Vivamos y que pase lo que tenga que pasar

Salgo a la calle feliz, respirando profundamente, dejándome acariciar por la brisa, aun cálida, de principios de octubre. Camino lentamente, parándome en cada escaparate, observando cómo la gente pasea por las calles, se para en las plazas, sin prisas, disfrutando de una libertad que nos ha sido robada durante algunos largos meses.

Me gustaría creer que la pandemia que, nos ha mantenido aislados, ha servido para algo más que evitar los contagios, sin embargo, me temo que el ser humano no acaba de aprender nunca de sus errores y tal vez, dentro de cien años la naturaleza deberá disponer de algún otro tipo de catástrofe natural que acabe con la vida de miles de personas para que el planeta pueda tener un descanso como este.

Han sido unos meses duros para el mundo entero, encerrados en casa, sin más información que las noticias que nos abordaban con miles de enfermos y muertos, sin poder hacer nada, aplaudiendo a los héroes sanitarios, policías, trabajadores de supermercados y, sobre todo a los que mantenían limpios los hospitales y las calles.

En mi caso particular, como Directora de Administración de una importante cadena de Gimnasios me quedé sin trabajo cuando la empresa presentó un ERTE, así pues, no tuve más remedio que aceptar un gran cambio en mi vida hasta que se solucionase esta situación. Primero apareció la rabia, no era justo que me quedase sin trabajo, encerrada en casa, por un motivo que no alcanzaba a comprender. A continuación, me deprimí, sintiéndome abatida y fracasada, sin embargo, cuando acepté la situación intuí que quizás sería una oportunidad para relajarme un poco a la vez que podía aprovechar para aprender algunas de las actividades para las cuales nunca tenía tiempo.

Incluso llegué a soñar que, ahora que nos habíamos quedado encerrados en casa, sería la ocasión para unirnos como familia, sin embargo, Mar, mi hija adolescente, me dejó claro que solo saldría de su habitación a la hora de comer o para ir al baño alegando que tenía que estudiar para no perder el curso, aunque sabía que se pasaba las horas jugando con la Play, hablando por Skype con sus amigas o en las redes sociales.

Biel, mi marido desde hace casi veinte años, como ejecutivo de Banca, debía trabajar desde casa, por lo que decidió ocupar la sala que tenemos como biblioteca y habitación de invitados. Se levantaba a las ocho, desayunaba, se duchaba, se ponía un chándal y decía que se iba a trabajar encerrándose en esa habitación que acabaría siendo su leonera. Salía a media mañana para ir al baño, tomarse un café, a la hora de comer, para cenar y para ir a dormir. Un par de veces a la semana se presentaba unas horas a la oficina. Así pues, cuando le comenté que podríamos tomar unas clases de salsa por YouTube me contestó que estaba demasiado ocupado para perder el tiempo en tonterías.

A pesar de todo, procuré preparar buenas comidas para que se sintieran a gusto, incluso me esforcé en poner flores en la mesa y entablar conversaciones de diferentes temas, pero ellos se sentaban a la mesa con la Tablet y el móvil, abriendo la boca solo para comer.  A las ocho de la tarde los animé a ser solidarios saliendo al balcón para aplaudir y, de paso, hablar con los vecinos, pero se negaron a formar parte del vecindario y de mi vida, consiguiendo que la soledad se apoderase de mí sintiéndome totalmente invisible para ellos.

Cuando por fin superé que debía enfrentarme a esta nueva situación, sobre todo a una soledad compartida, me fijé una rutina levantándome sobre las nueve para desayunar, ducharme, vestirme y hacer las tareas de casa, limpiar, poner la lavadora, planchar. Un par de días a la semana salía para ir al supermercado, la panadería, la carnicería o la pescadería.

Salía a la calle equipada con mascarilla y guantes, caminaba deprisa por las calles casi vacías mirando de reojo los escaparates de los comercios de ropa parecía que se habían quedado atascados en una fecha clave, el 15 de marzo del 2020, con los maniquíes vestidos siempre igual y una fina capa de polvo que iba aumentando a medida que se alargaba el confinamiento.

