Habitación 303 – 5

Capítulo 5 – Descubriéndome a mí misma

Empiezo a comer una galleta al tiempo que me siento delante de la mesa, abro la libreta y empiezo a dibujar, no me cuesta nada, me sorprendo intentando reproducir el chico que me salvó en el sueño, satisfecha, observo que me ha quedado muy bien, además, ahora estoy convencida de que conozco a esta persona, por lo que, como decía el psiquiatra, debe de ser alguien con quien mantengo una estrecha relación. Descarto que sea mi hermano por los comentarios de Aurora, que me hacen suponer que soy hija única. Tal vez es un primo, un amigo, pero… ¿y si es mi novio? Estoy segura de que podría enamorarme de un chico tan guapo que me salva de morir ahogada. Necesito urgentemente el móvil, quiero ver cuáles son mis contactos y mis mensajes antes del accidente.

Se abre la puerta y entra la auxiliar que me trae el yogur y una cuchara. Cuando ve el dibujo se queda boquiabierta, cuando consigue reaccionar dice:

  • ¡Vaya! Dibujas muy bien. Este chico se parece mucho a uno que vive en mi calle.
  • ¿De verdad? Es que no recuerdo de que lo conozco, pero soñé que él me salvaba de morir ahogada – explico esperando un intercambio de información.
  • Qué curioso. No lo conozco demasiado bien, porque hace poco que él y su familia se han trasladado a vivir al barrio. Parecen buena gente – sigue informando al tiempo que observa atentamente mi dibujo.
  • Sabes cómo se llama – me atrevo a consultar.
  • Hace unos días coincidí con él en la panadería, iba con una niña, pensé que era su hermana. Recuerdo que lo llamó Carlos – explica sonriendo.
  • Carlos – repito despacio mientras escribo el nombre debajo del dibujo esperando que me ayude a recordar algo.
  • Comete las galletas y el yogur, intentaré averiguar algo más – propone.
  • De acuerdo. Muchas gracias… ¿cómo te llamas?
  • Nuria – responde mientras le sonrío agradecida.

Cuando acabo de comer me siento agotada por lo que decido tumbarme en la cama, cierro los ojos intentando reproducir la imagen de Carlos. De repente, como si estuviese mirando una película, me veo caminando por la calle, con el vestido blanco que tengo colgado en el armario y unas sandalias blancas. En la otra acera está Carlos, esperándome, levanta el brazo saludando, luego cruza la calle. Estamos unos frente al otro y nos abrazamos, me dejo envolver por su dulce aroma a vainilla, me siento protegida, pero siento que me embarga una gran tristeza, empiezo a temblar entre sus brazos y él me susurra al oído:

  • Tranquila Sabrina. Aunque ahora no nos dejen estar juntos algún día todo se solucionará.

Siento que me falta el aire, de nuevo las llamas nos envuelven y despierto aterrorizada, tosiendo, por suerte advierto que todo ha sido un sueño. Me levanto y escribo lo ocurrido en la página siguiente al dibujo, entretanto se abre la puerta y entra Nuria con la bandeja de la comida.

Después de lavarme las manos me siento en la mesa, levanto la tapa esperando encontrar macarrones, sin embargo, hay un plato de lentejas caldosas con arroz, una tortilla y una manzana, en fin, comida de hospital y, aunque no me apetece, me esfuerzo y voy comiendo un poco de todo.

Mientras estoy en el baño, lavándome los dientes, escucho voces en la habitación, parece ser que tengo visita, así que me espabilo, me lavo la cara y me peino un poco, intentando aparentar mejor aspecto.

Cuando abro la puerta me encuentro con Clara y Andrea que han venido a limpiar la habitación, me miran y Andrea exclama:

