Atraco en la 69

Atraco en la 69

Me despierto sobresaltada por el temor de llegar tarde el primer día. Cojo el móvil de la mesa de noche y suspiro aliviada cuando veo que marca las 5.35. Sin embargo, decido levantarme para poder preparar con calma este día tan especial para mí, porque hoy empiezo a trabajar en el Banco como directora de una importante sucursal. Cuando lo pienso no puedo evitar sonreír, sobre todo, porque estoy segura de que no es casualidad que el primer día en la oficina 69 coincida con el día 6 del mes 9, sé que soy única cotejando números y fechas.

Anoche, antes de acostarme y después de pasarme más de una hora probándome casi todos los conjuntos del armario, conseguí dejar preparada la ropa que voy a ponerme. Me decidí por una falda corta de piel negra, una blusa de seda roja, una americana también de piel negra y los zapatos de charol rojo a conjunto con el bolso Gucci, también en charol rojo. Sé que el negro y rojo son la combinación perfecta para sentirme elegante y sexi a la vez.

Después de desayunar un bol de frutas con yogur, zumo de naranja y café expreso, me ducho, dejando que el agua caiga con fuerza sobre mi cuerpo. Al salir de la cabina de hidromasaje me contemplo en el espejo, satisfecha al observar mi bonito cuerpo, aunque casi rozo los cuarenta.

Me hidrato con una buena crema aromatizada con fragancia de coco, empezando por los brazos, morenos y bien tonificados. Sigo con los pechos, abundantes, atrayentes de miradas masculinas. Continuo con el vientre, liso y firme gracias a las clases de zumba con Irene. Ahora le toca el turno a mi culo duro y bien colocado, se lo debo a mi entrenador personal Víctor, que me machaca con las sentadillas. Y por fin, les toca el turno a los muslos y las largas piernas, las cuales tienen un agradable color moreno que tanto me favorece.

Me seco el pelo y me lo plancho dejándome la melena pelirroja suelta, con algunas ondulaciones que parecen naturales. Después de maquillarme, me pongo rímel, perfilo mis gruesos labios con lápiz rojo cereza y me echo perfume Carolina Herrera 214.

Me visto lentamente, sin ropa interior, como siempre que tengo un compromiso especial,  me siento libre y segura de mí misma, capaz de abordar cualquier contratiempo, sobre todo si tengo alguna cita de la cual espero algo diferente.

Sé que esto no ha sucedido por casualidad, ya que llevo varios años preparándome para ser una ejecutiva de alto nivel. Me dejé la piel en una multinacional hasta que conseguí el cargo como directora de marketing. Después empezaron a proponerme otros cargos similares en la competencia hasta que llego la oferta que esperaba como adjunta a dirección. Me preparé con diferentes Másteres en distintos temas para estar a la altura de lo que yo considero que merezco, aunque, a veces, siento una punzada de remordimiento al recordar que, para llegar a la cima, no he tenido más remedio que dejar dos relaciones por el camino. Dos hombres estupendos que me querían, aunque no comprendieron mi exhaustiva dedicación en el terreno laboral, por lo que cuando me pidieron un compromiso firme para formar una familia tuve que dejarles claro que no estaba preparada para dar ese paso. Por ahora, no me veo casada y, mucho menos, llevando a los niños a la guardería en un monovolumen cargado de pañales y juguetes infantiles.

Cuando el Banco se puso en contacto conmigo para ofrecerme una plaza como directora de esta sucursal, supe que ese era el primer paso del camino que yo deseo seguir para conseguir llegar al Comité de Dirección y que mi nombre esté entre las personas más importantes del país.

