La caja de música – 20. Después de la tormenta viene la calma.

20.Después de la tormenta viene la calma.

Siempre me he considerado una persona pacífica, partidaria de dialogar, sin embargo, una especie de fuerza interior me hace levantar la mano para pegarle una bofetada a Leo, el cual, sorprendido, me mira con los ojos muy abiertos. A su lado, María abre la boca, la vuelve a cerrar y se retira discretamente.

Boquiabierto, se frota la mejilla enrojecida con la punta de los dedos, mientras un agradable aroma a almizcle mezclado con su olor de piel, que tan bien conozco, me envuelve haciéndome enloquecer, incluso tengo la ligera impresión de que pierdo el equilibrio y me voy a caer.

Por suerte, Cosme ha visto lo ocurrido y ha venido enseguida a mi lado, mientras tanto me recupero del contratiempo y, confusa, me escucho decir:

  • Ya está bien de mentirme, fuiste tú quien me invitaste a ir a tu casa, aunque supongo que solo me has utilizado y eso me duele. Nunca me has amado.
  • ¡Espera! Eso no es cierto. Lo hemos pasado muy bien juntos – dice con su dulce acento argentino que tanto me gusta, pero que ahora me parece agobiante.
  • Ahora no puedo perder el tiempo hablando contigo, estoy trabajando. Si de verdad he sido importante para ti, espero que encuentres el momento adecuado para explicármelo todo, sin mentiras – ordeno tan decidida que, incluso a mí, me parece extraño.
  • De acuerdo, entiendo que estés enfadada, pero solo quería proteger a María, que estaba en peligro. Por eso desconecté el móvil, para que Tomás no pudiese encontrarnos – contesta, mientras me doy la vuelta para ir en busca de los novios, dejándole con la última palabra en la boca.

Detrás de mí está Cosme que, poniendo el brazo sobre mi hombro me pregunta:

  • ¿Cómo estás? Tal vez deberías tomarte un descanso, yo seguiré con el reportaje.
  • No te preocupes, estoy bien. Quiero seguir haciendo fotos, me apetece mucho lucirme en esta boda – respondo suspirando.
  • De acuerdo, pero si no te sientes con fuerzas o quieres tomarte un respiro, avísame – insiste preocupado.

Miro a mi alrededor, solo unos pocos han estado al tanto del incidente, así que voy a buscar a los novios, que reciben felicitaciones por parte de todos los invitados y me los llevo, junto con el caballo, a una pequeña cala, para hacerles un reportaje romántico.

Ha sido un verdadero placer fotografiarlos, han sido obedientes y han posado juntos, separados, con el caballo, caminando, corriendo, besándose, sonriendo, serios y no se han cansado de mis órdenes. Estoy segura de que tengo suficiente material para montar un romántico álbum digital. Ahora solo nos quedarán las fotografías con los invitados, el momento de la tarta y si han preparado algún baile.

Me reúno con Cosme para efectuar un cambio de impresiones, ya que él ha estado inmortalizando a los invitados durante el aperitivo. Mientras los invitados se sientan en las mesas dispuestas las mesas para el banquete, nosotros nos retiramos discretamente a una pequeña sala, donde comen los trabajadores del hotel, en el cual nos han preparado una mesa para nosotros dos. Mientras comemos Cosme insiste:

  • ¿Estás segura de que puedes seguir adelante? No me importa hacerme cargo del resto.
  • Tranquilo, no pasa nada, solamente estoy muy enojada e impaciente por escuchar todas sus mentiras, sin embargo, ahora lo tengo todo muy claro y no voy a dejar que me engañe de nuevo – explico convencida.
  • De acuerdo, acabemos de comer, que todavía queda mucho trabajo por hacer – dice saboreando un pescado con guarnición que nos han servido.

Justo cuando acabamos de comer traen una original tarta en forma de barco coronada por unos muñecos vestidos igual que ellos, que hemos fotografiado y grabado. Me gustan las fotografías por sorpresa e intento inmortalizar algunos de los invitados desprevenidos, sin embargo, observo donde está sentando Leo y procuro no acercarme a esa zona, aunque parece ser, que Cosme se ha dado cuenta y queda cubierta por su cámara.

De repente se escucha la voz de Madonna entonando “La isla bonita”, los novios salen a la pista y bailan una coreografía que tenían preparada. Cosme está grabando y yo les fotografío desde varios ángulos.

