El hombre perfecto

El hombre perfecto

Me siento feliz junto con mi familia, en casa de Isabel, mi hija mayor. Hemos acabado de comer, se apaga la luz y entra mi nieta Lara con un enorme pastel de chocolate adornado con velas rojas encendidas, setenta supongo, uno por cada año que cumplo. Setenta años que han pasado volando y mientras todos cantan aprovecho para repasar mi vida sentimental.

Acababa de cumplir los dieciséis cuando conocí a Javi, mi primer novio. Yo estudiaba en un colegio de monjas y él, a punto de cumplir los diecinueve, se preparaba para ser maestro.

Nos conocimos en un foro sobre Víctor Jara que organizaba el grupo de Scouts del barrio. Uno de los organizadores había invitado a Mercedes, la hermana de mi amiga Lucía y nos pidió que la acompañáramos porque le daba vergüenza ir sola y su mejor amiga estaba enferma.

La reunión no había tenido demasiado éxito, puesto que éramos pocos, diez personas, la mayoría chicas de entre quince y diecinueve años. Aunque Javi era uno de los organizadores, no me había fijado en él, porque su físico no destacaba, no era demasiado guapo, cara redonda, pelo castaño, lo único que destacaba en él era su blanca y permanente sonrisa.

Sin embargo, a ninguna de las presentes, nos pasó desapercibido su inseparable amigo Pedro, alto, rubio, con los ojos azules como el mar, descarado pero sensible, con un agradable aroma a lavanda.

Después de escuchar varias canciones de Víctor Jara en el tocadiscos de Pedro, pasamos a comentar el mensaje de cada una de ellas. Las más atrevidas se atrevieron a compartir sus impresiones, las más tímidas, como yo, solo escuchábamos.

Después del foro, Javi y Pedro se ofrecieron a acompañarnos y de camino a casa, nos cosieron a preguntas, querían saber nuestros nombres, apellidos, edad, donde estudiábamos, qué hacíamos en nuestro tiempo libre. Luego, Mercedes, que era un par de años mayor y más osada que nosotras, les hizo pasar por el mismo interrogatorio.

Supongo que alguien le soplo mi horario escolar, porque la tarde siguiente, al salir de clase, me encontré a Javi en la acera de enfrente, apoyado en una farola, fumándose un cigarrillo. Cuando me vio, tiró la colilla al suelo, se acercó sonriendo y, al tiempo que cogía los libros de mis manos, me invitó a merendar en una cafetería cercana.

Sin darme cuenta empezó a formar parte de mi vida, convirtiéndonos, como se decía entonces, en novios. Una tarde de invierno, mientras estábamos sentados en un banco del parque, aprovechando la oscuridad de una farola rota, me besó en la boca, moviendo su lengua suavemente, impregnándome de un agradable sabor a eucalipto.

Había sido un paso más en nuestra relación y así seguimos durante un tiempo, besándonos en la oscuridad del parque o de algún portal abandonado hasta que una tarde, mientras metía sus frías manos dentro de mi jersey para desatarme el sujetador y acariciar suavemente mis tetas, me preguntó:

  • ¿Tú te masturbas?
  • ¿Qué quieres decir? – contesté acalorada con otra pregunta.
  • Bueno, pues eso, si te tocas – explicó dejándome aturdida.
  • No ¿Por qué iba a hacerlo? – seguí preguntando alucinada.
  • Bueno los chicos lo hacemos cada día. Nos tocamos hasta que tenemos el placer que deseamos – confesó bajando la mirada, intentando parecer avergonzado.

Lo miré en silencio, sin atreverme a preguntar nada más, tal vez por pudor o por temor de que sus manos que, acariciaban mis pequeños y duros pechos, se atreviesen a bajar hacia esa zona tabú. Por la noche, en la intimidad de mi habitación, me desnudé delante del espejo y empecé a acariciar mis pechos, como lo hacía él, noté que se me humedecía esa parte del cuerpo que se encuentra a un palmo del ombligo, por lo que fui bajando las manos hasta llegar a mi parte más íntima y, con la punta de mi dedo, la rocé suavemente. Lo que sentí me asustó al tiempo que me hacía enloquecer, por lo que me seguí acariciando hasta que noté como me hervía la sangre, mi cuerpo se ponía tenso y se me entrecortaba la respiración, para terminar relajada y feliz. Ahora ya sabía a que se refería cuando me preguntó si me masturbaba.