Me pongo los zapatos rojos con tacón de aguja que tanto me favorecen, con la esperanza de que no me machaquen demasiado los pies al final del día y cojo el Gucci rojo de charol, el cual reviso detenidamente, porque me atemoriza la idea de que puedo olvidarme algo importante. Voy sacando todo lo que hay en su interior mientras pronuncio el nombre de cada cosa: monedero rojo de charol con las tarjetas de crédito, DNI, carné de conducir y mis nuevas tarjetas de visita, no puedo evitar sonreír cuando leo mi nombre y debajo “directora de la oficina 69”. Sigo sacando: pañuelos de papel, las llaves de casa, llave del coche junto con el mando del garaje y las llaves de la sucursal, las cuales beso dejando impregnado mi lápiz de labios rojo cereza. Ahora el pequeño neceser blanco con un corazón rojo dibujado, abro la cremallera para asegurarme de que llevo un lápiz de labios rojo, un lápiz de ojos negro, rímel y el dosificador de perfume Carolina Herrera. Ya solo queda la agenda y el bolígrafo dorado que me regalo Samuel. ¡Ah! Y un paquete de chicles de hierbabuena. Vuelvo a colocar cada cosa en su lugar, cierro la cremallera y salgo de casa. Bajo en el ascensor que me llevará hasta el aparcamiento subterráneo.

Conduzco por las calles casi desiertas cantando a voz de grito “Don’t Warry Be Happy”. Me encanta conducir temprano antes de que se produzcan los típicos atascos del lunes. Parece que los semáforos lo notan y se ponen verdes cuando me acerco. Todo está saliendo como espero. Llegaré antes que nadie a la oficina y podré familiarizarme con cada rincón, antes de que me presenté ante todo el personal con el discurso de apertura.

Cuando llego a la sucursal, cojo el llavero de la oficina, bajo del coche y abro el portal que me llevará hasta el aparcamiento subterráneo. Busco la plaza NÚMERO UNO, reservada para mí Toyota eléctrico rojo.

Consulto el reloj inteligente y observo que todavía falta más de media hora para abrir la sucursal, dudo entre salir a la calle o subir en ascensor hasta la planta donde está ubicada la sucursal.

Me decido por salir a la calle para familiarizarme con el barrio, conocer los negocios de los clientes actuales y futuros con los que deberé interactuar cada día.

Sonriente, camino por la acera, dejando que una agradable brisa mañanera inunde mis pulmones antes de que lo haga la contaminación de los coches que ya empiezan a aglomerarse en algunos semáforos.

Observo tres hombres vestidos elegantemente. Visten trajes negros, pajarita, sombrero gris, gafas de sol y cartera de piel negra. Parecen sacados de una película de gánsteres. Decido acercarme para averiguar si desean abrir alguna cuenta, o tal vez, invertir en bolsa, tengo la agradable impresión que ellos me ayudarán a que empiece bien mi primer día.

  • Buenos días, señores, soy la nueva directora de esta oficina ¿En qué puedo ayudarles? – pregunto sorprendida cuando me percato de que son muy jóvenes, incluso creo que les doblo la edad.
  • Buenos días, señora… – empieza a decir el más alto.
  • Elena, Elena Ramos, para servirles – acabo la frase tendiéndole la mano para saludarle.
  • Si nos puede abrir la puerta señorita Elena le explicaremos cómo puede ayudarnos – comenta estrechándome la mano con fuerza, luego se la lleva hasta la boca para rozarme suavemente con sus gruesos labios consiguiendo hacerme estremecer.
  • Entonces, hagan el favor de acompañarme a mi despacho, por favor – respondo mientras abro la puerta, enciendo las luces y desactivo la alarma.

