Papá

CAPITULO 2:

Sentada en el suelo del probador empiezo a recordar cómo y porqué dejé de hablar con papá. Me doy cuenta de lo mucho que le echo de menos.
Cuando se separaron, nos quedamos a vivir con mamá, pero un día a la semana David y yo íbamos a su casa y muchos fines de semana, también. Aunque nunca compartió nuestro tiempo con ninguna mujer, sabíamos de sobras que en su casa había una compañía femenina. Como un juego nos dedicábamos a buscar el rastro de la chica e intentar adivinar su edad y su físico. Aprovechábamos las clases de detective que nos daba para entretenernos, para averiguar los amores secretos de papá.
A medida que íbamos investigando, aprendimos que a papá le gustaban las mujeres cada vez más jóvenes, hasta que un día nos presentó a Silvia,  morena, alta, delgada, con grandes ojos verdes, un par de años mayor que mi hermano. Y poco a poco se me pasaron las ganas de ir a casa de mi padre, sobre todo cuando la niñata repelente pretendía hacerme de madre. Y lo que no pude tolerar de ninguna manera fue cuando nos llevaron a un restaurante para anunciarnos que se casaban.
Sé que mi reacción fue de adolescente mimada, me levanté de la mesa y me fui llorando de rabia, incapaz de soportarlo.
Ahora siento haberme comportado tan mal, le bloquee por WhatsApp y no conteste a sus cientos de llamadas, hasta que se cansó. Por eso ahora tengo un nudo en la garganta, un peso en el pecho y mis ojos inundados por las lágrimas, pero meto mi orgullo en un bolsillo, busco su número en el móvil y decido llamar.
Nada, no contesta, sé que tiene derecho a odiarme, después de todo lo que le dije. Ni siquiera quise ir a la boda.

Y ahora ¿qué voy a hacer? Sigo sin recordar que hacía con Valeria en los lavabos ni tampoco qué pasó con ella. Seguramente no debería haber huido, seguramente debería haberme quedado a su lado, pero el pánico me invadió junto con la duda de que tal vez la maté yo. Ella es mi mejor amiga, aunque algunas veces me dan ganas de estrangularla, por prepotente, creída y mandona. No sé qué pensar.
Vuelvo a llamar a papá, sigue sin contestar, mientras tanto mi cabeza está a punto de estallar, sigo mareada y con muchas ganas de llorar.
Veo que tengo muchísimos mensajes de WhatsApp, de mi madre, del grupo de mis mejores amigas, de los compañeros de inglés, no pienso abrir ninguno.
Suena el teléfono. ¡Es papá! Que nervios. ¿Qué le voy a decir? Trago saliva, cojo aire y contesto:
– ¡Papá! – sin querer empiezo a llorar.
– ¿Martina? ¿Eres tú? ¿Qué ocurre? – contesta él con su voz grave y suave.
– Te necesito. No sé qué ha pasado, tengo mucho miedo. – me apresuro a decir con voz trémula.
– No te preocupes, pequeña, aquí está tu papá ¿Dónde estás, princesa? – pregunta intentando parecer tranquilo.
– Estoy en una tienda del centro comercial. Por favor ven enseguida, papá – suplico agobiada.
– Tranquila, cariño, papá estará contigo dentro de media hora como mucho – se apresura a confirmar.

Cuando cuelgo, me concentro,  intentando recordar todo lo que me ha pasado hoy, suena de nuevo el teléfono, es un número fijo que no puedo identificar, no sé si contestar.
(continuará)

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