Antes del verano se sacó el carné de conducir, ahora podría compartir el seiscientos de su padre, que ya utilizaba su hermano mayor Jorge. Un domingo por la mañana vino a buscarme a casa con el seiscientos, me llevo por carreteras comarcales y me invitó a comer en un pequeño restaurante de un pueblecito de montaña, rodeado de pastos verdes con vacas y caballos comiendo o descansando.

Por la tarde, condujo el coche por un camino hasta llegar a una cabaña de madera, en un claro del bosque, al lado de un río. Sacó una pequeña llave del bolsillo y abrió la puerta de madera desgastada. Entramos en una sala pequeña, donde había una mesa redonda, con cuatro sillas, una mecedora algo carcomida y una cocina de leña. Al lado había otra habitación con una cama metálica muy antigua y un armario empotrado. La casa olía a cerrado, así que abrimos las ventanas y dejamos que entrase el aire fresco del bosque, el sonido del agua del río y el trino de los pájaros revoloteando en los árboles.

Se acercó, me abrazó con fuerza, me besó apasionadamente en la boca, me desabrochó la falda dejándola caer al suelo, a continuación, me quito el jersey y me quedé en ropa interior, entretanto murmuraba:

  • Que buena estás, déjame verte desnuda.

Avergonzada y excitada me quité el sujetador y lo dejé sobre la cama. Luego, lentamente me quité las bragas y, sin poder evitarlo, me tapé con una mano los pechos y con la otra el pubis.

  • No te tapes. Eres preciosa – ordenó, separando mis manos para mirarme con cara de deseo mientras se iba desnudando a toda prisa.

A parte de mi hermano saliendo de la ducha, nunca había visto ningún hombre desnudo, por lo que cuando descubrí su miembro erecto no podía apartar la mirada de esa parte de su cuerpo que parecía tener vida propia.

Me abrazó y se refregó en mi entrepierna, luego cogió mi mano y me enseñó a acariciarle primero suavemente para seguir cada vez más deprisa hasta que su respiración se hizo entrecortada y salió un líquido blanquecino de su interior y él se quedó relajado, estirado en la cama.

A continuación, besó mi cara, boca, cuello pasó suavemente su lengua por mi cuerpo hasta llegar a los pezones, donde se entretuvo jugando con ellos. Siguió besando el resto de mi cuerpo hasta llegar al pubis, donde se recreó jugueteando con mis pliegues, haciéndome enloquecer, hasta que me hizo llegar al clímax.

Así pues, cada vez que le dejaban el seiscientos, me llevaba a la cabaña de sus tíos, donde disfrutábamos de unas placenteras sesiones de sexo, aunque nunca me penetró, ya que decía que debía llegar virgen al matrimonio, por lo que llegué a la conclusión de que era el hombre perfecto, la media naranja de la que todo el mundo habla.

A principios de agosto, su abuelo enfermó gravemente y, junto con su familia, se fue a un pueblo de La Mancha, donde vivían los abuelos, tíos y primos.

Al principio le echaba de menos, sobre todo las escapadas a la cabaña, hasta que se acostumbró a llamarme cada noche desde una cabina telefónica, interrogándome sobre lo que había hecho durante el día, dónde había ido, con quién y qué ropa llevaba puesta. Sus cuestionarios, cada vez más tediosos, me mostraron una parte de él que no me gustaba, descubriendo un Javi demasiado ordenado, excesivamente metódico, inexcusablemente controlador y exageradamente celoso, consiguiendo que me plantease si deseaba seguir con nuestra relación.

Pedí ayuda a mi hermano y él fue el encargado de contestar cada noche al teléfono, inventándose cada vez una excusa diferente. Le decía que tenía que estudiar, que estaba en casa de una amiga o que había ido con mi abuela, mientras yo volvía a salir con mis amigas y recuperaba mi vida social, aunque siempre ante la atenta vigilancia de mis padres.

Debido a que en aquella época estaba mal visto ir sola, mis padres solamente me dejaban salir si iba acompañada de mis amigas y cuando me invitaban a una fiesta me obligaban a ir acompañada de mi hermano Jesús, un año menor que yo.

Así pues, cuando Jaime, un amigo de mi hermano, nos invitó a mí y a mis amigas a la fiesta que organizaba en su casa de la playa, aprovechando que sus padres se habían ido de vacaciones, papá no puso ninguna pega, solo una única condición que era salir y llegar a casa con Jesús, siempre en horas consideradas razonables.