  • ¡Vaya! Tienes buena pinta. Has mejorado mucho.
  • No será por la comida. No es nada apetitosa – respondo irónicamente.
  • ¿Cómo te encuentras? – pregunta Clara, supongo que percibe que algo no va bien del todo.
  • Un poco cansada, demasiadas emociones en pocas horas – explico.
  • Si podemos ayudarte en algo, no dudes en pedirlo – propone Andrea.
  • Gracias, sois muy amables – contesto sonriendo.
  • Podemos traerte comida, si quieres – sugiere Clara.
  • No estaría mal, porque las lentejas no tenían sal, la tortilla estaba demasiado cocida y la manzana no tenía sabor – declaro con una mueca.
  • Pues mañana no te comas lo que te traigan porque nosotras llevaremos una comida sorpresa que te va a gustar mucho – asegura Andrea guiñándome un ojo.
  • ¡Jolines! – exclama Clara cogiendo el dibujo de Carlos.
  • ¿Lo has dibujado tú? – pregunta Andrea mirando por encima del hombro de Clara.
  • Sí, me ha salido así – revelo satisfecha de que les guste.
  • ¿Quién es? – consulta Clara mirándome.
  • Pues no lo sé, exactamente. Tuve una pesadilla y él me rescató de morir ahogada, pero no sé quién es – declaro.
  • Es muy guapo, debe ser tu novio – dice Clara sonriendo.
  • ¡Chicas! Siento deciros que se está haciendo tarde y todavía tenemos muchas habitaciones para limpiar. Así pues, mejor hablamos mientras seguimos con nuestra tarea – propone Andrea consultando la hora en el móvil.

Seguimos hablando de sus gustos por la música, en qué ocupan su tiempo libre y dónde van a ir en vacaciones, entretanto me pregunto cuáles son mis aficiones, estoy impaciente por averiguar todo sobre mí, aunque ya me han advertido que, después de un coma, tanto mi carácter como mis pasatiempos pueden haber cambiado.

Terminan su tarea y se despiden de mí, prometiéndome que mañana me traerán una sorpresa, entretanto intento descubrir si recuerdo alguna canción que me defina, pero no se me ocurre nada, sigo en blanco.

Se abre la puerta y entran Aurora y Rosario, parecen enojadas, bueno Rosario está enfadada y Aurora triste. Las miro desafiante hasta que habla Rosario:

  • De ahora en adelante debes ser más discreta. El director nos ha llamado a su despacho, nos ha interrogado duramente, para luego recriminar nuestro comportamiento.
  • Será porque os lo merecíais – manifiesto.
  • Entonces ya no podemos confiar en ti – plantea ella mientras Aurora tose.
  • Dime un motivo por el cual yo debería confiar en vosotras – replico sintiéndome cada vez más incomprendida y enojada.
  • Tranquilízate, Rosario. La niña tiene razón – dice Aurora en un intento de pacificar esta conversación que va subiendo de tono.
  • Cuando me expliquéis toda la verdad y me entreguéis mi móvil, empezaré a confiar en vosotras, mientras tanto creo que no lo merecéis – me justifico aprovechando el comentario de Aurora.
  • No hemos encontrado tu móvil – se excusa ella.
  • Traed a mi madre, quiero verla – ordeno sintiéndome nostálgica de repente.
  • No podemos, está demasiado débil – responde Rosario.
  • Quiero verla – insisto.
  • Tendrás que esperar a que te den el alta – responde con dureza Rosario.
  • Pues explicadme quién soy, de donde vengo y qué hacía antes del accidente – ordeno levantando la voz.
  • Pertenecemos a la Hermanda de la Luna llena – explica Aurora.
  • Eso ya me lo contasteis, pero quiero saber más – ordeno cada vez más enojada.
  • Es una comunidad secreta, de mujeres que nos ayudamos unas a otras – sigue explicando Aurora.
  • ¿Por qué es secreta? – intento averiguar.
  • Porque todas tenemos poderes – susurra Rosario.
  • ¿Poderes? ¿Qué poderes? – sigo preguntando alucinada.
  • Todas nacemos con un “don” y cuando llega el solsticio de verano, el 21 de junio hacemos una ceremonia donde las novicias deben seguir con un ritual de iniciación a la edad adulta y, a partir de entonces, deberán desarrollar su don ayudando a la comunidad – confiesa Rosario.
  • ¿Y cuál es mi don? – pregunto susurrando.
  • Tú tienes más de uno, eres especial, como tu abuela Carolina, por lo que ella se ha esmerado en prepararte física y mentalmente para ser su sucesora – expone Aurora con un tono misterioso que me pone los pelos de punta.
  • ¿Qué me pasó en esa ceremonia? – pregunto un poco atemorizada por todo lo que me están confesando.
  • Verás es que este tipo de rituales se lleva a cabo en una casa que tenemos en un bosque de hayas, en un claro mágico, al lado de una pequeña laguna. Como ya te he dicho, coincide con el solsticio de verano, las novicias van vestidas de blanco, descalzas y caminan por un corto camino de brasas y luego deben tirar a la hoguera un objeto de su infancia, una muñeca, un oso de peluche o lo que sea para demostrar que renuncian a la niñez emprendiendo una nueva etapa – explica Rosario.
  • Pero qué me dices, eso suena a secta. No creo que yo estuviese de acuerdo en todo esto – explico indignada notando que se me acelere el pulso.
  • Claro que estabas de acuerdo, desde pequeña, tu abuela Carolina y tu madre te adoctrinaron en todo lo concerniente a nuestra hermandad y estabas preparada para ello – responde indignada Rosario.
  • No sé, me parece increíble, muy peliculero – especulo intentando asimilar todo lo que me está contando.
  • El problema fue ese chico del que te enamoraste – musita Aurora tímidamente.
  • ¿Carlos? – pregunto buscando el dibujo encima de la mesa.
  • ¿Recuerdas a Carlos? – pregunta Aurora.
  • Parece ser que sí – respondo enseñando orgullosa el dibujo.
  • Veo que no has perdido facultades, sigues dibujando muy bien – reconoce Aurora.
  • Pero ese chico no te conviene. Eres muy joven y tienes una carrera que seguir – confirma Rosario.
  • Eso no tienes que decidirlo tú. Explícame qué hacía antes de ese ritual. ¿Estudiaba bachillerato? – consulto deseando saber algo más sobre mí.
  • Habías terminado el bachillerato y estás matriculada en la Universidad de Bellas Artes, esa es la condición que pusiste para seguir adelante con los planes de tu madre, que son los que más te convienen – explica decidida Rosario.
  • ¿Qué me estás contando? Me suena a chantaje – me atrevo a insinuar.
  • Siempre habías estado muy unida con tu madre y, sobre todo, con tu abuela, pero cuando apareció ese chico en tu vida, cambiaste totalmente, pasaste a ser una adolescente egoísta y caprichosa, anteponiendo tus deseos a los de la Hermandad – acusó Rosario con una mirada de reproche.
  • Vaya, ahora resulta que me volví una chica mala. Sigue contando qué pasó en la ceremonia, quiero saberlo todo – ordeno con ironía.
  • Alguien boicoteó la ceremonia echando un petardo en la hoguera donde debías tirar la muñeca con la que rompías con tu infancia, explotó en dirección a las brasas cuando tú pasabas descalza y tu madre te acompañaba cogiéndote de la mano y saltasteis las dos por los aires cayendo inconscientes al suelo – explica Aurora visiblemente afligida.
  • ¿Y tú que hacías que estás tan atormentada? ¿Acaso eres la culpable del accidente? – cuestiono acusándola.
  • ¡Claro que no! – interfiere Rosario – ella solamente dirigía el ritual, ya que, habitualmente, lo hace tu abuela, pero al ser familiar directo de una de las iniciadas tuvo que ser sustituida por Aurora – explica dejándome boquiabierta.
  • ¿Dónde está mi abuela? ¿Por qué no ha venido a verme? – pregunto angustiada.
  • Carolina está cuidando de tu madre, la pobre no logra recuperarse – informa Aurora afligida.
  • Ahora debemos irnos, pero, sobre todo, no comentes nada de todo esto con nadie. ¿De acuerdo? – ordena Rosario mirándome tan fijamente a los ojos que me da un poco de miedo.
  • Pero mañana me traes mi móvil – consigo ordenar.
  • Bueno, iré a tu casa y lo buscaré – promete Aurora intentando relajar el duro ambiente que se ha creado con esta conversación.

Mientras Aurora me abraza y me besa en la mejilla, Rosario sigue mirándome con dureza como si esperase que me disculpase, aunque no sé de qué, siento que es ella la que debería disculparse conmigo. Al fin me he quedado sola, me siento en la silla con un nudo en la garganta, intentando asimilar todo lo que me han explicado, lo cual me parece increíble.