Llegaba delante del supermercado y debía hacer cola para entrar, lavándonos las manos con hidrogel, intentado no coincidir con nadie en el mismo pasillo, espiándonos de reojo al tiempo que intentábamos reconocer si alguien tenía la enfermedad y con el temor de que pudiésemos tenerla nosotros.

Aproveché que disponía de tiempo para cocinar platos elaborados, sabrosas tartas y postres exóticos, con las recetas que compartían expertas cocineras. Cuando tenía la mesa preparada, les avisaba y salían de su escondite y yo esperaba, en vano, una felicitación o una palabra de ánimo, incluso me esmeraba en explicar alguna anécdota o noticia sorprendente, no obstante, aunque estaban sentados a mi vera los sentía más lejos.

Después, se volvían a recluir en sus respectivas habitaciones mientras yo ponía en orden la cocina. A continuación, me iba al salón y gracias al YouTube cada día realizaba una actividad diferente: yoga, taichi, salsa, bachata, swing, menos el domingo por la tarde que me sentaba en el sofá a mirar una película o dos con un bol de palomitas. También aproveché para efectuar visitas virtuales a museos, escuchar algunas Operas, leer o dibujar.

A media tarde me conectaba por WhatsApp con mis amigas y familiares. De vez en cuando hablaba por video conferencia con mi hermana Marta, mi prima Marisa o Teresa, mi mejor amiga. Recuerdo que una tarde que me sentía deprimida le comenté:

  • Jamás me había sentido tan sola como ahora. Biel se encierra en el despacho trabajando y Mar se queda en su habitación. Aunque intento entablar conversación mientras comemos, ellos se encierran en su caparazón mirando la Tablet o el móvil y no sueltan ni media palabra. Por la noche cada uno se prepara la cena a una hora diferente y Biel viene a dormir de madrugada. Me siento invisible, no sé qué hacer para que seamos una familia como antes.
  • Querida Ana, recuerda que estamos viviendo una situación insólita, tal vez necesiten más tiempo, déjales espacio. Seguramente más adelante se darán cuenta y desearán pasar más tiempo contigo. Mira no te lo tomes tan a pecho. Yo vivo sola y no me preocupa, bueno sola no, porque tengo a Maya, mi gata.
  • Tal vez si viviese sola no me preocuparía tanto, pero es que me casé con Biel y ni siquiera recuerdo la última vez que hicimos el amor. Sospecho que tiene alguna amante virtual.
  • Ja, ja, ja, bueno si solo es virtual no será infidelidad. ¿No?
  • No lo sé, pero hace que me sienta insegura.
  • Te voy a dar un consejito. Antes de que Jorge y yo nos separásemos me sentía muy sola y sentía que mi autoestima cada vez era más baja, así que me bajé una App de contactos y me distraía flirteando con hombres que me parecían interesantes. Bueno, a veces todavía lo hago.
  • ¿Qué dices? No me lo habías contado. ¿No tienes miedo de que aparezca alguien que te conozca?
  • Bueno, en estos sitios todos falseamos la información, yo soy Neytiri, la protagonista de la película Avatar y no me ha ido nada mal, he conocido a tipos muy interesantes, aunque nunca hemos pasado de hablar por el chat.
  • ¡Vaya! Y yo que creía que te conocía muy bien, me estás dejando asombrada.
  • Te voy a pasar el enlace de la aplicación por WhatsApp y ya me contarás.

Aunque enseguida me pasó el enlace pase varios días dudando sobre si era correcto que me crease un perfil en una App de contactos, sin embargo, la situación en casa no mejoraba, al contrario, Biel se pasaba todo el día encerrado y se acostaba cada vez más tarde y, aunque no se movía de casa si no era para ir a la oficina un par de horas, presentía que nos estábamos alejando uno del otro.

Así pues, un día que me sentía deprimida me decidí, bajé la aplicación y me inventé un personaje. Después de barajar varias opciones me incliné por Lara Croft, una mujer guapa y valiente que no le teme a nada ni a nadie. Rellené el formulario omitiendo información, declarando mis preferencias y mis ideales.

