Habitación 303 – 4

Capítulo 4 – Necesito recordar

Por el estruendo que escucho deduzco que entran Andrea y su nueva compañera Clara. Susurran muy flojito y, aunque me esfuerzo mucho, no comprendo que están diciendo, supongo que serán secretos de pareja, ya que, por lo que recuerdo de la última vez que estuvieron aquí, me pareció que se besaron. Me concentro en el aroma de sus perfumes, pero solo logro oler a jabón de ducha. Mientras intento averiguar qué están haciendo se abre la puerta y me llega un fuerte olor a tabaco y café, el típico aroma que desprende Juani que enseguida grita:

  • ¡Vaya! No hace ni una semana que me he ido y ya me estás poniendo los cuernos. ¿Te parece bonito?
  • ¡Juani! Tan loca como siempre – responde Andrea riendo. Me las imagino abrazadas mientras Clara las debe de mirar atónita.
  • ¿No me vas a presentar a tu nueva compañera? O lo que sea – insiste Juani.
  • ¡Por supuesto! Mira Juani, esta es mi nueva compañera de trabajo Clara. Clara, está era mi antigua compañera, la que se marchará a vivir a Andorra, como ya te conté – explica Andrea.
  • Mucho gusto, chiquilla. Me parece que sois algo más que compañeras de trabajo, o eso me ha parecido – dice Juani.
  • Bueno, tal vez. Nos estamos conociendo – explica Andrea.
  • Me alegro mucho, chicas. Deseo que os vaya muy bien – confirma Juani.
  • Y ¿qué haces aquí a esta hora? Creía que habías cambiado el turno hasta que te marches a Andorra, porque supongo que sigues con los planes de irte con Toni ¿no? – pregunta Andrea.
  • Si, por supuesto. He venido a visitar a una vecina que ha tenido un bebé y, de repente, he sentido la necesidad de acercarme hasta la habitación 303, la de las confidencias. Quería asegurarme de que todo sigue igual, de que la chica no ha despertado, en fin, no sé muy bien qué me ha traído hasta aquí – responde Juani.
  • Pues ya ves, todo sigue igual por aquí – explica Andrea.
  • Bueno, igual no, porque yo te veo más feliz y me ha parecido que entre vosotras hay algo más que compañerismo ¿no? – intenta averiguar la mujer.
  • Sí, claro, hemos conectado desde el primer momento y…, bueno iremos viendo sobre la marcha, ¿verdad Clara? – explica Andrea intentando implicar a su compañera en la conversación.
  • Sí, por supuesto, sobre la marcha – responde la chica que hasta ahora no había intervenido en la conversación.
  • La semana que viene terminaré mi camino laboral en la empresa, quince años limpiando este hospital, así que he pensado que podríamos ir a cenar al Wok Japonés que hay en el paseo y luego al karaoke – anuncia Juani.
  • Por supuesto, muy buena idea. Ya me encargaré de decírselo a todo el mundo. Supongo que el viernes ¿no? – dice Andrea.
  • Sí, el viernes. Será mi último día en la empresa. Nos marcharemos el domingo. Ya tenemos piso en Prats, un pueblo muy pequeño cerca de Andorra. Espero que vengáis a visitarnos – invita Juani.
  • Desde luego. Cuando tengamos vacaciones nos acercaremos a visitaros, ¿verdad Clara? – anuncia Andrea intentando implicar a su compañera.
  • Nunca he estado en Andorra, me gustaría mucho ir – explica tímidamente Clara.
  • Pues ya tenéis casa. Todavía no la he visto, pero me ha contado Toni que tiene dos habitaciones, una para nosotros y otra para los invitados – exclama Juani riendo.
  • Toni siempre tan atento. Creo que es un buen partido para ti y un buen cambio, aunque esto signifique que no podré verte – explica Andrea un poco triste.
  • No te preocupes, porque estaremos en contacto por WhatsApp, no vas a librarte de mí tan fácilmente. ¡Vaya! Es muy tarde, tengo que irme, he quedado con mi hermana. Así que ven, déjame que te dé un buen abrazo – dice Juani y me la imagino abrazándola mientras se escuchan unos sonoros besos.
  • Clara, mucho gusto de haberte conocido. Sobre todo, cuida de mi niña, en fin, cuidaros la una a la otra – ordena cariñosamente.
  • No te preocupes, cuidaré de ella. Yo también me alegro de haberte conocido, Andrea me ha hablado mucho de ti – explica Clara.
  • ¿Qué te ha parecido Juani? – pregunta Andrea.
  • Una mujer llena de vida. Me ha impresionado – comenta Clara.
  • Deberemos espabilarnos, hemos perdido demasiado tiempo charlando y nos queda mucho por hacer – ordena Andrea.

Siguen limpiando en silencio y me imagino que han terminado con sus tareas en mi habitación cuando escucho como recogen el material y se marchan en compañía del gruñido del carro de limpieza.

Mientras especulo sobre lo rápido que se me pasa el tiempo tumbada en una cama de hospital o, quizás, será porque la mayor parte del tiempo estoy durmiendo, siento como la vida se escapa de mis manos, sin recordar nada de mi vida anterior, ni siquiera que fue lo que paso justo antes de llegar aquí.

Por el olor a manzana mezclado con el original perfume oriental, intuyo que Rosario y Aurora están aquí y estoy atenta a todo lo que puedan contar que me ayude a recordar quién soy. De repente, Aurora habla fuerte y claro, con una voz bastante más animada de lo que es costumbre y la escucho decir:

  • Parece ser que Eulalia ha empezado a recuperarse, incluso tiene algunos recuerdos. Ha visitado a la doctora Martina y le ha conseguido una resonancia magnética para dentro de dos días.
  • Esta es una buena noticia, esperemos que la resonancia salga bien – manifiesta Rosario.
  • Está ansiosa por venir aquí, a ver a Sabrina, aunque, Martina le ha pedido que no se mueva hasta el día de la resonancia. Espero que obedezca, porque podría hablar demasiado y ponernos en peligro – confiesa Aurora.
  • No te preocupes, está en buenas manos. Seguro que le harán comprender que no debe moverse de la casa del lago, por ahora – explica Rosario.
  • Será conveniente que, cuando venga, la acompañemos para evitar que no se le escape algún comentario contraproducente – indica Aurora.
  • Realmente, no me preocupa Eulalia, estoy segura de que sabrá decir lo justo y necesario que no comprometa a nadie. A mí me da más miedo Sabrina. Temo que se despierte y empiece a recordar, puede ser como un caballo desbocado – anuncia Rosario, dejándome atónita.
  • Por cierto ¿cómo están las quemaduras? – pregunta Aurora.
  • Ya está curada del todo. Ya no tengo motivos para venir aquí, así que, debemos ser prudentes porque si nos pillan nos interrogarán y hay algunas preguntas que son difíciles de responder – manifiesta Rosario, mientras noto como se acerca a mí y me besa suavemente en la frente.
  • Claro, tienes razón. Mejor vayámonos. Mañana seguiremos hablando – anuncia Rosario acercándose, también y besándome en las mejillas.