Empiezo a escribir todo lo que me han revelado en la libreta que me dejó el psiquiatra y mientras plasmo en el papel esta historia tan increíble, intento buscar en el interior de mi mente cualquier pensamiento que me ayude a descubrir la verdad sobre mi vida. Leo lo que he escrito y me parece una historia sacada de un libro de la edad media, también miro fijamente el dibujo de Carlos y noto que se me dibuja una sonrisa en los labios hasta que escucho golpear en la puerta, al tiempo que se entreabre y se asoma la cabeza de Sara. Le hago señas para que entré y se siente en la cama, mientras lo hace dice:

  • Hola Sabrina, cada vez te veo mejor, incluso empiezas a tener color en las mejillas.
  • Si, estoy mejor, pero aún me siento muy cansada. Tal vez doy demasiadas vueltas a quien soy y como he llegado aquí – confieso angustiada.
  • Mira, he buscado tu perfil en las redes sociales y te he encontrado en Instagram – dice entregándome su móvil con una enorme sonrisa en los labios.
  • ¡Vaya! – exclamo mirando atentamente todas las fotografías que he ido colgando.

La última es del día 21 de junio, debía ser antes del ritual porque llevo el vestido blanco y unas sandalias también blancas. Veo a Carlos, con unos vaqueros y una camiseta azul, cogiéndome por los hombros, detrás un coche blanco, aunque no sé de qué marca es ni tampoco si es suyo. Aunque él está sonriente, mi expresión no demuestra felicidad, tal vez me sentía agobiada por esa ceremonia, quizás solo quería estar con mi chico. Sigo mirando más fotografías, donde estoy con otras chicas, supongo que deben ser mis amigas, aunque por ahora no logre recordarlas. Hay una imagen que me llama especialmente la atención, en un campo de amapolas, como el del sueño, estoy con una mujer que debe de ser mi madre porque se parece mucho a mí y la otra mujer, podría ser mi abuela, tiene el pelo cano y lleva el pelo recogido en un moño alto y, aunque no me recuerda nada en concreto siento como un peso se instala en mi pecho, es un punto de ansiedad que no me deja respirar. Tal vez Sara se ha dado cuenta, ya que me coge el móvil mientras dice:

  • También he buscado al chico, quizás podrías ponerte en contacto con él – me propone enseñándome el perfil de Carlos, donde a parte de la fotografía donde estamos juntos, tiene otra imagen donde está con un grupo de jóvenes.

Miro detenidamente esta fotografía por si consigo reconocer a alguien, sin embargo, me parecen todos desconocidos y eso me desanima bastante, pero Sara no deja de sorprenderme y me propone:

  • Si quieres puedo ponerme en contacto con él, le puedo explicar que estás en el hospital, tal vez podría venir a verte y seguramente te ayudaría a recordar algo más.
  • ¿Tú harías eso por mí? – pregunto asombrada.
  • Claro, estoy segura de que tú también lo harías si estuvieses en mi lugar – responde sin titubear.
  • Por supuesto que lo haría. Entonces, crees que puedes preguntarle por mí, a ver que te dice – insinúo más animada.
  • Vamos allá – responde cogiendo el móvil mientras empieza a escribir con destreza.
  • Mira ¿Qué te parece? – pregunta enseñándome lo que ha escrito: “Hola Carlos, soy Sara, una amiga de Sabrina. Ha tenido un accidente y está en el hospital, no tiene móvil y no puede comunicarse con nadie, pero le gustaría que la visitaras. Habitación 303. Saludos. Sara”
  • Bien, me parece perfecto. Espero que conteste – suplico cruzando los dedos.
  • Ya está, enviado – exclama sonriendo.

Hablamos de libros y, de repente, recuerdo algunos títulos, incluso mis escritores favoritos. Me sorprendo al recordar perfectamente la trama de un libro, así que, emocionada se la explico. Mientras compartimos ese momento tan especial para mí, escuchamos como su móvil vibra, encima de la mesa, donde lo ha dejado después de contactar con Carlos. Se abalanza sobre él y me mira sonriente entregándomelo para que lo lea: “Hola Sara. No sabía que Sabrina estaba en el hospital, espero que no sea grave. Enseguida que pueda iré a verla. Por cierto, su teléfono lo tengo yo. Un abrazo. Carlos”

Sin pensarlo me abrazo a Sara y les doy un beso en la mejilla, mientras ella tararea una canción y bailamos alegremente hasta que me entra pánico al pensar que voy en pijama y tengo muy mala cara. Supongo que se da cuenta, porque enseguida me propone ayudarme a arreglarme un poco para que me sienta un poco mejor, porque, aunque no sabemos a qué hora vendrá, es mejor que esté preparada.