No pasó ni media hora que empezaron a llegar los primeros “me gusta” y, a continuación, empezaron a contactar conmigo por el chat de la aplicación, empezando a interactuar con ellos.

El primero se llamaba Toni, el cual me incomodó con infinidad de preguntas intimas hasta que le pare los pies y le bloqueé. Después siguió Pedro, un andaluz divertido y elocuente que tenía un chiste para cada comentario, aunque era demasiado pegajoso, así que le dejé de contestar hasta que se cansó.

Entonces apareció Tomb Raider, el cual parecía la pareja idónea para mi personaje, sin embargo, me mantuve en alerta evitando hablar más de la cuenta, ya que se trataba simplemente de coquetear para conseguir subir mi autoestima.

Empezamos conversando sobre cosas triviales como libros, películas, música, coincidiendo en todo, incluso más adelante cuando nos atrevimos a comentar sobre política, nos encontramos a gusto criticando la actuación del gobierno ante la pandemia. Me parecía increíble, sentía que había encontrado a mi alma gemela.

Aunque temía que en cualquier momento pudiese preguntarme por temas personales, jamás me hizo ninguna pregunta indiscreta y, por supuesto, yo tampoco, ni siquiera nos cuestionamos en que trabajábamos o cuál era nuestra apariencia física.

Al principio solo conversábamos una vez al día, sobre las seis de la tarde, no obstante, nuestras conversaciones se alargaban cada vez más, llegando a filosofar sobre cualquier tema, incluso sobre religión. Por lo que cuando me propuso que chateásemos más veces al día mi autoestima comenzó a cicatrizar y marcamos nuevos horarios, a las nueve de la mañana, a las tres de la tarde y sobre las diez de la noche.

Teresa no podía parar de reír cuando se lo expliqué, aunque me riñó diciendo:

  • Deberías ir con cuidado, porque me parece que te estás enamorando y eso puede ser peor que un cuchillo de doble filo.
  • Tal vez me hacía falta volver a sentir que alguien se interesa por mí. Total, no podemos conocernos – respondí sonriendo.
  • ¿Y si te pide una foto real?
  • Le daré largas, a él tampoco le debe interesar mostrarse tal como es, porque sigue con la foto de perfil de Tomb Raider y nunca tocamos temas personales – respondí pensativa.
  • Seguramente también está casado y tiene hijos adolescentes.
  • Si, seguramente – solté riendo, aunque en el fondo me molestaba esta posibilidad.

Los días seguían monótonos excepto por las conversaciones, cada vez más amenas con Tomb. Aunque la confinación se iba alargando, la primavera nos alivió las ganas de salir con muchos días de lluvia, aunque, a medida que se acercaba el verano, el calor nos empujó a salir a los balcones, ventanas o terrazas y hacer más vida con la comunidad. Tengo la suerte de vivir en un ático y disponer de una gran terraza donde pude tomar el sol.

Por fin, llegó el día en que hablaron de volver gradualmente a la normalidad, eso sí, con algunos matices que la hacían diferente de la que conocíamos hasta ahora. Me sentí aliviada cuando Carlos, el Director de Recursos Humanos de mi empresa, se puso en contacto conmigo para establecer un nuevo horario y un cambio en las condiciones del contrato. Me presenté a las oficinas para que me efectuaran varios tests que detectasen que estaba libre del virus, luego equipada con guantes y mascarilla entré en el despacho de Carlos donde me mostró mi nuevo contrato, con menos horas de trabajo, sin secretaria y con un sueldo bastante más bajo. De momento estaría yo sola en el departamento de administración, aunque conservaba mi despacho.

Y curiosamente, a primeros de agosto, justo cuando antes de la pandemia, todo el mundo procuraba hacer sus vacaciones, yo me incorporaba a mi trabajo, con una serie de recomendaciones y siguiendo las cuatro “D” obligatorias: distancia, dispositivos obligatorios, digitalización y diagnósticos. Entré en mi despacho, el cual encontré extremadamente limpio, gracias al buen trabajo del equipo de limpieza que, seguramente, estuvo trabajando antes de que llegásemos el resto del personal.