Se marchan susurrando secretos que a mí también me implican, aunque no comprendo nada. Sigo especulando sobre mi vida, esperando que ocurra el milagro que me permita salir de ese pozo en el que estoy atrapada cuando, de repente, un suave aroma a coco delata que Oswaldo está aquí, aunque sé que no viene a curarme las quemaduras, porque Rosario ha dicho que ya estoy bien. Impaciente por escuchar qué dice, escucho como tatarea una canción, de repente, se me acelera el corazón, me sé la letra y me apetece cantarla, por lo que abro los ojos y le veo enfrente de mí, sonriendo. Supongo que intuye que ha sido gracias a la canción, porque, suavemente, sigue cantando “Burbujas de Amor” mientras me vienen miles de imágenes a la cabeza, me veo bailando con ese chico tan guapo, que no sé cómo se llama.

Mientras Oswaldo continúa tarareando, abro mucho los ojos para observarle atentamente y no se parece en nada a cómo lo imaginaba. Es bajito, delgado, con unos grandes ojos negros y se mueve al compás de la canción que está entonando y que, por cierto, suena realmente bien.

Supongo que ha tocado el timbre porque enseguida, llega una enfermera. Me mira detenidamente, me saca el tubo que me ayuda a respirar y empiezo a toser. Oswaldo me da un vaso de agua, me ayuda a beber, luego levantan la cama para que esté un poco incorporada. Quiero hablar, pero no puedo y Oswaldo, con su simpático acento cubano, me habla lentamente, intentando tranquilizarme:

  • Tranquila, campeona. Nosotros te ayudaremos, pero debes ir despacito.
  • Marta, deberías avisar al doctor – insiste mientras la observo detenidamente, es una mujer de unos cincuenta años, bajita, con el pelo cano y unos preciosos ojos verdes.
  • Si, ahora mismo llamo al doctor Moisés Planas, el neurólogo que está de guardia – explica ella mirándome de reojo.
  • Bien, me quedaré aquí a hacerle compañía mientras viene el doctor – dice Oswaldo sentándose a mi lado y cogiendo mi mano.
  • ¿Qué haces tú aquí? ¿No estabas de vacaciones? – pregunta ella mirándolo fijamente.
  • Si, estoy de vacaciones hasta la semana que viene, pero hoy me he acordado de ella y he venido a visitarla. Le he cogido cariño – contesta guiñándome un ojo, mientras Marta sale de la habitación.
  • A ver, campeona. ¿Recuerdas tu nombre? – pregunta acariciándome el dorso de la mano con la yema de sus dedos, haciéndome estremecer.

Muevo la cabeza mientras abro la boca en un intento de articular alguna palabra, sin embargo, no me sale ningún sonido y eso me asusta. Luego intento mover la mano y tampoco puedo, solo puedo mover la cabeza, los ojos y la boca. Estoy aterrorizada y Oswaldo se da cuenta porque me coge fuerte de la mano mientras dice:

  • No te preocupes, campeona, esto es normal. Necesitas tiempo para recuperarte. A veces cuesta, pero estoy seguro de que lo conseguirás. Lo peor ya ha pasado.

Justo en el momento que abro la boca para intentar articular alguna palabra, entra un hombre de unos cuarenta años, muy alto, robusto, con la cabeza rapada y unos ojos pequeños de un azul intenso. Se acerca, me coge la muñeca y mira el pulso, luego me mira cada ojo con una pequeña linterna. Coge un estetoscopio para escuchar mi corazón. Me ayuda a incorporarme haciéndome sentar en el borde de la cama preguntándome:

  • ¿Puedes hablar?

Abro la boca, la vuelvo a cerrar y muevo la cabeza indicando que no puedo.

  • No te preocupes, esto es normal. Ahora te ayudaré a levantarte, intenta andar, pero si no lo consigues, no pasa nada. Piensa que no has comido nada sólido y estás débil – explica pacientemente mientras me coge del brazo y me ayuda a ponerme de pie.

De repente, cuando me veo de pie, me invade el pánico, empiezo a sudar, la habitación me da vueltas, tengo la horrible sensación de que voy a caerme y, aterrorizada, me agarro con fuerza a su brazo. Me ayuda a sentarme y, agotada, me dejo caer en la cama, quedando de nuevo tumbada, con los ojos cerrados, sintiéndome protegida por su suave aroma a vainilla y su agradable voz diciéndome:

  • Ahora ordenaré que te traigan un vaso de leche caliente y unas galletas. Espero que esto te ayude a descansar, mañana seguiremos con el reconocimiento.

Escucho como les ordena que me dejen sola, por ahora, sin embargo, no puedo evitar abrir de nuevo los ojos y mirar a mi alrededor, ahora que he conseguido despertar me atemoriza dormirme de nuevo, aunque me siento cansada, no puedo evitar que se me cierren los párpados, tal vez me han suministrado un somnífero.

Me despierto con un agradable aroma de un café con leche, abro los ojos y veo a un chico y una chica jóvenes mirándome y sonriendo. Abro la boca para hablar, pero no me sale nada. El chico se acerca y susurrando como si temiese asustarme, dice:

  • Hola, soy el doctor Iván Matas. ¿Te apetece tomar un café con leche y unas galletas?
  • Si – respondo sorprendiéndome de oír mi propia voz.
  • Muy bien, voy a incorporar un poco la cama, para que puedas estar más cómoda – explica mientras aprieta los botones del mando.
  • ¿Cómo te sientes? – pregunta la chica acercándose y envolviéndome con su suave fragancia infantil.
  • No sé, me siento rara – respondo en voz baja.
  • Aquí tienes – dice Iván poniéndome la mesita con el café y las galletas, a las que les ha quitado el envoltorio.