Por fin acaba nuestra jornada, ahora nos quedará el trabajo en el estudio, para realizar el montaje de la película, el álbum digital y, más adelante, seguramente nos pedirán algunas copias impresas, tal vez uno o dos cuadros. Discretamente me despido de Cristina y Pablo y a continuación hablamos con la directora del Hotel. Antes de subir al coche, Cosme me pregunta:

  • ¿Seguro que no quieres hablar con Leo antes de marcharnos?
  • Por supuesto que no, si quiere hablar conmigo ya sabe donde puede encontrarme. Después de haberse largado sin dar ninguna explicación, no se merece mi respeto – contesto airada.

Subimos al coche, pongo música en un intento de desconectar, porque no me apetece pensar en Leo. Me siento satisfecha profesionalmente, por lo que ahora siento que debo intentar olvidarme de él cuanto antes, sin embargo, no puedo evitar que me asalten sus recuerdos, como el día en que lo conocí en la fiesta de Cristina o cuando hicimos el amor por primera vez, momentos en que me sentí como una princesa. Luego dormimos juntos abrazados y cuando desperté, había preparado el desayuno. Siento un nudo en la garganta y lucho por evitar que se me escapen más lágrimas, no quiero que Cosme me vea así, perdiendo el norte por él, sobre todo ahora que sé que es un impresentable, que se ha aprovechado de una pobre chica en un momento de debilidad.

Aparcamos en el garaje a media tarde y primero vamos al Estudio a dejar todo el material. Cuando salimos nos encontramos con la inspectora, que dice:

  • Buenas tardes. Raquel, hemos detenido a Tomás por el asunto de la secta, sin embargo, necesitaríamos que le identificase por el tema de los abusos sexuales. ¿Puede acompañarnos a Comisaria, por favor?
  • Si, por supuesto, pero él no me verá ¿no? – digo con un suspiro.
  • No, él estará en una habitación con otras personas y usted deberá identificarle a través de un cristal – explica la inspectora.
  • ¿Es urgente? ¿No puede ir en otro momento? – pregunta Cosme – es que acabamos de llegar de un reportaje de boda y está cansada – se justifica.
  • Lo siento, pero cuanto antes dejemos zanjado este asunto, antes lo podremos meter en la cárcel y el fiscal podrá solicitar más años de cárcel. También quiero explicarle que tenemos noticias con respecto a Leonardo y María – sigue informando.
  • Déjalo, tío, iré ahora y así podré cerrar este asunto de una vez. En cuanto a Leo, hoy me lo he encontrado en la boda y me ha quedado muy claro que es un caradura – explico suspirando.
  • De acuerdo, te acompaño – dice Cosme.
  • No hace falta que vengas, estaré bien. Mejor vete a descansar, la inspectora me acompañará cuando acabemos ¿no inspectora? – ordeno mirando a la mujer que asienta con la cabeza, mientras dice:
  • Por supuesto. No se preocupe su sobrina está en buenas manos.

Aunque no es zona de aparcamiento, la inspectora ha dejado el coche encima de la acera, delante mismo de la puerta, con su compañero dentro.

Subo detrás mientras ella se sienta al volante y conduce velozmente, con la sirena encendida, así que no puedo concentrarme en mis pensamientos, además el viaje se hace muy corto.

Deja el coche delante mismo de la puerta, aparcado en batería y me abre la puerta que está bloqueada. Una vez dentro me explica:

  • Ahora usted estará en una habitación con una ventana, habrá cinco o seis hombres y usted tendrá que identificar al que le parece que le agredió en el bosque. No se preocupe, ellos no la verán.

Asiento con la cabeza mientras entramos en un cuartucho estrecho y sin ventanas, con una mezcla de olores a sudor, humedad y algunas colonias. Me siento en una silla de madera porque tengo una ligera sensación de mareo, tal vez es porque estoy embarazada y percibo mucho más cualquier aroma, sea bueno o malo. La inspectora, se coloca detrás de mí y apoya su mano en mi hombro, luego me pregunta:

  • ¿Se encuentra bien, Raquel? ¿Está preparada?
  • Sí, es que me he mareado un poco. Pero ya estoy mejor. Podemos empezar cuando quieran – digo suspirando.