Me visto con la ropa que me trajo Rosario y Sara me ayuda a maquillarme un poco los ojos y los labios. Luego me recojo el pelo en una coleta alta y miramos las dos hacia el espejo satisfechas con el resultado final. Escuchamos que alguien abre la puerta y vamos las dos corriendo hacia la habitación, sin embargo, es Nuria con la bandeja de la cena, mientras la deja encima de la mesa, me mira fijamente y comenta:

  • He averiguado algo más de Carlos.
  • ¿De verdad? Cuenta, por favor – pido entusiasmada mientras mira de reojo a Sara.
  • No te preocupes por ella, es mi mejor amiga – explico animándola a explicar lo que sea que haya descubierto.
  • Pues, como te había dicho antes, vive con su madre, su hermana pequeña y otro hermano mayor que él. Se trasladaron aquí cuando sus padres se separaron porque el hombre se fue a trabajar a Australia. Su madre trabaja en una fábrica, por lo que los chicos están muchas horas solos – confiesa Nuria.
  • Muchísimas gracias – digo apresuradamente, esperando que no entré Carlos mientras me está hablando sobre él y su familia.
  • Bueno, guapa, si averiguo algo más ya te lo explicaré – dice ella sonriendo.
  • De acuerdo. Eres un sol – agradezco guiñándole un ojo.
  • Ahora deberías comer para poder recuperarte físicamente – ordena Sara destapando la bandeja de la comida que desprende un suave aroma a sopa de pollo.
  • Es que no puedo, estoy muy nerviosa. ¿Y si viene mientras estoy comiendo? – pregunto evitando mirar qué más hay para cenar.
  • Suponiendo que venga hoy, que no lo sabemos, tardará lo suficiente para que tengas tiempo de comer. Estoy segura – afirma ella sonriendo, mientras me coge del brazo y, suavemente, me obliga a sentarme delante de la cena.

Además de la sopa, hay un filete de pavo acompañado por unas judías verdes y de postre un flan. En el momento que lleno la cuchara se abre la puerta y entra Iván acompañado de otro chico, cuando lo miro reconozco a Carlos, por lo que me levanto rápidamente, como si un muelle me hubiese empujado hacía arriba. Nos miramos un momento, pero enseguida me abraza envolviéndome con un agradable perfume de vainilla, haciéndome rememorar románticos paseos a la luz de la luna, besos apasionados bajo un árbol y miradas cómplices de felicidad. De repente recuerdo una parte de mi vida, la que pase junto a él y no puedo evitar que se me escapen un par de lágrimas no sé si de felicidad o de añoranza. Cuando nos separamos, observo que Iván y Sara no están. Me mira a los ojos y los besa suavemente intentando secar esas pequeñas lágrimas que no he podido reprimir.

  • ¿Qué ocurrió? ¿Fue en la ceremonia esa? – pregunta mirándome fijamente.
  • No recuerdo nada. Parece ser que cuando caminaba encima de unas brasas, alguien tiró un petardo en la hoguera, se produjo una explosión de la cual mi madre y yo quedamos en coma – explico angustiada.
  • Pero… ¿te acuerdas de mí? – se interesa sonriendo.
  • Ayer, el psiquiatra del hospital me dejó una libreta para que anotase sueños o recuerdos y mira – revelo cogiendo la libreta y buscando el dibujo.
  • ¡Vaya! – exclama – sigues dibujando muy bien, no has perdido capacidades.
  • Aunque, he de reconocer que, cuando lo dibujé, no recordaba nada, simplemente eras parte de un sueño que tuve, en el que tú me salvabas de morir primero quemada y luego ahogada – confieso un poco avergonzada.
  • Puedes estar segura de que si estuviese en mi mano te salvaría mil veces. Pero ¿no recuerdas la conversación que tuvimos antes de marcharte? – pregunta dejándome intrigada.
  • Lo siento, no recuerdo esa conversación, aunque puedes explicarme de que iba – le animo a que me refresque la memoria.
  • Me explicaste lo de la ceremonia de iniciación a lo que tú creías que era un club de brujería o algo así. Tu madre y tu abuela están convencidas de que tienes poderes y que algún día podrías ser la sucesora de tu abuela convirtiéndote en la Guía espiritual de esa Hermandad. Me confesaste que no estabas convencida, así que hicisteis un pacto, tú seguirías el ritual con la condición de que te matricularías en la Universidad de Bellas Artes – sigue informándome, dejándome pasmada.
  • ¿Cuándo nos despedimos te dije a donde íbamos? – pregunto preocupada.
  • No exactamente, solo que era una casa con un bosque y un lago – explica mientras se saca un móvil del bolsillo y me lo entrega.
  • Me dejaste tu teléfono como garantía de que ibas a volver al día siguiente, pero no fue así y no supe qué hacer para encontrarte – sigue informando entretanto me miro ese objeto como si fuese algo extraño.