Cojo una y la muerdo despacio, mastico bien y engullo esperando a ver cómo me sienta. La encuentro muy rica, así que sigo mordiendo lentamente, degustando cada trozo. Cuando acabo, bebo un sorbo del café, que está delicioso, no recuerdo si antes me gustaba. Los miro porque están los dos observándome atentamente, esperando mis reacciones, supongo, y hacen que me siento avergonzada, como una niña pequeña.

Justo cuando acabo el desayuno, se abre la puerta y entra una mujer de unos cincuenta años, más o menos, es pequeña, delgada, con el pelo negro muy corto, me mira atentamente con sus grandes ojos grises, detrás de ella hay una chica alta, rubia, muy guapa, tal vez es Ruth. La mujer del pelo corto se acerca presentándose:

  • Buenos días, soy la Doctora Agustina Mestres, neuróloga, que junto con el doctor Iván Matas llevamos su caso. Ahora procederemos a hacerle una revisión completa. ¿Comprende lo que le estoy explicando?
  • Bien, ayer cuando despertó el doctor Ramón Casas, que estaba de guardia, le encontró las constantes vitales normales, sin embargo, las tomaremos de nuevo, después del cuestionario – manifiesta la doctora sin dejar de mirarme – Doctor Iván, proceda – ordena.
  • De acuerdo. ¿Recuerda su nombre? – pregunta él, mirándome a los ojos.

Me quedo pensativa, porque no sé si decir la verdad, al final decido que será mejor decir todo lo que he pasado para que puedan hacer un buen diagnóstico y ayudarme, así que abro la boca y suelto lo que me sale:

  • No recuerdo nada, pero hace tiempo que puedo escuchar lo que pasa a mi alrededor. Han venido varias personas a visitarme y he podido escuchar sus conversaciones, por lo que he podido averiguar mi nombre es Sabrina.

Se quedan los cuatro atónitos, mirándose primero entre ellos y luego fijan sus miradas en mí hasta que Iván rompe el silencio preguntando:

  • Entonces… ¿Has escuchado todo lo que se ha hablado en esta habitación y lo recuerdas?
  • Si, eso mismo. Aunque creo que también he estado mucho tiempo dormida, pero cuando estaba despierta podía escuchar todo lo que se hablaba aquí – respondo tranquilamente, como quitándome un peso de encima.
  • Perfecto, significa que la memoria reciente funciona, solo te hará falta encontrar el hilo que te ayude a recordar, un olor, una canción, una cara conocida – explica la doctora.
  • ¿Puedo ir al baño? – me atrevo a preguntar en un intento de esquivar tantas preguntas.
  • ¿Quieres una cuña o prefieres levantarte para ir al cuarto de baño? – pregunta la mujer esbozando una sonrisa.
  • Me gustaría levantarme para ir al cuarto de baño – respondo con seguridad.
  • Vamos, te ayudaré – se ofrece en seguida Sara.
  • Siéntate en el borde – ordena Iván cogiéndome suavemente del brazo.

Me siento en el mismo lugar que han ocupado las personas que me han visitado últimamente y tengo una sensación extraña. Sara me agarra del otro brazo y caminamos los tres en dirección a la puerta que da al aseo. Como no cabemos los tres, entro primero, luego Sara y ajusta la puerta, con lo que Iván se queda fuera. Me ayuda a sentarme en la taza con la extraña sensación de que es la primera vez en mi vida que hago esto. Me mira y dice:

  • Me daré la vuelta para que tengas un poco de intimidad, si me necesitas solo tienes que llamarme. Supongo que ya sabes que mi nombre es Sara.

Muevo la cabeza asintiendo mientras se da la vuelta, quedándose de cara al espejo. Cuando termino se lo digo y enseguida está a mi lado cogiéndome del brazo con suavidad y energía a la vez. Sin que ella pueda evitarlo me dirijo hacia el espejo, tengo curiosidad por verme.

Me observo con curiosidad, veo una cara delgada, pálida, los ojos grandes, casi negros, resaltan en mi tez descolorida. Llevo el pelo pelirrojo recogido en una coleta baja, aunque se escapan algunos rizos rebeldes. La imagen reflejada es parecida a la de la chica con la que soñé, la que estaba con el joven moreno y eso me hace pensar que, tal vez, ha sido un recuerdo, primero de cuando era pequeña y luego de hace poco. Sin poder evitarlo, echo una ojeada a Sara, que está a mi lado, tiene una bonita cara redonda, con el cutis bronceado, donde resaltan unos bellos ojos marrones y unos labios carnosos, lleva el pelo castaño, recogido en una coleta alta que la favorece mucho.

Cuando se da cuenta de que nos estoy comparando, tira suavemente de mí hacía la puerta y entramos en la habitación donde nos esperan los demás. Mientras me siento en la cama la doctora pregunta:

  • ¿Cómo te sientes?
  • Bien, un poco cansada – respondo apoyando la cabeza en la almohada.
  • Es normal, pero debemos seguir con el cuestionario y la revisión – insiste ella clavando su mirada en Iván para que siga con las preguntas.
  • Mientras estabas escuchando lo que pasaba a tú alrededor ¿tenías sentimientos? – me pregunta Iván observándome.
  • No, no sentía nada, ni frío ni calor, ni amor ni odio. Nada, solo percibía los aromas de las personas que entraban – respondo sin pensarlo demasiado.
  • ¿Recuerdas algún sueño o visión? – sigue preguntando mientras anota mis respuestas.
  • Una vez soñé con una mujer pelirroja y una niña también pelirroja que bailaban bajo la lluvia y sentí la necesidad de bailar con ellas. Otra vez, vino alguien que olía a manzanas y se me presentó la imagen de una mujer mayor, con el pelo cano, recogido en un moño. Quizás podría ser mi abuela, no sé – explico intentando recordar algo más.
  • ¿Quién dijo que te llamas Sabrina? – consulta él.
  • La mujer que olía a manzana – respondo sin pensar.
  • Entonces… ¿clasificabas a tus visitas por el olor que desprendían? – cuestiona la doctora.
  • Si, así es. Pude identificar los diferentes perfumes que mezclados con los propios de cada persona constituyen un aroma único. Llegué a pensar que, tal vez, anteriormente, vendía perfumes – explico sonriendo.
  • ¿Cómo te sentías cuando te diste cuenta de que estabas despierta, pero no podías moverte? – pregunta el chico.
  • Me sentía impotente, intentaba mover la cabeza, abrir los ojos, levantar una mano, sin embargo, no podía. Era como si estuviese pegada a la cama – revelo agobiada.
  • Cuando te has mirado al espejo, en el cuarto de baño ¿te has reconocido? – pregunta Sara tímidamente.
  • Que va, me he sorprendido al verme. Estoy muy pálida y delgada – reconozco con tristeza.
  • No te preocupes por tu aspecto actual, llevas más de un mes en coma, sin comer nada sólido – explica la doctora.
  • Nosotros te ayudaremos a recuperarte – afirma Iván sonriendo.
  • Gracias – respondo un poco avergonzada.
  • Bien, aparcaremos las preguntas por hoy. Ahora el Dr. Iván te hará un reconocimiento médico un poco más completo.