La fiesta empezaría a las seis y finalizaría a las diez de la noche, pero Jesús y yo fuimos a las cuatro para ayudar con los preparativos. Cuando llegamos, Jaime nos presentó a su primo Fran, un andaluz de Sevilla, que había venido a pasar el verano a su casa. Nos dimos la mano mientras clavaba su penetrante mirada verde en la mía, se llevó el dorso de mi mano hasta el borde de sus labios, rozándome tan suavemente que me hizo estremecer.

Entre los cuatro preparamos canapés, bocadillos, aperitivos y luego, las bebidas, refrescos, agua, zumos. Fran preparó un cóctel que olía a frutas y alcohol en un enorme cuenco de cristal.

Pasamos toda la tarde juntos, riendo y charlando, como si no existiese nadie más, hasta que empezaron a llegar los demás invitados, incluidas mis amigas Lucía, Charo, Marina y Juani, las cuales también se fijaron en Fran, que en todo momento fue el alma de la fiesta gracias a su inmensa simpatía y zalamería.

Comimos, bebimos y bailamos, Jaime se ocupaba de poner música de todo tipo en un tocadiscos que le habían regalado sus padres el día de su cumpleaños y que era la atracción de todos los asistentes. De repente, sonó la música romántica de Camilo Sesto, Fran me cogió de la mano, me llevó hasta el lugar donde habíamos improvisado una pista de baile, al lado de la piscina, luego me abrazó, moviéndose lentamente, al ritmo de la música, mientras mil mariposas revoloteaban en mi estómago, haciéndome perder la noción del tiempo, del lugar donde estábamos y la gente que nos rodeaba.

Cuando se acabó la canción, alguien puso un disco de Los Bravos y todos empezaron a bailar separados, entonces Fran me estiro de la mano llevándome en dirección a la caseta de la piscina, que estaba detrás de unos árboles, un poco apartada.

Entramos en una pequeña habitación donde había un armario y unas tumbonas de color azul. Apoyados en la pared, me besó apasionadamente en la boca, moviendo su lengua alrededor de mis labios, enzarzándose luego con mi lengua, consiguiendo que me olvidase del mundo.

Mientras Fran me quitaba el vestido y rozaba con la punta de los dedos mi piel mientras chupaba suavemente mis pezones, lo comparé con Javi y decidí que, definitivamente, era más guapo, más simpático, más tierno y besaba mil veces mejor, convirtiéndose en el hombre perfecto.

Hasta que, de repente, se abrió la puerta, entrando Jaime y Jesús, que, asombrados se quedaron mirándonos fijamente mientras mi hermano decía:

  • ¿Qué estáis haciendo Marisol? Siempre había pensado que eras una buena chica. Si papá se entera te encerrará en un internado para toda tu vida.

Asustada y avergonzada me separé de él mientras buscaba mi ropa tirada por el suelo y me vestía rápidamente mientras él, vistiéndose también, se disculpaba diciendo:

  • Lo siento, ha sido culpa mía. Marisol es muy guapa y me gusta mucho. No sé qué nos ha pasado, ha sido por culpa del cóctel que he preparado, lleva demasiado alcohol.

Las lágrimas se agolparon en mis ojos, noté como la cabeza me daba vueltas hasta que no pude evitar vomitar en el suelo, justo cuando intentaba salir de la habitación, salvando así mi reputación, demostrando que llevaba dentro demasiado alcohol. Me ayudaron a sentarme en una tumbona, al lado de la piscina obligándome a beber agua mientras me ponían una toalla mojada en la frente.

Durante varias noches soñé con las manos de Fran acariciando mi cuerpo, incluso me imaginé que disfrutábamos de una noche de sexo loco. Me sentía feliz y enamorada hasta que un domingo que fui a la playa con Charo y lo encontramos besándose con una francesa muy guapa que llevaba un pequeño bikini blanco.

Desilusionada y deprimida me quedé unos días en casa, sin salir, soñando con Fran, pero una tarde que estaba sola, sonó el timbre de la puerta y al abrir me encontré a Javi sonriendo mientras decía:

  • Por fin te encuentro, cariño. No sabes lo preocupado que estaba, llevo varios días llamándote por teléfono y nunca te puedes poner. Creí que te había ocurrido algo.

Paralizada por la sorpresa, sin saber que decir, me di cuenta de que no sentía nada por él, solamente le tenía cariño, como un amigo, nada más. Ahora me quedaba la horrible tarea de decírselo sin que se ofendiera.

Cuando por fin reaccioné, tiré de su mano escaleras abajo, mientras intentaba encontrar una buena explicación al tiempo que él no paraba de protestar.