Entra un hombre alto, delgado, de unos cuarenta años, con una barba larga y un poco cana, se pone de pie mirando hacia el suelo. A continuación, entra un hombre más joven, tal vez de unos treinta y pocos, rubio, no tal alto, con cara aniñada, que me da la impresión de que me mira, aunque sé que no puede verme. Cuando entra el tercero me da un vuelco el corazón, estoy segura de que es él, alto, robusto, con barba, mirada perdida, me hace sentir incomoda, así que me levanto enseguida y ahogo un grito tapándome la boca, mientras la inspectora pregunta:

  • ¿Cree que es él? ¿Está segura?
  • Sí, estoy segura, ese es el que me atacó e intentó violarme en el bosque – respondo con la respiración acelerada.
  • De acuerdo, tenemos que esperar a que entren dos personas más, es el protocolo – explica obligándome a sentarme, de nuevo, en la silla.

Entra un hombre moreno, alto, delgado, con los ojos tristes, mirando hacia el suelo. Por último, aparece un quinto hombre, alto y apersonado, con el pelo y la barba rubia, pero yo estoy segura de que el tercero es el que me atacó, mientras la inspectora me pregunta:

  • Raquel ¿está segura de quién le atacó en el bosque?
  • Sí, es el tercero, estoy segura – insisto sintiéndome mareada.

Me ayuda a levantarme y me acompaña fuera de la sala, me lleva directamente a una fuente de agua y me ofrece un vaso, que me bebo de un sorbo.

Llena un expediente con el ordenador y, una vez impreso, me lo acerca para que lo lea y lo firme. Repaso rápidamente mis datos y lo que ha escrito sobre el individuo que me atacó, todo está correcto, así que firmo con un ligero temblor en la mano, mientras me comenta:

  • Quiero informarle de que la secta está desarticulada, todos los miembros a salvo. Todos han perdido el dedo que les cortó, exceptuando a tres, a dos de ellas les han amputado un pie y a la otra una mano. Tomás está acusado por este delito, por maltrato a María, por violación a dos menores y por el intento de abusar de usted.
  • Vaya, parece que tiene un buen historial – exclamo asombrada
  • También debo comunicarle que hemos encontrado a Leonardo y a María.
  • Yo también los he encontrado – contesto esperando evitar que me dé más detalles de los que deseo conocer.
  • Entonces, ya sabe que están juntos y que escaparon de Tomás. María tenía miedo de que él la encontrara y la matara y Leonardo la ayudo a esconderse – explica abrumándome, por lo que decido no contestar.

Se levanta y coge las llaves del coche, así que yo también me levanto y la sigo. Mientras me acompaña a casa de mis tíos, pregunta:

  • ¿Se encuentra bien, Raquel?
  • Si, bueno, en realidad no sé como estoy. Me siento engañada y encima estoy embarazada. No quiero verle nunca más. Hubiese preferido que se hubiese muerto – contesto echándome a llorar.

Cuando llegamos delante del Estudio, para el coche y me abraza, sin decir nada, todo un gesto de humano por su parte y yo no puedo hacer nada más que desahogarme, sintiéndome sola y vulnerable. Cuando se aparta veo a Lidia en la acera, así que le doy las gracias al oído y salgo del coche.

Nos abrazamos y subimos abrazadas a casa. Tengo ganas de comer algo y meterme en la cama. Espero dormir toda la noche de un tirón, sin embargo, justo cuando entramos en casa, suena mi móvil, es David que me pregunta:

  • Hola Raquel. ¿Cómo ha ido la boda?
  • La boda muy bien, los novios eran Edgar y Martina – contesto.
  • Entonces debes haber encontrado a mucha gente conocida – sigue él.
  • Sí, incluso me he encontrado con Leo – informo disgustada.
  • ¿Qué? Ha tenido el morro de aparecer en la boda. Ese individuo no tiene escrúpulos, si le llego a ver le doy en toda la boca – grita él cada vez más enfadado.
  • Bueno, tal vez sea lo mejor, así me he dado cuenta de que tipo de persona es y ahora sé a qué atenerme – intento tranquilizarle.
  • Claro, en eso tienes razón. ¿Qué piensas hacer? Podrías venir a vivir con nosotros, al fin y al cabo, también es tu casa – propone más tranquilo.
  • Cosme y Lidia también me han ofrecido su casa, tienen la habitación de Nico vacía, está muy cerca del Estudio y creo que me quedaré con ellos – respondo decidida.
  • De acuerdo, pero que sepas que esta también es tu casa – sigue insistiendo.
  • Sí, lo sé. Vendré a buscar el resto de las cosas que no me llevé cuando me fui con Leo y tal vez, alguna cosa de mamá como recuerdo – contesto con cierta melancolía.
  • Por cierto, recuerda que el lunes tenemos que ir al hospital – tantea cariñosamente.
  • Si, ya me acuerdo. Qué duro – comento suspirando.
  • Tranquila, después de la tormenta viene la calma – intenta tranquilizarme.
  • Es que todavía tengo mucho que hacer. Mañana le pediré a Cosme que me acompañe a casa de Leo para llevarme todo lo que me queda allí. Por la tarde iré a ver a mamá, quiero despedirme de ella – explico tristemente.
  • Cuando vayas al hospital puedes avisarme y podemos ir juntos. Ahora será mejor que cenes un poco y te vayas a la cama, debes estar agotada – propone.
  • De acuerdo. Ya te avisaré cuando esté a punto para que pases a buscarme. Hasta mañana. Un beso – me despido.
  • Hasta mañana. Te quiero, hermanita – se despide él.