Pacientemente dejo que Iván se ocupe de hacerme la exploración, aunque lo que me gustaría es levantarme y mirar por la ventana.

  • Bien, Sabrina, estás bien, ahora solo te queda recuperarte físicamente y recobrar la memoria – informa Iván sonriendo.
  • ¿Podré recobrar la memoria? – pregunto cohibida.
  • Eso no lo sabe nadie. Podrías recuperar una parte de memoria, posiblemente la infancia. Sin embargo, si el impacto que te indujo al coma fue excesivamente traumático para ti, es posible que no lo recuerdes nunca o que vuelva a tu memoria en el caso de estar en una situación similar – responde Iván, dirigiendo su mirada hacia la doctora como pidiendo confirmación que lo ha explicado correctamente.
  • Así es – confirma ella mirándome primero a mí y luego a Iván.

Se abre la puerta y entra una auxiliar con la bandeja de la comida, la doctora mira el reloj y exclama:

  • Es muy tarde, debemos irnos. Ahora Sabrina debes intentar comer un poco.
  • ¿Puedo quedarme y ayudarla, Dra. Mestres? – implora Sara con una bonita sonrisa.
  • De acuerdo, nosotros hemos terminado por hoy. Hemos pasado toda la mañana en la habitación 303. Volveremos mañana. Hasta luego, chicos – saluda ella.
  • Yo también me voy. ¿Vienes Iván o te quedas con ellas? – dice Ruth abriendo la puerta.
  • Me quedaré con ellas, Ruth. Nos veremos mañana, ¿vale? – confirma el chico mirándonos a las dos.

Ruth se marcha visiblemente molesta mientras Sara destapa la bandeja con la comida al tiempo que me pregunta:

  • ¿Quieres intentar levantarte para comer o prefieres hacerlo en la cama?
  • Intentaré levantarme, me gustaría asomarme a la ventana y asearme un poco, aunque no tengo peine ni nada – anuncio sentándome en el borde de la cama.

Enseguida se acercan los dos y me ayudan a levantarme, al tiempo que Sara dice:

  • ¿Qué número calzas? Creo que tengo unas zapatillas en mi taquilla.
  • No lo sé – respondo angustiada.
  • Da igual, voy a buscarlas – dice dejándome en manos de Iván.

Cogida de su brazo caminamos lentamente hacia la ventana. Observo el pequeño jardín que hay justo debajo, con algunos árboles, tres o cuatro bancos de madera dispersos y parterres con flores, incluso puedo distinguir un estanque con una estatua colocada encima de una roca. Se ven un par de palomas picotear algunas migajas del suelo y un gato negro que parece que las esté espiando desde detrás de un arbusto. En uno de los bancos observo a una mujer que está leyendo un libro a un joven sentado en una silla de ruedas. Cuando miro hacia el cielo, veo unos negros nubarrones que, lentamente, van tapando el sol haciendo que el día se oscurezca. De repente me entra curiosidad y pregunto:

  • ¿Qué día es?
  • Miércoles tres de agosto – responde sonriendo.
  • ¿De qué año? – sigo preguntando.
  • Del 2018 – responde.
  • Me he pasado el verano durmiendo – exclamo fastidiada.
  • Ven, te acompañaré hasta la silla, deberías comer un poco – ordena cogiéndome del brazo con firmeza.

Me ayuda a sentarme y coloca la mesa con la bandeja de la comida delante de mí. Hay un bol de plástico con algo parecido a un puré, un trozo de pescado hervido con verduras y un flan. No me apetece demasiado, sin embargo, sé que, si quiero recuperarme, debo comer bien, así que me armo de valor, cojo la cuchara y empiezo con el puré, el cual encuentro demasiado líquido, con un sabor indefinido y le falta sal, sin embargo, me esfuerzo y me lo como todo. El pescado no está mejor que el puré, en cambio las verduras las encuentro bastante apetitosas. Iván se excusa un momento y me deja sola, cuando estoy acabando de comer el pescado entra con una botella de agua que habrá comprado para mí. El flan es lo mejor de la comida, lo degusto y cuando estoy acabando entra Sara sonriendo con un pequeño neceser y unas zapatillas mientras dice:

  • Te he traído unas zapatillas y una toalla pequeña que tenía en la taquilla y he comprado este neceser en la tienda del hospital. Mira, hay un cepillo de dientes, dentífrico, un peine y jabón líquido.
  • Muchas gracias, cuando pueda te lo pagaré – respondo un poco avergonzada.
  • No te preocupes, considéralo un regalo – explica sonriendo.
  • ¿Dónde está mi ropa? – pregunto rebañando las migajas de flan.

Sara abre el armario y me muestra un vestido blanco colgado y la ropa interior doblada. Me levanto, me calzo sus zapatillas y voy hacia el armario, seguida por Iván que no me deja sola ni un momento, cojo la ropa interior y entro en el baño, con intención de lavarme y ponerme algo debajo de esta bata abierta con la que me siento tan incomoda, Sara me sigue con intención de entrar conmigo, pero necesito un poco de intimidad, así que le pido:

  • Gracias por estar tan pendiente de mí, pero quiero intentarlo sola.
  • De acuerdo, pero estaré al lado de la puerta, si me necesitas llámame y entraré enseguida ¿vale? – insiste ella.
  • Claro, gracias – respondo cerrando la puerta suavemente.