Me siento con el aparato en las manos, con la esperanza de que desbloquee mi memoria, sin embargo, no puedo ponerlo en marcha, no tengo ni idea del código de seguridad. Le miro esperando que él sepa la clave, lo coge y me enseña que puedo desbloquearlo con el dedo índice. Estoy tan nerviosa que no sé por dónde empezar. Me decido por las fotos, muchas son en su compañía, también hay algunos son selfies sola o con amigas, no veo ninguna fotografía familiar, ni mi madre ni mi abuela salen en ninguna imagen. Decido abrir la aplicación de WhatsApp y hago un repaso de los últimos mensajes que he enviado o recibido. Mientras estoy absorta en esta tarea se abre la puerta y entra Rosario sonriendo, detrás de ella hay una mujer mayor con el pelo cano, nos miramos fijamente mientras su agradable aroma de lavanda envuelve la habitación y me trae imágenes de cuando era pequeña, me levanto y me abraza fuertemente besándome en la frente, la cara, las mejillas. Me siento feliz, sé quién es:  mi abuela. Me alegro tanto de verla que no puedo evitar que se me escapen algunas lágrimas. No sabría definir cómo me siento, feliz pero triste, tal vez algo angustiada, aunque segura entre sus brazos, nos miramos en silencio, entretanto observo como Rosario y Carlos salen de la estancia al tiempo que murmuro:

  • Sabrina, mi niña. Siento no haber podido venir antes, tu madre ha empeorado y me necesita a su lado. Sé que no he hecho bien dejándote en manos de Aurora y Rosario, pero no sabía cómo solucionarlo. Esta vez ha salido todo mal. Tenemos a la policía investigando muy cerca de nosotras, la hermandad está en peligro – explica lentamente, como si buscase las palabras adecuadas.
  • Ha sido horrible. Estaba en coma, pero podía escuchar todo lo que hablaban, sin embargo, no podía moverme ni tampoco podía recordar nada de lo que había pasado – confieso angustiada.
  • Cuanto lo siento, mi pequeña – dice abrazándome de nuevo, consiguiendo que me sienta protegida.
  • ¿Cómo está mamá? – pregunto con un nudo en la garganta.
  • Despertó del coma antes que tú y parecía que estaba mejor, parece ser que tiene algunos coágulos en el cerebro y ha empeorado. Ahora no recuerda nada, ni siquiera quién es. Le he hablado de ti, le he enseñado fotografías, sin embargo, se ha quedado catatónica, no habla, no come, solo bebe infusiones o sopas, está muy débil. Estoy segura de que la ayudaría mucho verte, quizás contigo empezaría a recordar – revela abrumada.
  • Por lo que he podido averiguar mientras estaba inconsciente, aunque escuchaba las conversaciones, si tiene coágulos de sangre en el cerebro le puede ocasionar daños cerebrales irreversibles, así que puede que se quede en este estado o empeore. Deberíais traerla para que le hagan pruebas, como a mí. Esto ayudaría a que tuviese un diagnostico – intento convencerla.
  • Le hicieron un TAC, donde diagnosticaron que tenía algunos coágulos, pero por ahora no podemos hacer nada más que esperar a que se disuelvan, si no habrá que operar – comenta cogiéndome de las manos.
  • Abuela, quiero hacerte una pregunta y quiero que me contestes sinceramente – ruego mirándola fijamente a los ojos.
  • Por supuesto, Sabrina, pregunta lo que quieras – acepta ella sonriendo.
  • ¿Somos brujas? – pregunto sin dejar ni un momento de mirarla a los ojos, intentando entender cualquier movimiento suyo, por ligero que sea.
  • Verás, Sabrina, no sé qué concepto tienes de brujería. Nosotras somos mujeres sensibles, con conocimientos sobre lo que nos proporciona la madre tierra, ya sea en forma de plantas, árboles o aguas de manantiales con tratamientos especiales. También conocemos muy bien el cuerpo humano, somos más que doctoras en medicina, somos doctoras en la vida – explica despacio sin dejar de mirarme y sin soltarme las manos.
  • Entonces ¿qué somos? ¿curanderas? – sigo investigando con un ligero temblor en la voz.
  • Me pregunto porque hay que poner nombre a todo. Deja fluir la vida, entrega lo que puedas, recoge lo que te regalen y, simplemente, vive. Es un intercambio de vida, diría yo – sigue exponiendo, aunque ahora me parece que está un poco molesta.
  • Pero, escuché a Rosario y a Aurora que decían que yo era una niña de cristal y no me gusta – expreso un poco fastidiada.
  • Es cierto, desde muy pequeña demostraste ser una niña solitaria, altamente empática, extremadamente sensible, muy inteligente, positiva y extraordinariamente creativa. Pensamos que podías ser una niña de cristal por la transparencia que emanabas y porque, gracias a tu carácter, atraías a personas con problemas, que estaban deprimidas o que necesitaban un consejo. Y tú, eras tan pequeña de edad, pero tan grande de corazón, todos te querían, eras una líder allá donde ibas, en la escuela, en el parque, cuando acompañabas a tu madre o a mí a alguna reunión en la Hermandad. Todas te adoraban y admiraban, eras, sin proponértelo, el centro de atención, aunque luego, necesitabas jugar sola, no admitías compañeras, cuando te aislabas era imposible hacerte entrar en razón – sigue explicando, dejándome confusa.
  • ¿Qué pasó? ¿Qué me hizo cambiar? – continúo indagando intranquila por la respuesta.
  • Las turbaciones comunes en la adolescencia hicieron que tu madre perdiese la paciencia y que esa complicidad que teníais se resquebrajara. Luego, cuando te enamoraste, la situación empeoró y las relaciones fueron, cada vez, más insostenibles. Venias a mi casa llorando porque te sentías incomprendida, aunque lograba calmarte y te marchabas feliz. Luego aparecía tu madre con un ataque de nervios pidiendo ayuda. Por lo que me encontraba intentando apagar dos fuegos – explica sin dejar de sonreír.
  • Abuela ¿tú también eres de cristal? – pregunto un poco azorada.
  • Bueno, digamos que soy especial igual que mi abuela, porque, al parecer, nuestro don se transmite de abuelas a nietas. Por eso, tú y yo tenemos algo más que una relación familiar, tenemos un vínculo único y exclusivo – explica con un brillo en su mirada que me hace sentir protegida.
  • Entonces, no tengo más remedio que seguir tus pasos, aunque no me guste – insinúo un poco disgustada.
  • Verás, puedes intentar coger otro camino, si quieres, pero, tarde o temprano, el destino te hará volver – sentencia firmemente haciéndome estremecer.
  • Es que, después de todo el tiempo que he pasado inmóvil en una cama, ahora quiero estudiar, divertirme, viajar, en una palabra: vivir, pero todo eso de la Hermandad me parece un sacrificio – me justifico justo cuando se abre la puerta y entra Nuria para recoger la bandeja de la comida, la cual ni siquiera he tocado.
  • Perdón, iba a recoger la bandeja, pero la puedo dejar para el final para que puedas cenar tranquila – se excusa saliendo rápidamente de la habitación.
  • Debes comer, es importante que te recuperes rápido, así te darán el alta y podrás reunirte con nosotras. Estoy segura de que tu madre reaccionará cuando te vea – insiste la abuela obligándome a sentarme delante de la comida, pero a mí se me ha hecho un nudo en el estómago, no me apetece comer solamente deseo llorar.