En cuanto a los gimnasios empezamos abriendo la mitad, los que estaban situados en barrios con más poder económico. Había que llevar un control exhaustivo tanto con el personal como con los socios que debían pedir cita para acudir a las clases. En las salas de máquinas solo se permitía la mitad del aforo, con un tiempo limitado y debiendo pasar el equipo de limpieza cada vez que se cambiaba de grupo. Los vestuarios también tenían un aforo limitado, igual que las piscinas. La gestión era muy complicada, tuvimos que reducir los precios y efectuar ofertas para conseguir salir a flote.

En casa, todo seguía igual, bueno Mar estuvo repasando diferentes materias durante todo el verano, puesto que el uno de setiembre empezaría cuarto de ESO y debería tomar una decisión para sus futuros estudios en bachillerato. Todavía no tenía claro si quería estudiar periodismo o audiovisuales, pero estaba decidida a sacar las mejores notas, como siempre, porque, aunque es una adolescente impertinente, también es aplicada y perfeccionista.

Biel volvió antes que yo a la normalidad laboral, por lo que, la mayoría de los días no venía a comer y los fines de semana se encerraba en su leonera, dejándose ver solamente a la hora de comer. Venía tarde a dormir y se levantaba antes que yo, nuestra vida sexual conjunta era nula desde hacía meses.

Por mi parte seguí conversando con Tomb, aunque ahora solamente podíamos hacerlo una vez al día, sobre las nueve de la noche, pero nuestros temas de conversación nunca se terminaban, siempre había algo nuevo que de que dialogar hasta que un día me comentó:

  • Estoy muy contento de haberte conocido, mi vida ha cambiado totalmente desde que converso contigo. Me gustaría conocerte personalmente, si te apetece, claro.
  • ¿Conocernos personalmente? Por supuesto – contesté notando un leve temblor en mi cuerpo, no sé si de nervios o de miedo.
  • Podríamos quedar un sábado por la noche y cenar juntos, si te parece bien – propuso.
  • Si, por supuesto, aunque es difícil conseguir reserva en algún restaurante, ya que ahora tienen un aforo limitado – escribí.
  • Conozco al dueño de un restaurante que me debe un par de favores y seguro que nos puede reservar mesa primeros de octubre si te va bien – insistió.
  • En octubre, por supuesto. Ya me confirmarás día y hora y lo anotaré en la agenda – escribí dudando si hacia lo correcto al tiempo que notaba como se me dibujaba una sonrisa involuntaria en los labios.
  • Vale, entonces encargaré mesa y más adelante ya te iré contando – determinó.

A mediados de setiembre me confirmó que tenía reserva a nombre de Tomb Raider en un pequeño restaurante de un barrio tranquilo en las afueras, me mandó la ubicación advirtiéndome que me esperaba a las nueve del día 3 de octubre, por lo que tenía quince días para prepararme y, de repente, me entró el pánico. Ahora que sabía cuándo iba a conocerle, temía que no me gustase o, quizás, que me agradase demasiado. No sabía qué ponerme, debía examinar exhaustivamente mi armario y decidir cómo iría vestida para la ocasión. Cada día me probaba un modelito diferente, sin embargo, ninguno me parecía adecuado, o me sentía exageradamente elegante o demasiado corriente, así pues, llamé a Teresa para pedirle que me acompañase una tarde de compras.

Después de tantos meses sin encontrarnos nos fundirnos en un terapéutico abrazo, por lo que el calor de su cuerpo junto al aroma a lavanda que desprendía me hacía sentir a salvo y, sin poder evitarlo, empecé a llorar. Después de tantos meses haciéndome la valiente como si no me importase nada, sin nadie que me abrazase, besase o simplemente me dijese que me quería, al mecerme en brazos de mi mejor amiga me hacía sentir protegida y amada.

Me acarició y besó mis lágrimas mientras yo me disculpaba:

  • Lo siento, Teresa, pero llevo muy mal la falta de afecto. En casa no logro que nadie me abrace ni siquiera que murmuren un: “gracias por cuidarnos”
  • Tranquila, todos estamos faltos de cariño después de permanecer aislados tanto tiempo. Yo también te he echado de menos.