Una vez en la calle, le arrastré hacia el parque, nos sentamos en nuestro banco preferido, luego le dejé que me interrogara mientras mi mente trabajaba a todo gas buscando las palabras adecuadas para dejarle sin que se sintiese demasiado mal:

  • ¿Qué ocurre Marisol? ¿Qué ha pasado estos días que he estado fuera? ¿Por qué no podía hablar contigo por teléfono?
  • ¿Cómo está tu abuelo? – intenté desviar su atención hacia otro tema.
  • Mi abuelo murió hace una semana, pero no he podido decírtelo porque no me has contestado las llamadas – contestó visiblemente enfadado.
  • Verás es que me resultaba muy pesado que cada día me interrogases como si fuese una delincuente – respondí mirándole un poco atemorizada porque su tez se ponía cada vez más colorada.
  • Insinúas que no tengo derecho a saber qué hace mi novia mientras yo no estoy con ella. ¡Esto es indignante! – acabó elevando el tono de voz mientras se levantaba del banco y me miraba desde arriba, provocándome un ligero temblor.
  • Supongo que tienes derecho a saber que hago, pero no tienes derecho a llamarme cada noche para preguntarme con quién he salido y mucho menos, qué ropa me he puesto – contesté levantándome del banco indignada, aguantándole la mirada.
  • Yo estaba pasándolo muy mal, mi abuelo en el lecho de muerte y no sabía nada de ti. Necesitaba tu consuelo, te necesitaba. Eres una mala persona – me gritó.
  • Tienes razón. Soy una mala persona y no te merezco, por lo que creo que es mejor que dejemos de vernos – contesté aprovechando sus palabras mientras me daba la vuelta y me iba de allí a toda prisa, aunque él vino detrás de mí y, cogiéndome del brazo me frenó, diciendo:
  • No puedes dejarme, en todo caso debería dejarte yo a ti.
  • Vale, pues déjame tú. Como quieras, pero aquí se acaba nuestra historia juntos – me atreví a responder.
  • Pero yo no quiero dejarlo, quiero seguir contigo. Te quiero, no puedo vivir sin ti – imploró dándome un poco de pena.
  • Mira, he sido mala y me he besado con otro, así que no te merezco – confesé un poco atemorizada porque no sabía cómo reaccionaría.
  • ¿Has besado a otro? Yo creía que me querías – dijo abatido.
  • Lo siento, supongo que no te quiero lo suficiente. Mira, será mejor que nos demos un tiempo y más adelante ya veremos – pedí, pensando que era la mejor opción.
  • ¡Ni lo sueñes! – gritó – si te vas ahora, tal vez no volvamos a vernos nunca más – amenazó en un intento de convencerme.
  • De acuerdo, estoy segura de que será lo mejor para ti – acepté besándole en la mejilla para luego darme la vuelta y caminar todo lo deprisa que podía.

Supongo que se quedó allí, mirando como me marchaba, sin entender demasiado bien qué había ocurrido. Dos días más tarde me llamó por teléfono, pero mi hermano le dijo que estaba estudiando y que no me podía molestar. Por mi parte, ahora sabía que nunca había estado enamorada de él, porque mi corazón latía por Fran.

Pronto me di cuenta de que a Fran no le importaba lo más mínimo, era un depredador nato que se lanzaba detrás de cualquier chica y, parece ser, que tenía mucho éxito, todas estaban coladas por sus huesos. Así que decidí aparcar el tema de los chicos, me estaba mentalizando de que el hombre perfecto no existía, al menos en la adolescencia, por lo que, a partir de ahora, sería independiente.

Reconozco que siempre he sido muy enamoradiza, sin embargo, después de Fran no conocí a ningún chico tan guapo y apuesto como él, así pues, aunque mi imaginación volaba cada vez que conocía algún apuesto muchacho, no duraba demasiado y mis experiencias sexuales quedaron frenadas, de momento.

Cuando terminé mis estudios en el colegio de monjas mis padres me convencieron de que debía prepararme para unas oposiciones en el Departamento de Justicia. Ellos estaban convencidos de que ser funcionaria era la mejor opción para una señorita.

Así pues, les hice caso, me concentré en ello y me presenté a las oposiciones, consiguiendo una buena nota que me permitió escoger dónde quería trabajar y, al poco tiempo me adjudicaron como auxiliar administrativa del departamento penal.