Me muevo ágilmente por la oficina gracias a que la semana pasada estuve aquí con el Director de Zona y me enseñaron lo más básico de esta sucursal. Me dirijo hacia mi despacho seguida por los tres jóvenes, abro la puerta y enciendo las luces. Uno de ellos, el más rellenito, cierra la puerta, me acorrala contra la pared y, mostrándome una pistola, dice:

  • Ahora, Elena vas a hacer todo lo que nosotros te ordenemos, porque esto es un atraco.
  • ¿Atraco? – me atrevo a preguntar divertida, creyendo que forma parte de alguna broma.
  • Sí, esto es un atraco – insiste – pero si haces todo lo que te ordenemos todo irá bien. ¿De acuerdo?
  • Por supuesto, haré todo lo que me ordenéis – logro balbucear pensando que era yo la que debería dar las órdenes en esta oficina.
  • Primero debes desactivar las cámaras – ordena apuntándome con el revolver.
  • ¿Cuántas personas tienen la llave de esta sucursal? – pregunta el rubio.
  • Tres, creo. El interventor, el apoderado y yo.
  • Sabemos que para el protocolo de abertura de la caja fuerte debéis coincidir dos mandos de la oficina, por lo que cuando llegue uno de ellos lo pondréis en funcionamiento. Mientras tanto, uno de nosotros se quedará en la puerta con la llave para abrir al resto de los empleados, los cuales mantendremos en la sala que hay junto a la puerta de entrada – informa mientras escuchamos el timbre.
  • Dame la llave de la puerta, yo abriré – ordena el pelirrojo con pecas.

Le entrego el manojo de llaves de la sucursal, las observa detenidamente, luego pregunta:

  • ¿Dónde están las llaves de la Caja Fuerte?
  • En un armario.

Sale por la puerta y al cabo de un momento le escuchamos gritar:

  • ¡Alto! ¡Esto es un atraco!

A alguien se le escapa un chillido, parece el de una chica joven. Al cabo de un momento se abre la puerta de nuevo y entra un hombre de mediana edad, le conozco, es Antonio Pérez, el apoderado de la sucursal, recuerdo que nos presentaron el otro día. Nos miramos atemorizados mientras el rubio ordena:

  • Ahora que ya ha llegado el apoderado ya podéis abrir la Caja Fuerte. Sabemos que tarda entre 15 y 20 minutos.

Observo a Antonio, al que le tiemblan las manos, debe tener unos cincuenta años, calvo, con gafas gruesas y la típica barriga cervecera. Sabe exactamente qué hay que hacer, seguramente lo ha hecho miles de veces cada día. No puedo evitar pensar que, tal vez, no le gusta que una mujer, más joven que él, ocupe el cargo de directora porque deberá acatar mis órdenes y eso, sé por experiencia que, muchos hombres no lo toleran, sin embargo, a mí me excita.

Me mira fijamente, quizás espera mis órdenes, aunque yo no tengo muy claro todo el protocolo a seguir, porque hasta ahora no lo he hecho nunca. En realidad, hoy es mi primer día de prácticas en un Banco, después de algunos cursos teóricos que me han obligado a seguir. Solo se me ocurre ordenarle:

  • Por favor, Antonio, sigue el protocolo mientras me lo explicas.

Abre un armario empotrado en la pared, donde hay varias llaves colgadas, cada una lleva un llavero con una etiqueta, sin dudarlo, coge varias de distintos estantes y me hace seña de que lo siga.

  • ¡Un momento! ¿Dónde vais? – grita el gordito.
  • A abrir la caja fuerte – responde Antonio con voz temblorosa.
  • ¡Esperad! Antes de hacer nada, debemos estar informados. Smail, acompáñalos – ordena a su compañero.
  • Vamos – responde Smail apuntándonos con su arma.

Salimos del despacho, observo que el pelirrojo tiene controlada la situación en la puerta de entrada, a medida que llegan los empleados les hace pasar a la sala de la derecha, la cual creo recordar que es una sala de reuniones bastante amplia. Nos mira al tiempo que pregunta:

  • ¿Vais a la Caja?
  • Sí, Crazy. Allá vamos. Veo que aquí todo sigue su curso. Ahora vendrá Clever para ayudarte.
  • De momento no ha habido ningún problema, son buena gente y siguen mis órdenes – exclama abriendo de nuevo la puerta, para que pasen tres señores de la edad de Antonio, más o menos, a los que les pide el móvil y que se quiten las chaquetas.