Recorrimos las calles del centro de la ciudad entrando en todos los establecimientos de ropa, me probé todo tipo de vestidos, pantalones, faldas, pero nada me parecía apropiado para esa cita a ciegas tan especial. Cuando creíamos que no nos quedaba ninguna tienda por entrar, descubrimos una pequeña boutique en una esquina de una estrecha calle, donde Aurora nos enseñó cariñosamente sus colecciones exclusivas hasta que, de repente, levanté la cabeza y lo vi, colgado en una percha, era un vestido rojo con un pequeño estampado de flores azul marino, confeccionado en una tela vaporosa, lo cogí con cuidado, como si temiese que se estropease, sonriendo, se lo mostré a Teresa y cuando me lo probé confirmamos felices que era el adecuado. Agotadas y aliviadas decidimos sentarnos en una cafetería que encontramos al lado de la tienda de Aurora y después de pedir dos granizados de piña, Teresa me preguntó:

  • Ana ¿estás segura de que quieres seguir adelante con esta cita?
  • Si, por supuesto. Me apetece conocerle – respondí sonriendo.
  • Pero, has pensado en que existe la posibilidad de que no te guste físicamente – insistió riendo.
  • Claro, he tenido tiempo de pensar mucho en cómo será. Tal vez sea gordo, calvo, demasiado bajo o muy alto, pero no me importa porque me encanta su forma de ser. Como discernimos sobre cualquier tema, sus comentarios divertidos, su manera de tratarme como igual, además, sus piropos nunca son sobre mi físico sino sobre mi inteligencia y mi carácter – expliqué sin poder dejar de sonreír.
  • ¿Y no te da un poco de miedo? Parece ser que te has enamorado y tú tienes una pareja, Biel. ¿Recuerdas? Además, debes considerar que, seguramente, él también tenga una familia – insistió metiendo el dedo en la llaga con la que tantas veces me había torturado.
  • Bueno, a ver, paso a paso. De momento solo nos conoceremos físicamente, por lo que como dicen los expertos: “mindfulness” hay que vivir el presente, el futuro ya se verá – contesté riendo nerviosa.

Los días que faltaban para la cita se hicieron eternos, en el trabajo me costaba concentrarme, a menudo pensaba en las largas conversaciones que manteníamos cada noche. Por las tardes, en casa, no tenía ganas de nada, parecía que el tiempo me jugaba una mala jugada y andaba más lento que de costumbre. Mar, por el contrario, parecía que se acercaba más a mí, aunque a veces iba a casa de alguna amiga o ellas venían a la nuestra, cuando nos encontrábamos me abrazaba y eso me reconfortaba. Al contrario de Biel que, se pasaba el día en el Banco, luego se encerraba en su leonera hasta altas horas de la madrugada. Los fines de semana decía que le apetecía desconectar, por lo que el sábado iba al gimnasio y el domingo a correr.

Cada día esperaba impaciente la hora en que me conectaba al chat para conversar con Tomb, el cual seguía siendo adorable, con comentarios divertidos,  juegos de palabras inesperados, con nuevos temas para dialogar, haciéndome sentir que lo conocía, tal vez en una vida anterior, aunque, curiosamente, ni siquiera sabía su edad, ni su nombre real o si tenía hermanos y simplemente, me dejaba llevar por lo que me pedía el corazón sin dejar entrar a la razón.

Ayer por la noche, cuando nos despedíamos, me preguntó:

  • ¿Estás segura de que quieres que nos conozcamos?
  • Por supuesto, ¿acaso ahora te han entrado dudas?
  • No, que va. Estoy impaciente por conocerte. Entonces, nos vemos mañana a las nueve.
  • Si, hasta mañana. Que descanses.
  • Un abrazo.