El primer día de trabajo, Asunción se encargó de presentarme a todas las compañeras, mientras me explicaba, riendo, que en este departamento todo son mujeres, a excepción del jefe, que estaba a punto de jubilarse. Mi tarea sería rellenar expedientes a máquina y archivar, lo que me llevó a pensar que era un aburrimiento, teniendo en cuenta que a mí siempre me habría gustado estudiar Química y formar parte de un departamento de investigación.

Debido a que nuestro jefe, el Sr. Pérez, estaba a punto de jubilarse, se estaba especulando sobre quién sería su sustituta y todas las apuestas apuntaban hacia la Sra. Rodríguez, que llevaba trabajando allí desde hacía más de veinte años. Sin embargo, justo una semana antes de la jubilación, justo antes de terminar con nuestra jornada laboral, nos reunieron en una sala y nos presentaron al sustituto del Sr. Pérez.

Era Abel Santos, veinticuatro años, con la carrera de Derecho, había pasado unas oposiciones para ese puesto en concreto y sería nuestro nuevo Jefe de Departamento. Abel, además de guapo y simpático, era tierno y firme a la vez, con dotes de líder y, con el tiempo todas suspiramos por él, incluso la Sra. Rodríguez a quien le había quitado el anhelado ascenso.

Debido a mi carácter enamoradizo, caí rendida a sus pies cuando me pidió que le buscase unas carpetas en el archivo y al llevárselas a su despacho me ofreció un donut y un café, mientras me pedía que me sentase frente a él.

No podía dejar de observarle, su cara angelical le hacía parecer un niño, con el pelo liso, rubio, su flequillo caía sobre sus grandes ojos castaños y el hoyuelo de la barbilla le otorgaba la simpatía que tenía.

Me sentía incomoda, sentada frente a él con un café y un donut encima de la mesa hasta que levantó la vista de los documentos que le acababa de entregar y clavó su mirada en la mía haciéndome estremecer.

Luego hizo unas anotaciones en su agenda y, mirándome de nuevo, propuso:

  • ¿Qué te parece si al salir vamos a comer a ese restaurante que hay al otro lado de la acera? Me han dicho que hace un menú muy bueno. Invito yo.
  • Vale – acerté a contestar notando que me temblaban las manos.

Y esa fue la primera de las muchas citas que siguieron, casi cada día me invitaba a algo, quedábamos para comer, cenar, ir al cine o a pasear, siempre tenía un pretexto para que saliésemos juntos y las compañeras ya murmuraban.

Recuerdo que siempre fue muy formal, se portaba como un caballero, atento y educado, hasta que una noche que me había invitado a cenar me pidió que fuésemos novios. Y al acompañarme a casa me besó, apasionadamente, por primera vez, mientras pensaba que, seguramente, este era el hombre perfecto.

Un domingo me invitó a comer con sus padres, hermanas, cuñados y abuelos, una familia encantadora. Mis padres no quisieron ser menos y también le invitaron un domingo a comer y quedaron prendados de su buena educación, simpatía y amabilidad. Mi madre no paraba de decirme:

  • No dejes que se te escape, es un buen partido, joven, guapo, con empleo fijo y un buen sueldo. Estoy segura de que cuidará muy bien de ti. Es el hombre perfecto.

Nuestra relación fue progresando lentamente, él siempre estaba pendiente de mí, era muy detallista, siempre tenía un motivo para regalarme flores o bombones, nunca descuidaba las fechas importantes, sin embargo, a mí me parecía que no ponía mucho empeño en que progresara nuestra relación sexual, seguíamos besándonos, me acariciaba la espalda, el pelo, la cara, pero nunca se atrevió a tocarme los pechos, por lo que, un día que estábamos contándonos confidencias osé preguntarle:

  • ¿Tú me deseas?
  • Por supuesto que te deseo. Eres guapa y sexy. ¿Por qué lo preguntas? – dijo mirándome sorprendido.
  • Bueno, verás, no sé cómo decirte esto, nunca has intentado tener relaciones sexuales conmigo – expliqué un poco nerviosa porque no sabía cómo se lo tomaría.
  • Claro que tengo ganas de hacer el amor contigo, sin embargo, opino que una buena chica debe llegar virgen al matrimonio – contestó sonriendo mientras me abrazaba y besaba como si quisiera compensarme – Por qué tú eres virgen, ¿verdad? – aprovechó para preguntar.
  • Claro – contesté sin dar más explicaciones.