Cojo la cuchara, empiezo a comer, lentamente, para que me deje tranquila, esperando que se vaya, sin embargo, ella se sienta en la cama mientras empieza a cantar, con voz suave y decidida:

  • Madre tierra escucha mi canto de gratitud por todo lo que nos regalas, agua abundante para calmar la sed, semillas que nos alimentarán, plantas para aprender a sanar, fuego para purificarnos. Madre tierra no nos abandones, te amamos, respetamos y cuidamos. Así sea.

Y esa agradable cantinela me trae hermosos recuerdos, me veo recogiendo hojas, bayas y frutos en el bosque, bañándome en un hermoso lago, amasando pan en la cocina, cantando esa canción mientras danzamos bajo la lluvia y canto con ella, porque esa canción siempre ha estado en mi vida y me ayuda a recordar todo lo que he sido y de dónde vengo. Ahora estoy más tranquila, es como si me hubiese quitado un peso de encima, incluso me apetece comer un poco. Miro a la abuela de reojo que me está observando con su bonita sonrisa que tanta calma me aporta. Cuando acabo de comer se acerca y, mientras me abraza, dice:

  • Ahora debo irme, tu madre también me necesita. Debes hacer lo posible para recuperarte cuanto antes, para volver a casa y ayudarme a sanar a tu madre. Sé que contigo lograremos que vuelva a ser la de siempre. Te necesito.
  • Claro abuela, haré lo posible – respondo besándola en la mejilla.

Mientras intento poner en orden todo lo que me ha explicado, entra Nuria y recoge la bandeja felicitándome porque me lo he comido todo. Aunque me siento cansada, cojo el móvil y me dispongo a mirar todas las imágenes que tengo almacenadas. Las miro una a una, observándolas detenidamente, dejando que, poco a poco, mi memoria se restablezca. En esta estoy con mis mejores amigas, Marta y Elena, que, casualmente son las hijas de las mejores amigas de mamá. Me viene a la memoria el día de la ceremonia porque ellas también iban vestidas de blanco, caminaron por encima de las brasas de la mano de sus madres justo antes que yo, mientras todas coreábamos la canción que hace poco cantaba la abuela.

Luego llegó mi turno, era la última porque era la nieta de la Guía espiritual de la Hermandad. Abrazaba mi muñeca preferida, que luego debería echar a la hoguera para poder desvincularme de la niñez, mamá cogió mi mano, suave pero fuertemente para acompañarme mientras caminaba descalza entre las brasas. Cuando había dado dos pasos sonó una fuerte explosión y ya no recuerdo nada más.

Recuerdo que el día anterior estuve discutiendo con mamá porque no quería seguir con el ritual, desde que había conocido a Carlos, deseaba tener una vida normal, como la de mis compañeras de instituto. Pero ella no estaba dispuesta a ceder, se opuso a que siguiera con Carlos, también me prohibió que me viera con ninguna amiga que no fuesen Marta o Elena. Y yo le grité que estaba loca, que era una amargada, que nadie quería tener una relación con ella y que seguramente papá la abandonó porque era insoportable. Le afectó mucho y empezó a llorar diciéndome que no tenía derecho a juzgarla. Y en medio de la discusión llegó la abuela, hizo de mediadora y nos calmó a las dos. Más tranquilas, dialogamos las tres, llegando a un acuerdo, la hermandad era un secreto que no debía contar a nadie. Podría seguir con Carlos, pero las reuniones con la hermandad eran prioritarias. Haría el ritual de iniciación a cambio de matricularme en Bellas Artes, pero debería combinar la asistencia a las clases con las enseñanzas sobre naturaleza que me impartiría la abuela.

Aunque les aseguré que no hablaría con nadie de nuestra hermandad y mucho menos de la ceremonia, cuando me encontré con Carlos se lo expliqué todo, no quería tener secretos con él. Entonces, si era el único que lo sabía, tal vez tiene algo que ver con el sabotaje y la explosión. Me parece increíble, confiaba ciegamente en él. Me aseguró que no se lo diría a nadie, incluso le confié mi móvil y quedamos en vernos al día siguiente.

Agotada de tantos recuerdos me tubo en la cama con la esperanza de dormirme pronto, aunque no logro desconectar, presiento que todas las personas que me importan me están traicionando y tengo dudas, no sé en quién confiar. Me siento sola.

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