establecimientos eran variopintos, una tienda de reparación de bicicletas, una lavandería, un supermercado pakistaní, una carnicería árabe, una pequeña tienda de ropa hippie, una frutería regentada por chinos y el restaurante hindú.

Cuando entramos, me pareció un local infinitamente pequeño y demasiado oscuro. Aunque era agobiante, tenía cierto encanto. Solo había cuatro o cinco mesas de madera, con una pequeña planta para disimular el basto mantel y las servilletas de papel. En lugar de sillas había bancos y un intenso olor a especias le daba un toque característico oriental.

Supongo que debía ir a menudo, porque nada más entrar, el dueño salió a saludarlo y nos llevó a la que, debía ser, la mejor mesa.

A la hora de pedir la comida, me dejé aconsejar, porque en mi vida había comido en un restaurante hindú. Para mí era toda una experiencia.

La comida me pareció rara y, aunque me costó un poco intenté probar de todo, tal vez porque estaba muerta de hambre. Mientras tanto él seguía hablando y yo escuchando. De vez en cuando, me preguntaba por mi trabajo, mi familia, mis amigos, en fin, mi vida.

Nos bebimos un par de botellas de vino o, tal vez, me las bebí yo sola porque al llegar a los postres, tenía la vista bastante nublada y me notaba achispada, una sensación totalmente nueva para mí.

Cuando nos bebíamos el té acompañado de un licor de esos que tienen un animalito metido dentro de la botella, me pregunto si quería ir a su casa.

Sin pensarlo ni un momento, asentí y salimos del restaurante cogidos de la mano y riendo sin parar.

Entramos en una escalera oscura, en la misma calle y entonces me confesó que vivía en la séptima planta y que el ascensor estaba casi siempre estropeado.

Me hizo subir delante suyo por una escalera estrecha y oscura, mientras tanto él, detrás de mí, me robaba un beso y una pieza de ropa en cada planta, de manera que al llegar al último piso estaba completamente desnuda. Menos mal que había bebido porque en otra ocasión me habría muerto de vergüenza.

Cuando abrió la puerta, un agradable aroma a rosas nos envolvió, entonces me cogió en brazos y, siguiendo por un camino marcado por pequeñas velas aromáticas que iluminaba suavemente el pasillo, llegamos a su habitación.

Me depositó en una gran cama redonda, situada en el centro de la alcoba. En el  techo había un enorme espejo donde se reflejaba mi cuerpo desnudo mientras él me besaba suavemente en el cuello y me mordía sutilmente el lóbulo de la oreja.

A continuación, me vendó los ojos con un pañuelo de seda, mientras me susurraba al oído:

  • No pienses en nada, relájate porque todo lo que te voy a hacer te va a encantar. Nunca olvidarás esta primera cita.

No me atreví a decirle que nunca había estado con ningún hombre, que él sería el primero con quien tendría una experiencia sexual.

Me es imposible describir lo que sentí cuando pasó la yema de los dedos, suavemente, por cada rincón de mi cuerpo, luego me beso apasionadamente en la boca y me mordió delicadamente desde los labios hasta la punta de los dedos de los pies, entreteniéndose en mi sexo, haciéndome llegar varias veces al orgasmo. Cuando por fin me penetró, jugó dentro de mí hasta que al final  alcanzamos juntos el clímax.

Desperté al día siguiente, sola, desnuda y con un dolor de cabeza insoportable. Estirada en el centro de esa enorme cama, intente recordar todo lo que había pasado desde el momento que acepte ir a comer con él. Tenía claro que el vino se me había subido a la cabeza, pero también me ayudo a disfrutar de una sesión de sexo loco que solo de recordarlo me hacía ruborizar.

Me encanto asearme en una de esas fantásticas columnas de duchas de donde salen chorritos por todas partes. Luego, encontré mi ropa, doblada, en un sillón y, después de vestirme, me dispuse a buscarlo para agradecerle… todo lo que se le podía agradecer.

Al salir de la habitación un agradable aroma a tostadas recién hechas y café me llevaron hasta una sala con cocina americana. Una barra con un par de taburetes altos, un sofá y un colosal televisor. Lo encontré preparando el desayuno. Cuando me vio, se acercó, me abrazó y me besó suave pero intensamente en la boca.

Luego, sin dejar de sonreír, apartó un taburete de la mesa y me hizo señas para que me sentara, mientras me dejaba un vaso con zumo de naranja y un plato con tostadas, mantequilla y mermelada de fresa.