No hay ducha, así pues, me aseo por partes, me pongo la ropa interior y este camisón de hospital tan horrible. Ahora, por lo menos, me siento limpia y no tan vulnerable. Delante del espejo, contemplo cada rincón de mi cuerpo reflejado, me gustan mis ojos oscuros, casi negros, observo cientos de pequeñas pecas resaltan en la tez blanquecina. Me desato la coleta y dejo que unos abundantes rizos pelirrojos invadan mi perfil, ahora me veo más parecida a la niña con la que he soñado esos días y también a la mujer, que seguramente es mi madre. Me mojo el pelo y lo peino deshaciendo los nudos que se han hecho mientras he estado postrada en la cama y me sorprendo cuando consigo hacerme una trenza con bastante rapidez. Una vez me he lavado los dientes me sonrío, ahora me veo mucho mejor. Al abrir la puerta veo a Iván y Sara sentados en la cama, hablando en voz baja, de sus cosas, siento un poco de envidia por la felicidad que desprenden. Cuando me ven se levantan enseguida y se acercan a mí, cogiéndome uno de cada brazo.

  • Estoy mucho mejor, al menos me siento limpia, lástima que no pueda cambiarme este camisón tan horrible – explico sentándome en la silla.
  • Mañana te traeré un pijama – anuncia Sara sonriendo.
  • Eres muy amable, Sara – agradezco de corazón, mientras se abre la puerta y entran dos señoras, una con el pelo cano recogido en un moño alto, la otra muy alta con el pelo negro, muy liso.

Atónita, las miro detenidamente porque tengo la sensación de que las conozco, ellas se quedan de pie, frente a mí, en silencio. Un agradable aroma a manzana mezclado con el exótico perfume oriental las delata, son Aurora y Rosario.

No sé por qué me embarga un sentimiento de reproche hacia ellas, por lo que me quedo observándolas detenidamente, en silencio, esperando que me expliquen todo lo que saben, así pues, nos quedamos las tres mirándonos como si se tratase de un duelo. Iván y Sara advierten la tensión que se ha creado con la llegada de las dos mujeres y se despiden marchándose discretamente.

  • ¡Sabrina! ¿Cómo estás? Mi niña – exclama Aurora, besándome en la mejilla.
  • ¿Sabes quiénes somos? – pregunta Rosario.
  • Aurora y Rosario – respondo sin especificar nada más.
  • ¿Te acuerdas de nosotras? – especula Rosario un poco cohibida.
  • Tal vez – respondo sin concretar, dejándolas asombradas.
  • Estábamos muy preocupadas por ti – anuncia Aurora con lágrimas en los ojos.
  • ¿Recuerdas todo lo que paso? – consulta Rosario.
  • No me acuerdo de todo, pero sé que vosotras vais a contármelo, así que, por favor, tomad asiento y empezad – las invito.
  • No podemos quedarnos demasiado rato, estamos trabajando. Nos hemos ausentado un momento – explica Rosario.
  • Hemos venido a ver cómo te encuentras, estamos muy contentas de que, por fin, hayas despertado – dice Aurora cogiéndome de las manos.
  • Muy bien, pero quiero que me contestéis unas cuantas preguntas – ordeno con un tono tajante que hasta a mí me sorprende.
  • ¿Qué recuerdas? ¿Qué quieres saber? – pregunta Rosario.
  • Mi nombre entero, dónde está mi familia, por qué me abandonasteis en un banco del parque, quién me quemó los pies y por qué, a qué secta pertenecemos – enumero duramente.
  • Tu nombre es Sabrina Miró. Tu padre desapareció en un barco de pesca cuando eras muy pequeña, tu madre se llama Eulalia, está indispuesta, recuperándose. Te dejamos en un banco porque tenías los pies quemados y había peligro de infección si no te los curaban enseguida, pero llamamos a una ambulancia para que te recogiesen. No pertenecemos a ninguna secta. ¿De dónde has sacado esto? – informa ella.
  • Entonces ¿por qué me quemaron los pies? ¿Por qué hubo una explosión? ¿Por qué he estado en coma? – sigo preguntando.
  • Si que es cierto que pertenecemos a una comunidad: La hermandad de la Madre Tierra. Una vez al año, el 21 de junio, con el solsticio de verano, las muchachas que han cumplido dieciocho años protagonizan la ceremonia de iniciación en un lugar del bosque. Sin embargo, esta vez, justo en el momento que tú efectuabas la ceremonia, algún gamberro la boicoteo con una traca que provocó un pequeño incendio y una explosión, de la cual tú y tu madre salisteis disparadas, quedando las dos inconscientes – explica pacientemente Rosario mientras Aurora me mira con ojos llorosos, como si se sintiese culpable de todo lo ocurrido.
  • ¿Y qué trata esta Hermandad? – pregunto a Aurora, mirándola fijamente a los ojos.
  • Pues, es una comunidad en la cual velamos por los intereses de las mujeres – informa ella con voz trémula.
  • Ahora debemos irnos, cuando acabemos el turno volveremos y seguiremos hablando. Estamos muy contentas de que hayas despertado, sin embargo, debemos pedirte discreción – avisa Rosario cogiendo a Aurora del brazo y arrastrándola hacia la puerta.
  • De acuerdo, seré discreta a cambio de que me traigáis ropa y el móvil – grito antes de que desaparezcan.

Siento rabia e impotencia, me siento engañada, solo puedo preguntar y esperar que me contesten, pero no sé si me dicen toda la verdad. Eso de la Hermandad de la Madre Tierra me suena a secta y lo de la iniciación no sé si creérmelo. Me parece muy surrealista todo esto después de que me han confirmado que estamos en el siglo XXI. Miles de preguntas me asaltan, necesito saber quién es mi madre y por qué dejó que ocurriese todo esto poniendo en peligro mi vida.