Mientras hablaba con David, Cosme y Lidia han preparado la cena, así que nos sentamos los tres y comentamos las anécdotas más divertidas del día, riéndonos de algunas situaciones comprometidas.

Les abrazo dándoles las gracias por todo, nos deseamos buenas noches y me retiro a mi habitación, que ahora miro con otros ojos. Creo que les pediré que me dejen pintarla azul o rosa, incluso puedo cambiar las cortinas por las que tengo en mi habitación, en casa de mamá. Traeré mis sábanas, alguna mesa y el balancín de la abuela, si a David no le importa. Observo que es bastante grande, por lo que podré poner una cuna para el bebé al lado de la cama.

Estirada en la cama cierro los ojos, mientras acaricio suavemente mi barriga deseando ponerle cara a esa criatura que se está formando dentro de mí y que, seguramente, será una niña.

Me despierto por un rayo de sol juguetón que se cuela entre la cortina, miro el móvil y veo que son casi las diez, así que me incorporo pensando en lo bien que he dormido, hacía mucho tiempo que no dormía tan profundamente, me siento descansada y llena de energía.

Cuando salgo de la habitación un agradable aroma a café y tostadas invaden la casa recordándome que estoy hambrienta. Mientras desayunamos, hablamos de pintar y decorar la habitación, parecen muy ilusionados con que me quede con ellos y también los veo contentos cuando les hablo del bebé. Planificamos el día, porque los dos quieren acompañarme a casa de Leo.

De camino a su casa, decidimos que después llamaremos a David y si le va bien, pasaremos por su casa a buscar lo que necesite. Siento una punzada en el corazón cuando veo el Golf negro de Leo aparcado delante de su casa. Cosme aparca detrás mientras Lidia me pregunta:

  • ¿Estás segura de que quieres entrar ahora? Podemos volver más tarde.
  • Quiero entrar ahora y acabar con toda esa farsa de una vez – contesto indignada.
  • ¿Vas a decirle que estás embarazada? – pregunta Cosme.
  • Por supuesto que no – contesto decidida.
  • Pero deberías decírselo. Tiene derecho a saber que va a ser padre – insiste Lidia.
  • ¿Derecho? ¿Acaso ha pensado en algún momento qué podría herirme con sus mentiras? Ha perdido cualquier derecho – respondo enojada.
  • Creo que será mejor que esperéis aquí. Quiero hablar con él a solas, tengo curiosidad por conocer su verdad – les aviso, mientras bajo del coche y me dirijo hacia la puerta.

Aunque tengo la llave, decido llamar al timbre, abre enseguida, supongo que nos ha visto llegar desde la ventana. Cuando entro me abraza y me dice al oído que lo siente mucho, que no quería hacerme daño, con ese acento argentino que tanto me gustaba y que, ahora, me parece tedioso. Estoy tan enojada que, no puedo evitar, acribillarle a preguntas:

  • ¿Por qué me has mentido? ¿Por qué me invitaste a tu casa? ¿Por qué me enamoraste, si tú nunca me has amado? ¿Por qué no me contaste que estabas casado? ¿Me has explicado alguna verdad?
  • Pero que dices, mi amor, claro que te he contado verdades. En realidad, no te he mentido, solo he omitido algunas cosas, para protegerte – se justifica.
  • ¿Para protegerme? ¿De qué? ¿De quién? ¿De ti? – continúo preguntando.
  • De mi pasado. Me avergüenzo de lo que era en mi país, de cómo vivíamos con mi familia, de mis amigos – explica en un intento de darme pena.
  • Me da igual que te avergüences de tu pasado, quiero saberlo todo, espero que me lo expliques desde el principio, me lo merezco ¿no crees? – le atosigo mientras me siento en el sillón del salón.
  • De acuerdo, te lo contaré. En Buenos Aires vivía en un barrio marginal, donde teníamos que robar para poder comer. Mi padre es un borracho que maltrata a mi madre y, aunque ella trabaja muchas horas en una fábrica, no tiene más remedio que traficar con objetos robados. Mis hermanas trabajan como prostitutas y mis hermanos y yo éramos camellos. Me casé con una “piba” porque la dejé preñada y sus padres nos obligaron, pero yo no estaba preparado, así que le puse los cuernos con una de sus mejores amigas. Antes de que naciese nuestro hijo ella se marchó a vivir a casa de sus padres y yo conseguí viajar como polizón en un barco mercante, pero eso ya te lo había contado. Cuando llegué a Barcelona, trabajé por las noches en el puerto descargando barcos y por el día lavando platos en un restaurante, donde conocí a mi actual jefe, se interesó por mí y me dio una oportunidad ofreciéndome un trabajo de mantenimiento en su empresa y también otros trabajos extras en su casa o en casa de amigos suyos. Gracias a él pude alquilar esta casa, porque me avaló y me presto el dinero para la fianza. Y creo que eso es todo. Si la señorita tiene alguna pregunta, dígame – me informa, aunque noto que ya no siento pena por él, tal vez mi sentimiento está cambiando.
  • ¿Por qué me ofreciste vivir en tu casa si estabas enamorado de María? – sigo preguntando.
  • Sabía que lo de María no podía funcionar, ella estaba casada con Tomás y él era muy absorbente, no la dejaba nunca sola. Tú me gustabas, eres guapa, inteligente, simpática y creí que contigo me olvidaría de ella. Siento haberte herido – dice acercándose peligrosamente hacia mí.
  • Vaya, parece que es culpa mía que no te haya hecho olvidar a María – digo con sarcasmo, mientras me levanto y subo las escaleras dando por terminada la conversación.

Abro el armario y empiezo a sacar la poca ropa que queda y la voy dejando encima de la cama. De reojo veo que me ha seguido, está en la puerta observando como preparo mis cosas.  Sin decir nada, saca una maleta y empieza a llenarla con la ropa del armario. En realidad, no tenemos muchas cosas aquí, porque la casa la alquiló con muebles, por lo que solo debemos llevarnos la ropa, calzado, alguna toalla y poca cosa más. Abro la bolsa de deporte que he traído y meto lo poco que me queda, luego me planto delante de él y, dándoles las llaves, digo:

  • Espero que no volvamos a vernos nunca más.
  • Espera, debes perdonarme, por favor – suplica colocándose delante de mí.

Cuando estoy a punto de contestarle, suena el timbre, me acerco a la ventana y veo que es María, así que suelto un bufido, cojo la bolsa y bajo deprisa por las escaleras, notando que me sigue.

Abro la puerta y me quedo frente a María, mirándola fijamente, odiándola por ser más guapa que yo, por haber sido capaz de conseguir su amor, ese amor que yo quería y que me ha negado. Después de ese duelo de miradas, la esquivo y me voy directa al coche, mientras observo, de reojo, que ha dejado dos maletas al lado del “Golf” de Leo y deduzco que también recoge sus cosas, pero para marcharse con él, en mi lugar.

Mientras meto la bolsa en el maletero, aparece Víctor diciendo:

  • Hola Raquel ¿Qué ocurre? ¿Os mudáis?
  • Si Víctor, nos vamos. Gracias por todo. Te deseo lo mejor – respondo sin mirarle, metiéndome enseguida en el coche, antes de que las lágrimas me invadan.

Cosme se da cuenta y arranca enseguida, dejando al pobre jubilado de pie, mirando como nos vamos, sin entender nada. Cuando salgan ellos, seguro que Leo se inventa alguna historia bonita para satisfacer la curiosidad de Víctor.

Llamo a David para preguntarle si le va bien que pasemos por su casa y me dice que nos están esperando, que papá y Jessy también están allí, mientras noto que me he quitado un peso de encima y, aunque sé que no será fácil, cada vez estoy más convencida de que he de tener el bebé, que será una niña y que cambiará mi vida, porque después de la tormenta viene la calma.

FIN

Lois Sans

21/05/2019

Gracias a todas las personas que habéis tenido la paciencia de seguir esta historia cada martes. Espero no haberos defraudado. Hasta pronto.

 

 

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