De repente, me acordé de que tenía que ir a trabajar, miré el reloj agobiada, pero, parece ser que ya lo tenía todo solucionado, porque enseguida me informó:

  • No te preocupes, he llamado a tu oficina y te he excusado diciendo que no te encuentras bien. Tu jefa, Pilar, me ha dicho que no te preocupes y desea que te recuperes pronto.

Y en ese momento me di cuenta de que mi vida ya no me pertenecía. Me senté en el taburete y, sin decir nada, me comí todo lo que había en el plato.

Él, se sentó a mi lado, hablando sin parar, construyendo un futuro, haciéndome sentir por partes iguales, sorprendida, ilusionada y atemorizada a la vez.

Se acostumbró a venir  a buscarme a las tres, me llevaba a comer al restaurante hindú, luego íbamos a su casa, nos fumábamos un porro, bebíamos vino blanco, me daba una buena dosis de sexo y nos dormíamos abrazados.

Cuando le preguntaba por su trabajo me respondía que era negociante, que algún día me lo explicaría detenidamente, porque se dedicaba a invertir los ahorros de la gente para hacerlos crecer.

Mi madre y mi hermana no daban crédito a lo que les contaba, me llamaban   extrañadas porque querían conocerle, que lo invitara a comer, pero y yo les daba largas, diciéndoles que todavía era pronto, que ya llegaría ese momento, más adelante.

Y entonces empezó a ordenarme lo que él justificaba como muestras de amor. Primero fue el vestuario, diciendo que parecía una monja. Me llevó a varias tiendas, donde me hizo probar diferentes prendas, tal vez demasiado sexys para mi gusto para, luego, mientras él entretenía a la propietaria o la cajera, yo debía dejar mi ropa vieja y llevarme puesta la nueva.

Dejé de usar ropa interior, sólo me dejaba llevarla cuando estaba en esos días críticos, entonces era cuando podía ir a casa de mis padres, quedar con mi hermana, hasta que todo terminaba.

Me daba miedo negarme a efectuar esas pruebas de amor que me ordenaba y que a mi tanto me costaban, como entretener a un repartidor de pizzas mientras él le robaba la mercancía, coquetear con el propietario del supermercado pakistaní mientras Alberto se marchaba con la compra sin pagar, marcharnos disimuladamente de un restaurante sin abonar la cuenta, así que, cuando me atreví a preguntarle porque robábamos a la gente, muy enfadado me contestó que solo eran pruebas para mí, porque, me aseguraba, que después él lo abonaba. Aunque siempre me quedó la duda.

Y, por fin, me dijo que llegaba el momento de la prueba final, la que decidiría si merecía casarme con él y formar una familia y, en ese momento, yo tenía más miedo de perderle que de casarme. Por eso cuando me dijo de que se trataba, presentí que, aunque no me gustaba y era muy difícil, no tendría más remedio que llevarla a cabo.

Debería meterme en casa del viejo del piso de abajo, el que ponía el televisor a todo volumen y acabar con él. Me aconsejó de la forma que debía introducirme en el piso, donde debería dirigirme y como clavárselo para que no sufriera demasiado-

Así, pues, una noche, me encontré abriendo la puerta del vecino con una tarjeta de crédito y con una navaja en la otra mano, temblando desde la cabeza hasta los pies.

Entré, descalza para no hacer ruido, de puntillas y, sigilosamente, me dirigí al final del pasillo, siguiendo el ruido del televisor, sin embargo, más o menos a mitad del camino, un golpe en la cabeza me desplomó hacia el suelo y todo se volvió oscuro.

Desperté enmanillada en una cama de hospital con un policía custodiando la puerta. Mi familia no pudo venir a verme, solamente un abogado de oficio, alto, delgaducho y ataviado con unas gafas de cristal grueso que se apoyaban sobre una gran nariz aguileña.

Fue el abogado quién me dijo que Alberto Rodríguez Pérez no existe, que el piso donde vivimos nuestro amor está vacío, que ningún vecino lo conoce y que cuando el viejo al que quería matar me encontró en el pasillo con una navaja en la mano, me golpeó fuertemente con la lámpara de la mesilla de noche.

¡Ah! Y mis cuentas bancarias están en números rojos, mis ahorros han desaparecido y parece ser que yo he dado órdenes de transferencia a otras cuentas.

Mis padres, mi hermana y mis compañeros de trabajo nunca conocieron a Alberto, cuando fuimos al restaurante hindú el propietario no era el mismo que yo conocía y tampoco el del supermercado pakistaní.

Pero cuando el juez me pregunte le diré que ME DECLARO INOCENTE.

FIN

Lois Sans

 

25/07/2017

 

 

 

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