Para celebrar que llevábamos seis meses juntos me invitó a cenar a un romántico restaurante con vistas al mar. A la hora de los postres, el camarero nos dejó un pastel de chocolate con seis velas encendidas y un pequeño paquete envuelto en un brillante papel de color rojo. Primero me obligó a soplar las velas, luego abrí el regalo y encontré un precioso anillo de brillantes, que me colocó en el dedo mientras me preguntaba si quería casarme con él.

Mis padres estaban entusiasmados, sobre todo mi madre, que se puso en contacto con la suya y se encargaron de organizar la ceremonia y el banquete. Él se ocupó de preparar la luna de miel y yo, con la ayuda de mis amigas, me preocupé de buscar el vestido de novia ideal.

Tres meses más tarde, el día en que cumplía veinte años, mi padre, vestido con un elegante traje gris y corbata azul me acompañaba al altar, ante la emocionada mirada de mi madre. Lo celebramos en el mismo restaurante donde me pidió que nos casáramos.

De ese día tan especial tengo recuerdos entremezclados, como el tráiler de una película, veo a Lucía ayudándome con el vestido, a mi madre, colocándome el colgante de la abuela mientras me decía:

  • Este colgante lo llevo la abuela cuando se casó y luego me lo entregó a mí cuando me casé con tu padre, ahora yo te lo pongo a ti para que algún día se lo pongas a una hija tuya. Te daré un pequeño consejo para la noche de boda, puesto que es un momento muy especial, sobre todo para el hombre al que le entregarás tu virginidad. Tú no tienes que hacer nada, deja que sea él quien lleve la iniciativa para que pueda ser feliz, porque un hombre feliz no da problemas.

También recuerdo cuando llegó Quique, el mejor amigo de Abel, para entregarme un ramo de rosas blancas mientras leía un precioso poema de amor. Me besó en la mejilla diciendo:

  • Sé que Abel te quiere mucho y cuida de ti, pero si algún día te falla, búscame porque yo siempre te estaré esperando.

En aquel momento no comprendí demasiado bien ni el discurso de mi madre ni el de Quique, aunque los entendí cuando llego el momento adecuado. Los recuerdos que tengo más claros de ese gran día son el momento en que mi padre me acompañó al altar hasta llegar al lado de Abel, que me esperaba elegantemente vestido con un traje negro y pajarita gris plata, esperándome sonriente y nervioso. También el momento en que nos pusimos los anillos y el cura dijo eso de “os declaro marido y mujer”.

Cuando acabó el banquete, una limusina nos llevó al aeropuerto y volamos a La Habana, donde estuvimos cuatro semanas de luna de miel.  De ese viaje también tengo recuerdos sueltos como si se tratase de otro tráiler de una película.

A pesar de que había soñado que la primera noche sería especial y que la recordaría toda mi vida, una vez pasada desee olvidarla para siempre, porque Abel era detallista, educado, atento y delicado, en cuanto al sexo, aparte de ser inexperto, estaba claro que para él no era importante para la relación de pareja.

Recuerdo la suite de un hotel de cinco estrellas en la parte vieja de La Habana, con una terraza en el último piso con piscina y una vista panorámica de la ciudad. Recuerdo que cuando llegamos a la habitación mientras me ponía un camisón sexy en el baño, él se estiró en la cama y lo encontré durmiendo a pierna suelta. Un poco decepcionada me metí en la cama y dormí hasta que él me despertó porque teníamos que ir a comer.

En el hotel todos nos miraban y decían que éramos la pareja perfecta, guapos, jóvenes y enamorados. Y por fin llegó el momento tan temido y esperado, cuando perdí la virginidad. Habíamos cenado en un restaurante típico, luego paseamos por la ciudad vieja y cuando llegamos frente a la puerta de la suite, me cogió en brazos, luego me depositó suavemente encima de la cama, me besó, me quitó la ropa, rozó mis pezones con la yema de los dedos, como si temiese tocarme y después se desnudó, con prisas, como si temiese que se acabase el tiempo. A continuación, se colocó encima de mí y me la metió dentro, sin más, sin preocuparse de averiguar si estaba preparada, por lo que fue bastante doloroso. Luego empezó a moverse, primero lentamente y luego, cada vez más deprisa, hasta que eyaculó. Aún encima de mí, me dijo al oído:

  • Gracias por entregarme tu virginidad, yo también era virgen. Nos hemos estrenado los dos.

Con un nudo en la garganta intenté sonreír, aunque estaba decepcionada, aunque intenté pensar que, tal vez, la próxima vez iría mejor. Se estiró a mi lado y se durmió enseguida, dejándome frustrada y escocida.