He salido con tiempo de sobras para ir paseando tranquilamente y a medida que me acerco al restaurante noto un temblor en las piernas y un sudor frío en las manos. De repente, sin saber por qué, me viene el recuerdo de cuando conocí a Biel, bueno en realidad nos presentó mi hermana Marta en la Biblioteca de la Facultad, nos dimos la mano, él retuvo la mía unos minutos pasando toda su energía mientras notaba como un agradable escalofrío recorría mi cuerpo desde su mano hasta el centro de mi pecho. Nos sentamos juntos y empezamos a hablar, me contó que estaba en tercero de Económicas con mi hermana y yo le comenté que había empezado primero. Cuchicheamos sobre nuestras aficiones, nos reímos de todo mientras la Bibliotecaria nos reñía severamente. A partir de ese día compartimos nuestras ilusiones, viajes, vacaciones. Cuando acabo la carrera, hizo oposiciones en el Banco y consiguió un puesto como ejecutivo, mientras yo seguía estudiando para conseguir la mejores puntuaciones y cuando acabé me ofrecieron la Administración de la cadena de gimnasios. Una vez conseguimos un trabajo estable los dos, decidimos casarnos y cinco años más tarde nacía Mar. Hemos seguido juntos, en la misma casa, con el mismo trabajo, sin embargo, tal vez, no hemos conseguido avanzar en la misma dirección.

He llegado delante del local media hora antes de la cita acordada y, aunque sé que no es el momento de echarme atrás, estoy muerta de miedo, sin embargo, necesito verle. Para reconocernos él llevará una rosa roja y yo el libro “Toda una vida para recordar”.

Decido entrar, prefiero esperar dentro con una copa de vino blanco. Me dirijo a la barra del bar y me siento, le comento al camarero que tenemos una mesa reservada, pero que estoy esperando a mi acompañante. Mientras me sirve una copa de Albariño repaso el pequeño pero encantador local, con las paredes pintadas en color crema, decoradas con acuarelas, las mesas y sillas de madera envejecida, separadas las unas de las otras, la barra con dos taburetes altos con la cocina detrás y el ajetreo del personal preparando la cena, no hay más clientes, solo yo y el camarero.

Se abre la puerta, el corazón me da un salto y casi me caigo del taburete cuando observo que entra Biel con una rosa roja en la mano. De repente, le veo más guapo que de costumbre, con su pelo castaño, un poco largo y rizado, algunas canas asomando por detrás de las orejas, con su bonita sonrisa y unas arruguitas al lado de los ojos que le hacen parecer más inteligente y maduro. Me fijo que lleva unos pantalones de hilo que le favorecen mucho y una camisa blanca que le estiliza y le rejuvenece. Nos miramos a los ojos, me ayuda a bajar del taburete y nos saludamos con un apretón de manos mientras dice:

  • Supongo que eres Lara Croft.
  • Si, y tú Tomb Raider.

El camarero nos acompaña a la mesa que nos tienen reservada, donde hay un pequeño jarrón con margaritas blancas y amarillas. Un camino de mesa de lino blanco, los platos negros y una servilleta blanca encima.

Nos miramos a los ojos sonriendo, me coge de las manos mientras pregunta:

  • ¿Qué nos ha pasado? ¿Cómo hemos llegado hasta aquí?
  • No lo sé, supongo que hemos escogido caminos diferentes, aunque lo importante es que hemos llegado a la misma cima. Quizás esto significa que podemos continuar viajando juntos si nos lo proponemos.
  • Por supuesto. Debo confesarte que durante este tiempo que hemos mantenido largas conversaciones me he vuelto a enamorar y me alegro mucho de que haya sido de ti.
  • Si he de serte sincera, yo también me alegro mucho de que nos hayamos vuelto a descubrir, porque me he dado cuenta de que seguimos teniendo mucho en común y mucho camino por recorrer juntos.

Cenamos, hablando sin parar, comentando algunas conversaciones mantenidas estos días mientras noto como mi corazón late desbocado, deseando besarle en la boca y acurrucarme, como antes, en su regazo, de día y de noche. Todo pasa por algún motivo, el confinamiento, la soledad, el reencuentro, volverse a enamorar, así pues, VIVAMOS y que pase lo que tenga que pasar.

Fin

Lois Sans

23/04/2020

 

 

2 comentarios sobre “Vivamos y que pase lo que tenga que pasar

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