Confundida me levanto lentamente, abro el estrecho armario y saco mi vestido blanco, el que llevaba cuando ocurrió todo. Aunque sigo sin recordar nada opino que es un vestido precioso, de lino blanco, largo, con encajes en el cuello y en el bajo. Observo unas manchas en la falda y una quemadura en los encajes de los bajos. Aunque se me pone la piel de gallina, me saco el camisón y me pongo el vestido. El espejo es pequeño, pero puedo observar que me favorece mucho y, si bien, cierro los ojos intentando recordar algo topo con un vacío mental que me horroriza.

No puedo hacer nada más que esperar a que me traigan el móvil para poder mirar las fotografías, los contactos y los mensajes, esperando que todo eso me ayude a recordar. Oigo ruido en la habitación, me cambio rápidamente de ropa, abro la puerta y encuentro a dos chicas jóvenes, vestidas con una bata azul, una de ellas empuja el carro de la limpieza. Mientras cuelgo mi vestido en el armario las saludo alegremente:

  • Hola, chicas. Vosotras debéis de ser Andrea y Clara, ¿verdad?
  • ¡Vaya! Ya estás despierta. ¿Cómo estás? – pregunta una de ellas, con el pelo corto, rubio y una mecha de color azul, bastante estridente.
  • Bastante bien, aunque me siento un poco aturdida, no recuerdo que me pasó – explico esbozando una sonrisa.
  • ¿Cómo sabes nuestros nombres si estabas en coma? – consulta la otra chica, que es muy alta y delgada, con una larga melena morena y lisa.
  • Hacía días que escuchaba todo lo que pasaba en la habitación, pero no podía moverme – contesto haciendo una pequeña mueca.
  • Bueno, yo soy Andrea – informa la muchacha de la mecha azul – Y tú ¿cómo te llamas? Nos dijeron que nadie lo sabía.
  • Mi nombre es Sabrina, encantada de poder hablar contigo. Tú debes de ser Clara ¿no? – consulto dirigiéndome a la más alta.
  • Si, soy Clara. Me alegro de que hayas despertado – explica ella sonriendo.
  • Caramba, debe de ser jodido escuchar lo que dicen los demás y no poder meter baza – exclama Andrea sonriendo.
  • Si, aunque también ha sido muy lucrativo, he aprendido mucho. Sobre todo, debía estar atenta para reconocer a la persona o personas que entraban y lo que explicaban – informo guiñándole un ojo.
  • ¿Y cómo las reconocías? ¿Por la voz? – pregunta Clara.
  • Parece ser que tengo un buen sentido del olfato, porque reconocía las colonias de cada persona y sabía quién entraba en la habitación – confieso sonriendo.
  • Vaya, eso parece sacado de una película – exclama asombrada Andrea.
  • Oye tú, deberíamos empezar a limpiar o no vamos a tener tiempo de hacer toda la ronda – avisa Clara, cogiendo varias cosas y metiéndose en el baño.
  • Tienes razón, Clara. Si no te importa podemos hablar mientras hacemos nuestro trabajo – comenta Andrea sonriendo.
  • Por supuesto. Si queréis os ayudo. Estoy aburrida de estar sola tantas horas – puntualizo divertida.
  • De ninguna manera, nos podría caer un puro si alguien se entera. Tú siéntate y descansa – comenta ella.

Las observo de reojo como limpian cada rincón mientras van charlando de diferentes temas, de la música que escuchan, la película que vieron anoche acurrucadas en el sofá bajo una manta, se ríen juntas de todo, parecen muy felices.

Han terminado con sus tareas, se despiden abrazándome y salen de la habitación empujando el carro al compás del gruñido de una rueda y me quedo de nuevo sola, esperando alguna visita más.

Me acerco a la ventana para contemplar, con curiosidad, la actividad que hay en el jardín. Un anciano camina cogido del brazo de una chica joven, tal vez son padre e hija o quizás es una sobrina, no sé porque tenemos tendencia a imaginar una historia que seguramente será completamente distinta de la realidad. Me sobresalto al escuchar unos golpes en la puerta, me giro y distingo a Oswaldo asomando su cabeza, pidiéndome permiso para entrar.

  • Por favor, Oswaldo, entra – ordeno sonriéndole.
  • ¿Cómo te encuentras? – pregunta sonriendo mientras se acerca.
  • Bastante bien, supongo que no puedo quejarme ahora que estoy despierta – informo señalándole la silla para que se siente al tiempo que me acomodo en la cama.
  • Te veo bien, campeona. Ahora viene la parte complicada, la recuperación, aunque físicamente parece que no te hará mucha falta – explica guiñándome un ojo.
  • Si, físicamente me encuentro bastante bien, sin embargo, no consigo recordar nada de lo que me ocurrió ni tampoco quién era y qué hacía antes del accidente – confirmo con tristeza.
  • ¿No has tenido noticias de tu familia? – pregunta cogiéndome una mano.
  • Hay un par de personas que trabajan aquí que lo saben todo de mí, espero que me traigan ropa y mi móvil – le confío un poco desesperada.
  • Buena idea, seguro que el móvil te ayudará a recuperar la memoria – asiente entusiasmado.
  • Sí, pero hasta que no me lo traigan, no tengo nada. Solo puedo esperar – expreso suspirando.
  • Oye, muchacha. ¿Y quienes son esas personas? – pregunta poniéndome en un compromiso porque no sé hasta qué punto puedo confiar en él.
  • Una es Rosario, la que te sustituyo cuando te marchaste de vacaciones – informo esperando que no me traicione.
  • Claro, Rosario. Por eso tenía tanto interés en sustituirme. Supongo que gracias a ella estás en esta habitación sola, ya que, las personas en coma suelen compartir su cuarto con alguien más – comunica mostrando una hilera de dientes blancos y perfectos.

Nos quedamos en silencio, mirándonos y, mientras su agradable aroma a coco me envuelve me fijo en lo guapo que es, quizás un poco mayor para mí y, sin poder evitarlo, me ruborizo, sintiéndome avergonzada. Menos mal que se abre la puerta y entra una mujer con la bandeja de la cena, por lo que él aprovecha para despedirse:

  • Bueno, chiquilla, aquí tienes tu cena, ahora debes esforzarte en comer para recuperar fuerzas. Cuídate mucho y si me necesitas pide que me avisen, porque todavía estaré de vacaciones unos días más. Hasta pronto – expone besándome suavemente en el dorso de la mano mientras se levanta para marcharse.
  • Gracias por venir, Oswaldo. Me gustaría que volvieras a visitarme, si puedes – solicito sonriendo.
  • Claro, por supuesto. Volveré otro día – responde con mostrando su perfecta sonrisa blanca.
  • Hasta pronto – me despido levantando la tapa de la bandeja de la comida, dejándome envolver por el suave olor que desprende.