A parte de las relaciones sexuales, el resto del viaje fue fantástico, no escatimo en gastos, por lo que visitamos muchas ciudades, también hicimos excursiones a caballo, navegamos en velero y nadamos en el océano.

Cuando volvimos a casa, aunque solo habíamos mantenido relaciones sexuales unas pocas veces, estaba embarazada. Muy feliz porque íbamos a ser padres, me convenció para que cogiera una excedencia de dos años y, como al cabo de este tiempo volvía a estar embarazada, decidimos que lo mejor era ampliarla a dos años más y así me fue convenciendo para que no me incorporase a la vida laboral, aunque a mí me gustaba más cuidar de mi familia que trabajar en los Juzgados.

Mientras tanto a él lo fueron ascendiendo por lo que tenía un buen sueldo y un horario que le permitía compaginar la vida laboral y familiar. Cuando nació nuestra tercera hija Berta, compró una casa con jardín y piscina y nos trasladamos.

Siempre fue un buen compañero y un padre fantástico, recuerdo que él se ocupó de todo cuando a Isabel le diagnosticaron una otitis aguda con la cual tuvo una pérdida auditiva que la llevo a la necesidad de llevar un audífono.

Cuando Clara fue ingresada de urgencia por una apendicitis, él estuvo siempre a su lado y al mío, sobre todo animándome cuando entró en el quirófano con solo siete años.

Y con Berta tuvo la paciencia de llevarla al psicólogo cuando le diagnosticaron hiperactividad, una enfermedad difícil de detectar en aquella época.

Pasaron los años volando, primero cuidando de las niñas, que luego estudiaron en la universidad hasta que volaron del nido para casarse y formar su propia familia, quedándonos solos en esa gran casa con jardín, por lo que decidimos venderla para trasladarnos a un piso de sus padres, en la ciudad.

Fue cuando estaba a punto de jubilarse cuando le detectaron una enfermedad degenerativa. Empezó perdiendo fuerza en algunos músculos hasta que le fallaron las piernas y acabó sentado en una silla de ruedas. Aconsejada por los médicos y apoyada por mis hijas, decidimos que internarlo en un Centro especializado, donde podíamos visitarle cada día y estaría bien cuidado.

Cada día, por la mañana, iba a visitarle, le leía sus libros preferidos y le hablaba de nuestros cuatro nietos y dos nietas, aunque, he de reconocer, que era muy duro enfrentarme a su pérdida muscular, cada vez más grave y también a la pérdida de memoria que le hacía parecer muy vulnerable.

Nunca me había planteado si existen las casualidades hasta que un día de lluvia, cuando salía de casa para ir al Centro, paré un taxi al mismo tiempo que un hombre en la acera de enfrente y los dos nos metimos dentro, uno por cada puerta. Cual sería mi sorpresa cuando me encontré a Quique, el mejor amigo de Abel, el cual había desaparecido de nuestras vidas porque se fue a vivir a Alemania.

Nos miramos sorprendidos y aliviados. Torpemente nos besamos en la mejilla y decidimos ir a una cafetería para ponernos al día.