Crazy apunta con el arma hacia Antonio, indicándole que se ponga en marcha y yo le sigo. Nos dirigimos hacia una pared forrada con paneles de madera de cerezo, donde hay una puerta camuflada. Antonio abre la puerta con una de las llaves que ha cogido, enciende un interruptor y empieza a bajar por unas escaleras metálicas, luego sigo yo y detrás de mí el atracador Smile. Llegamos a una sala bastante grande, cuadrada, con las paredes laterales forradas de pequeñas cajas de seguridad, que los clientes alquilan para guardar joyas, documentos o cualquier otra cosa que deseen. En el centro hay una mesa metálica alargada y a su alrededor seis sillas también metálicas con cojines negros.

Enfrente encontramos otra puerta, metálica, saca una tarjeta tipo visa, la introduce en una ranura, se abre una pequeña ventana donde hay un teclado, marca un código y se abre la puerta metálica. Enciende otro interruptor, entramos en una sala amplia, es la cámara acorazada, al fondo está la reja metálica que protege la caja fuerte.

Con una llave especial abre la reja, ahora, si no recuerdo mal, deberemos poner cada uno su código y, si no nos hemos equivocado, en el plazo de 15 minutos se abrirá la caja.

Una vez hemos seguido todo el protocolo, Antonio y yo, nos miramos, sin saber que hacer, Smail lo advierte porque, señalando un par de butacas de piel, que hay a un lado sugiere:

  • Podéis sentaros mientras esperamos.
  • Necesito ir al baño – suplica el apoderado con voz trémula.
  • De acuerdo, sube, Clever te estará esperando – dice el atracador llamando a su compañero por el móvil.
  • Ahora sube el apoderado para ir al baño. Yo me quedaré aquí con la directora, esperando a que se abra la caja – ordena mirándome fijamente.

No sabría explicar por qué todo esto me excita, siento una punzada de deseo un palmo por debajo del ombligo. Miro la caja fuerte, la sala donde estamos y observo detenidamente al atracador. No tiene más de veinte años, pero es alto, guapo, con unos bonitos ojos que se esconden tras las gafas de sol. Unos rizos rubios asoman debajo del sombrero y tiene una bonita sonrisa permanente, supongo que, por eso, le llaman “Smail”.

Me acerco lentamente como una gata en celo que acecha a su presa, pero cuando siente mi presencia más cercana, se mete la pistola y el móvil en el bolsillo de la chaqueta y me mira fijamente con su bonita sonrisa seductora. Estamos muy cerca uno del otro, aspiro su fragancia mentolada, le pongo la mano en el pecho y siento como su corazón se va acelerando, como el mío. Me coge la mano mientras pregunta:

  • ¿Intentas seducirme?
  • ¿Por qué no? Me gustas, estamos solos y no llevo ropa interior – respondo intentando disimular un ligero temblor en la voz.

Las hormonas se disparan, me acorrala contra las rejas de la caja, acaba de desabotonar la blusa y acaricia suavemente mis pechos, entreteniéndose en los pezones. Nos besamos apasionadamente, mientras yo le quito la americana, le desabrocho los pantalones que caen a sus pies al mismo tiempo que él me quita la falda. Me he quedado desnuda sobre los zapatos rojos. Él lleva la camisa blanca, la pajarita y unos slips del pato Lucas, muy divertidos, pero poco sexys. No se entretiene, juega con su lengua en mis pezones, recorre el borde de mis pechos y sigue el camino hasta el ombligo para continuar hasta llegar al clítoris, el cual le espera impaciente porque en el momento que su lengua lo roza no puedo evitar alcanzar un potente orgasmo.

Cuando logro recuperarme, le bajo el slip dejando libre su erecto miembro el cual chupo apasionadamente, a continuación, lo meto en mi vagina y nos movemos acompasados hasta que llegamos al clímax jadeando.