Hay un bol con una sopa de un color indeterminado, un filete de pollo acompañado por unas hojas de lechuga, unas tiras de zanahoria y un trozo de tomate, para postres me han puesto un yogur de fresa y, aunque no me parece demasiado apetecible, hago un esfuerzo y empiezo a comer, lentamente, intentando saborear cada cucharada de la sopa que está acompañada por algunos fideos.

Como lentamente, con desgana, intentando procesar toda la información que me está llegando. Me lavo los dientes y me preparo para meterme en la cama, sintiéndome muy cansada. Ha sido un día repleto emociones, creo que de un momento a otro me va a estallar la cabeza, por lo que cierro la luz, procuro relajarme esperando dormirme pronto, aunque en el fondo temo que no vuelva a despertarme.

Hace mucho calor, así que abro los ojos, estoy envuelta en llamas, quiero gritar, pero el humo me llena los pulmones impidiéndome respirar, solo puedo toser. Miro a mi alrededor, no sé dónde estoy, veo máscaras blancas, sin ninguna expresión, bailando a mi alrededor. Miro aterrorizada cada antifaz implorando piedad mientras siguen bailando al son de las llamas que van creciendo, impidiéndome respirar. Mis ojos se paran en la imagen de un joven moreno, con ojos verdes, desprovisto de máscara, que me mira tristemente, como si no pudiese hacer nada para ayudarme.

Una explosión me proyecta unos metros hacia arriba, me preparo para un fuerte impacto con el suelo, sin embargo, me sorprendo cayendo en un profundo agujero, el cual está muy oscuro y que parece no tener fin. Tengo la sensación de que la tierra me succiona hacia su interior y un enorme vacío me dificulta la respiración. De repente, me sumerjo en algún pozo o lago, horrorizada porque no he podido coger aire, así pues, acepto resignada que este será el final de mi vida, cierro los ojos abandonándome al suave abrazo líquido. Me resisto volviendo a abrir los ojos y entonces aparece él, delante de mí, es el joven moreno de ojos verdes que estaba entre las máscaras blancas, me agarra firmemente de la mano impulsándome hacia la superficie.

Angustiada abro los ojos y me encuentro llorando, en los brazos de Margarita, la enfermera que está de guardia. Me da un vaso de agua con una pastilla asegurándome que ahora lograré dormir tranquila lo que queda de noche, aunque estoy aterrada.

Me despierto cansada, sintiendo que, otra vez, me pesan los párpados, aunque esta vez   consigo abrir los ojos. La Dra. Mestres, Iván, Ruth y Sara están observándome como si fuese un experimento de laboratorio, me siento avergonzada. La doctora pregunta:

  • ¿Cómo te encuentras, Sabrina?
  • Cansada – respondo con un nudo en la garganta.
  • Parece ser que esta noche has tenido una pesadilla – informa ella.
  • Sí, primero fuego, luego aire y al final agua. Ha sido horrible – explico procurando parecer más calmada de lo que en realidad estoy.
  • Tranquila, vamos a seguir el protocolo, pasaré el informe al psiquiatra del hospital para que te ayude – me comunica mientras escribe en un portafolios.
  • ¿Un psiquiatra? ¿Estoy loca? – pregunto agobiada.
  • Por supuesto que no, pero con él podéis llegar al fondo de tu mente, seguramente este sueño tiene que ver con tus recuerdos – expone la doctora con una leve sonrisa.
  • De acuerdo – respondo resignada.
  • Pensábamos que pronto podríamos darte el alta, pero esto nos indica que todavía no estás preparada – declara mirándome.
  • ¿El alta? Pero si no sé ni dónde vivo – me atrevo a protestar.
  • Tranquila, Sabrina, vamos paso a paso, de momento solo habrá la visita del psiquiatra – intenta tranquilizarme.
  • Y eso ¿qué quiere decir? ¿Que estoy mal de la cabeza? – insinúo intranquila.
  • Eso está por determinar, esperaremos el diagnóstico del especialista – advierte.
  • Ahora debemos seguir con la ronda de visitas. Cuídate – ordena caminando hacia la puerta.
  • Te he traído un camisón, un pijama y ropa interior – dice Sara entregándome una bolsa blanca con flores de color rosa.
  • Muchas gracias, eres muy amable – sonrío agradecida.
  • También encontrarás un monedero con algo de dinero para que puedas comprar agua y por si quieres mirar la tele. Tal vez te ayude a recordar – sigue explicándome.
  • ¡Vaya! Eres un sol. Te prometo que te lo devolveré todo – prometo levantándome y abrazándola.
  • ¡Sara! Te estamos esperando – grita Iván desde la puerta.
  • Cuando terminemos volveré y me cuentas como te ha ido con el psiquiatra – indica besándome las mejillas.

Encima de la mesa me han dejado una bandeja con el desayuno, aunque, decido ir primero al baño, asearme y vestirme. Abro la bolsa de Sara y saco un pijama rosa con un dibujo de Mafalda, también hay un camisón azul con una luna amarilla, muchas estrellas y algunas nubes, en el fondo de la bolsa encuentro dos braguitas blancas. Me decido por el pijama y las braguitas rosas, así voy de conjunto con las zapatillas que me dejó ayer.

Después de asearme, peinarme y vestirme me siento mucho mejor, abro la puerta del baño, Rosario está sentada, esperándome, con una bolsa de deporte negra en el suelo. Cuando la miro a los ojos me sonríe, se levanta, se acerca, me da un fuerte abrazo y dos besos en las mejillas, me dejo hacer, aunque no digo nada, simplemente espero que hable y me ponga al corriente, así pues, cuando se separa de mí, señalando la bolsa me informa:

  • Mira, he pasado por tu casa y te he traído algunas cosas.
  • Bien, gracias – respondo con dureza al tiempo que abro la bolsa y empiezo a sacar todo lo que hay dentro, dejándolo encima de la cama.