  • Cuando terminé mis estudios de ingeniería me fui de vacaciones a la Selva Negra, donde conocí a Astrid, una bióloga que me ofreció su corazón y un trabajo en la empresa de su padre. Nos casamos y nos quedamos a vivir en Friburgo hasta que hace cuatro años Astrid murió en un accidente de coche. Al principio me quedé a vivir allí, todos eran muy amables y me apoyaban mucho, sin embargo, una parte de mí me pedía volver a mi ciudad natal, así que cuando me jubilé decidí volver a casa – explicó mientras me cogía una mano y la acariciaba lentamente.
  • ¿Y tú? ¿Qué es de tu vida? ¿Todavía estás con Abel? – preguntó.
  • Nosotros tuvimos tres hijas, que ahora están felizmente casadas y nos han hecho abuelos. Hace algunos años que a él le diagnosticaron una enfermedad degenerativa. Al principio le cuidaba en casa, pero cada vez me era más difícil y me aconsejaron que lo internase en un Centro especializado, donde voy cada día a explicarle las novedades o, simplemente, a hacerle compañía. Ahora mismo iba a verle – explico también a modo de resumen.
  • Oye ¿no crees que esto es una señal? – me pregunta cogiendo mis manos entre las suyas.
  • ¿Una señal? ¿Cuál? – pregunto haciéndome la tonta para que me explique mejor que quiere decir.
  • Pues encontrarnos ahora, de repente, después de tantos años sin saber nada uno del otro. Hace un mes que he vuelto, me han hecho la jubilación anticipada, así que dispongo de tiempo y dinero. Tú tienes a tus hijas independizadas y Abel está fuera de juego. Ahora es nuestro momento. Recuerdo cuando te entregué el ramo de novia, después de recitarte una poesía te dije al oído que si me necesitabas siempre estaría disponible para ti. Aún podemos ser felices – explicó entusiasmado acariciándome las manos suavemente.
  • Pero yo todavía estoy casada con él – intenté protestar mientras miraba su pelo cano, unas pequeñas arruguitas en el contorno de la boca y un brillo en la mirada que lo hacía rematadamente sexy.
  • Claro que estás casada con él, pero no puede ejercer como marido. Deja que cuide de ti mientras tu cuida de él – propuso con una sonrisa franca.
  • No sé, ya veremos – dije nerviosa mientras no dejaba de acariciarme las manos haciéndome estremecer.
  • Me gustaría ir a verle – planteó a continuación.
  • Por supuesto, el día que te vaya bien me lo dices y vienes conmigo – respondí con una sonrisa, dejando que continuase su masaje en mis manos, haciéndome sentir realmente bien.
  • Dame tu número de móvil – ordenó dejándome las manos y cogiendo su teléfono.
  • 636 43 20 30 – contesté sin pensar.
  • Apunta el mío: 689 98 93 99 – siguió ordenando.

Después de grabar su número de teléfono, me levanté diciendo:

  • Se ha hecho tarde, casi es la hora que le dan la comida a Abel. Debo dejarte.
  • Podríamos ir a comer juntos y luego vamos a verle. Me encantaría pasar un rato con él – propuso.

No sé porque no pude negarme, así pues, fuimos a comer a un restaurante y luego a visitar a Abel. Estuvimos los tres hablando, intentando hacerle recordar experiencias que vivimos juntos hasta que nos echaron porque era la hora en que los internos debían cenar.

Al salir cogimos un taxi que nos dejó en una calle estrecha del barrio viejo de la ciudad, delante de un edificio antiguo de cuatro o cinco plantas, aunque tenía una amplia entrada y disponía de ascensor. Cual sería mi sorpresa cuando el ascensor paro en la última planta y al abrir la puerta entramos en el recibidor de su ático, reformado, con muebles minimalistas, muy modernos, tal vez demasiado para mi gusto.

En un momento preparamos una cena informal que tomamos en la terraza, bajo las estrellas, iluminados por centenares de velas blancas dispuestas alrededor de las macetas y jardineras que adornaban la azotea.

Abrió una botella de cava, brindamos por el encuentro, por nosotros y por nuestro futuro, por lo que, sin darme cuenta, iba perdiendo la noción del tiempo. No sé exactamente cómo ni cuando llegamos a su habitación, besándonos apasionadamente, mientras íbamos perdiendo la ropa por el camino.

Desnudos, piel con piel, nos estiramos en su enorme cama redonda. Después de besarnos apasionadamente en la boca, jugueteo con su lengua en mis pezones y luego bajo hasta mi sexo, donde se recreó en cada pliegue hasta que disfruté con un maravilloso orgasmo. Pero él siguió acariciándome, luego cogió mi mano para llevarla hasta su miembro, que acaricié suavemente hasta que me pidió permiso para entrar dentro de mí. Entro con cuidado, como si temiese que algo se rompiese y sus movimientos lentos y rítmicos consiguieron que de nuevo explotase en otro orgasmo, esta vez casi al mismo tiempo que él. Luego estuvimos un rato abrazados y cuando se hizo a un lado, me abrazó besándome la cara mientras me repetía lo mucho que me quería.

Hace seis meses Abel se apagó como una pequeña vela, mientras mis hijas, que no saben nada de mi relación con Quique se han volcado conmigo, haciéndome compañía, dejándome a los nietos, pidiéndome ayuda para cualquier nimiedad, pensando que no soportaría la soledad.

Ahora estoy soplando las setenta velas rojas de mi tarta de cumpleaños deseando que Quique y yo podamos compartir el resto de nuestra vida, esperando que sea larga y de calidad. También pido fuerzas para revelar a mi familia que he empezado a estudiar química y que no estoy sola porque he encontrado al hombre perfecto.

FIN

Lois Sans

19/06/2019

 

 

 

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