Nos apoyamos el uno en el otro intentando recuperarnos mientras escuchamos como la puerta de la caja se abre. Nos miramos riendo, menuda fila, él lleva puesta la camisa, la pajarita y los zapatos, sus pantalones y los slips están arrugados en el suelo, el sombrero y las gafas esparcidas junto con la chaqueta. Mi aspecto, supongo, que debe ser un poco más sexy, desnuda sobre unos zapatos de tacón rojos, acompañada de mis joyas favoritas de oro rosa.

Nos vestimos rápidamente, observándonos de reojo, como con vergüenza y deseo a la vez. Justo cuando acabamos de recomponernos, se oyen voces, luego pasos, son el apoderado que, junto con otro de los atracadores, llegan con unas bolsas. Smile nos apunta con la pistola y nos hace entrar en la caja, mientras Clever nos entrega las bolsas, ordenándonos que las llenemos con billetes de 50 y 100. A medida que las vamos llenando, él las coloca en el interior de los maletines. Cuando termina de llenar los tres maletines, dice riendo:

  • Tenemos suficiente, dejemos algo para los banqueros.
  • Puedes cerrar la caja de nuevo – indica Smile dirigiéndose a Antonio.
  • Coged un maletín cada uno y no hagáis ningún movimiento sospechoso porque os está vigilando esta – ordena Clever mostrándonos su pistola.

Nos dirigimos a la sala de reuniones, todos los empleados de la oficina están sentados en el suelo, con la cabeza entre las piernas, bajo la atenta mirada y la pistola de Crazy, que, cuando nos ve, pregunta:

  • ¿Habéis llenado los tres maletines?
  • Si – responde Clever, cogiendo los que llevamos nosotros dos.
  • Cuando salgamos por la puerta, debéis esperar media hora, luego podéis llamar a la policía. Si llamáis antes, explotará una bomba que hemos activado. ¿Entendido?

Nadie dice nada, luego me mira a mí y, poniendo su pistola debajo de mi barbilla insiste:

  • ¿De acuerdo?
  • Si, tranquilo – logro contestar con un leve temblor en la voz.
  • Muchas gracias a todos por vuestra colaboración, ha sido un placer trabajar con vosotros. No tenemos nada contra los empleados de banca, solamente con los banqueros – explica Clever.
  • Sed felices – murmura Smile, dándome una palmadita en el culo.

Salen de la sala y escuchamos como cierran la puerta con llave. Antonio se acerca y me dice al oído:

  • Elena, llevas la blusa mal abotonada.
  • Gracias – susurro avergonzada.

Supongo que ahora es el mejor momento para dar mi discurso de primer día, por lo que, mientras me recompongo la ropa y el pelo, voy pensado que les diré que les tranquilice y anime a la vez.

  • Podéis poneros cómodos. Esperaremos la media hora, por si acaso – explico mientras pongo el cronometro en mi reloj.
  • ¿Crees que han activado una bomba? – pregunta Antonio atemorizado.
  • No lo creo, pero no hay necesidad de poner en riesgo nuestras vidas, mejor esperaremos y luego llamaremos a la policía – respondo esbozando una sonrisa que intenta tranquilizar.
  • ¡ATENCIÓN! Buenos días a todos. Aunque estamos ante una situación insólita, la cual espero que no se vuelva a producir, debo presentarme, soy Elena Ramos, la nueva directora de esta oficina. Quiero felicitaros porque os habéis comportado valientemente, llevando sumamente bien la situación. Esperaremos la media hora, tal y como nos han ordenado los atracadores. Mientras tanto, os podéis levantar, por orden, empezando por la derecha y os presentáis diciendo vuestro nombre y el departamento donde trabajáis, así os voy conociendo. Después llamaremos a la policía y a una cafetería para que nos traigan un buen desayuno. Invito yo.

Poco a poco se van levantando, presentándose, con voz temblorosa, aunque, cuando ya lo han hecho los cinco primeros, no puedo evitar desconectar mientras noto una sonrisa boba en los labios al recordar la escena de sexo con Smail.

Fin

Lois Sans

09/03/2020

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