Saco una toalla de baño azul, un pijama gris con corazones rojos, una bata rosa, unos vaqueros, una camiseta blanca de manga corta, ropa interior, una chaqueta vaquera, unas zapatillas de deporte blancas, unas pantuflas rojas y un neceser azul con flores blancas. Lo miro todo y, aunque estoy segura de que es mi ropa, me entristece ver que no me trae ningún recuerdo. Abro el neceser con la esperanza de hallar mi móvil en su interior, sin embargo, solamente encuentro gel, champú, un espejo, cepillo para el pelo y todo lo necesario para la higiene bucal. La miro severamente mientras pregunto:

  • ¿Dónde está mi móvil?
  • No lo he encontrado – responde evitando mi mirada.
  • Pues procura encontrarlo si no quieres que hable todo lo que sé – amenazo airada.
  • Cuando pueda le preguntaré a tu madre, pero no sé si se acordará, ha tenido una recaída y no se encuentra bien – informa con voz trémula.
  • Más te vale que hoy aparezca mi móvil – sigo amenazando, sintiéndome cada vez más enojada.
  • Mira, te he traído algunas monedas para que puedas comprar agua y por si quieres mirar la tele – explica entregándome un pequeño monedero azul con corazones de colores.

Al cogerlo siento como si este pequeño objeto me proporcionase una corriente especial, transportándome a otra dimensión, no sé explicar por qué. Mientras intento recordar se abre la puerta y entra Iván seguido de Ruth, Sara y la doctora.

Se quedan mirando a Rosario y ella, azorada, baja la cabeza intentando escabullirse hacia la puerta, pero la doctora le barra el paso y, mirándola fijamente, afirma:

  • La conoces, ¿verdad?
  • Debo irme, ahora empezará mi turno – responde esquivándola, pero la doctora sigue delante de ella, sin dejarla pasar.
  • ¿Por qué no has rellenado correctamente su ingreso? ¿Tienes algo que esconder? – pregunta cogiéndola por los hombros.

Mientras ellas se enfrentan, vuelvo a meter mis cosas en la bolsa mirando detenidamente cada una de ellas, con la esperanza de que me ayuden a recordar algo, lo que sea, mientras Rosario intenta excusarse:

  • Bueno, es que…, no sabía…, quería hacerlo…, pero…
  • Quiero que vayas abajo y des todos sus datos para que actualicen su ficha de paciente – ordena la doctora, soltándola.
  • De acuerdo, cuando termine el turno lo haré – responde ella sobrecogida.
  • No, de ninguna manera. Quiero que lo hagas enseguida, si no quieres tener problemas – amenaza levantando la voz.
  • ¿Te acuerdas de ella? – me pregunta Sara cogiéndome cariñosamente por los hombros.
  • No, no sé quién es, pero me curo los pies cuando Oswaldo estaba de vacaciones – respondo sin dar más detalles.
  • Sin embargo, debe conocerte bien, porque ha traído tu ropa – confabula Ruth.
  • ¿Te ha traído el móvil? – pregunta Iván.
  • No y eso que ayer se lo pedí. Dice que no lo ha encontrado – respondo enojada.
  • Pues yo creo que esa mujer esconde algo – conspira Sara.
  • ¿Te ha visitado el psiquiatra, Sabrina? – pregunta la doctora.
  • Por ahora no – respondo dejando la bolsa al lado del armario.
  • Seguramente vendrá más tarde – augura mientras se abre la puerta y entra un hombre de unos cuarenta o cincuenta años, un poco calvo y dice:
  • Buenos días, soy el doctor Antonio Ramírez, el psiquiatra del hospital.
  • Aquí le tienes – responde la doctora, mientras hace señas a sus alumnos para que salgan de la habitación.
  • ¿Cómo te llamas? No me han puesto ningún nombre en el expediente, solo habitación trescientos tres – habla el psiquiatra.
  • Según he escuchado, mi nombre es Sabrina, aunque yo no me acuerdo de nada – explico un poco nerviosa.
  • Ahora vamos a hablar del sueño que tuviste anoche. Quiero que me expliques con todo detalle todo lo que ocurrió – ordena sentándose en la silla mientras me muestra la cama para que me siente en ella.

Aunque en un principio me ha parecido inadmisible explicarle algo tan íntimo a un desconocido, por muy doctor en psiquiatría que sea, cuando he empezado a hablar, me ha hecho sentir cómoda por lo que me está siendo relativamente fácil, parece que tengo muy presente lo que he vivido y no me cuesta nada expresarlo, incluso me doy cuenta de que le estoy dando detalles de  algunos acontecimientos en los que al principio ni me había fijado.

Él toma notas y me pregunta alguna duda sobre lo que voy relatando y cuando acabo de exponer todo lo sucedido me aclara:

  • Este sueño tiene mucho que ver con lo que te ocurrió justo antes de que ingresarás en urgencias. Las plantas de tus pies estaban quemadas, que podría ser a causa de un ritual con fuego, el cual, seguramente, se descontroló creando alguna explosión que te propulsó haciéndote perder el conocimiento y eso provocó que te quedases en coma. La caída al vacío significa como te sientes, es decir, perdida porque necesitas recordar tu pasado para saber quién eres realmente. Ese joven que te salva es alguien a quien seguramente amas, un hermano, un amigo o, tal vez, tu novio. Te voy a recetar unas pastillas que te ayudaran a dormir por la noche y aquí te dejo una libreta y un bolígrafo para que anotes cualquier recuerdo o aparición, por extraño que te parezca y, sobre todo, lo que sueñes, ya sea bueno o malo, puesto que cualquier detalle puede ser muy importante.
  • De acuerdo – susurro incomoda.

Me deja una libreta y un bolígrafo encima de la mesa antes de marcharse. A continuación, entra una auxiliar para recoger la bandeja del desayuno, que no he tenido tiempo de tomar, por lo que sigue intacta.

  • ¿No tienes apetito, hoy? – pregunta cuando advierte que no he desayunado.
  • Han venido varias visitas y no he tenido tiempo – me excuso, aunque no me apetecía demasiado.
  • Toma, comete las galletas y ahora te traeré un yogur – insiste entregándome el envoltorio transparente con dos galletas en su interior.
  • Gracias – respondo abriendo el paquete.

(Continuará)

Lois Sans

10/02/2020

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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