La caja de música – 13. Confidencias.

13.Confidencias

No me atrevo a mirar a Leo, que sigue sentado en el sillón, con la cara un poco desencajada, en silencio, mientras Víctor sigue haciendo sugerencias de todo tipo sobre lo que les puede haber pasado a Tomás y Alma.

Cansada de esta situación, le digo al vecino:

  • Disculpa, Víctor, pero es bastante tarde y todavía tenemos que cenar.
  • Claro, perdonad, mejor me retiro y mañana ya seguiremos hablando. Buenas noches, pareja – se despide, retirándose.
  • ¿Qué ocurre, Leo? – logro preguntarle, mirándole a los ojos, que parecen algo enrojecidos.
  • Nada, cariño, no te preocupes. Estoy muy cansado – responde mintiendo descaradamente.
  • No mientas más, sé que me escondes muchas cosas y que me has mentido sobre tu vida y tu trabajo. Por favor, Leo, confía en mí. Me siento muy mal cuando me doy cuenta de que me estas engañando – logro decirle con voz segura, supongo que es porque le veo vulnerable.

Me mira, diría que, con admiración, incluso un poco atemorizado, aunque no sé de qué, porque yo soy incapaz de matar una mosca, incluso soy negada para discutir, por eso mamá siempre conseguía todo lo que quería, porque me costaba mucho reñir con ella.

Ahora me siento mal por haberle hablado de manera tan brusca, sin embargo, estoy segura de que, si Jessy me hubiese escuchado me aplaudiría, felicitándome porque, de una vez, me he atrevido a enfrentarme a sus mentiras.

  • Tienes razón. No quería que pensases que soy un don nadie. Lo siento – dice fijando su mirada al infinito.
  • Pero que dices, nunca pensaría eso. Te admiro, solo por el hecho de haberte atrevido a dejar a tu familia, tus amigos y todo tu mundo, sin saber que encontraras en un lugar lejano donde tienen una cultura y costumbres diferentes a las tuyas – explico sentándome en el brazo del sillón mientras cojo su mano y la acaricio.
  • ¿Entonces también sabes que no soy ejecutivo? – tantea avergonzado.
  • Sí, sé que eres el jefe de mantenimiento de la sucursal donde trabajas, pero no me importa, todos los trabajos son necesarios. Para mi lo importante es ser honrado con uno mismo y con los demás, sobre todo con los familiares y amigos – sigo explicando.
  • Lo siento, estoy avergonzado – dice con una voz triste.
  • Mira, sabes que podemos hacer, mientras preparo la cena me cuentas toda la verdad, tanto en lo que se refiere a tu familia y tu país, pero también porque viniste y que haces en el trabajo – propongo esperando que me lo cuente todo de todo.
  • Me inventé que mis abuelos eran gallegos, en realidad eran los abuelos de mí mejor amigo Benjamín. Pero es cierto que tengo una hermana que se llama María, aunque no es maestra, trabaja en una fábrica y mi hermano Cesar no tiene un restaurante, trabaja como camarero. En cuanto a mí, nunca he estudiado Ciencias económicas, trabajaba en los muelles cargando barcos – explica aliviado.
  • Pero no tienes porque avergonzarte de tu familia, todos tienen trabajos honrados – le digo mientras preparo una sopa de verduras.
  • Tienes razón, pero yo tenía proyectos, aspiraba a vivir el sueño de todos los residentes en Villa 31, uno de los más pobres de Buenos Aires. Hice algunos trabajos de los que no me siento nada orgulloso, pero a cambio conseguí un pasaje en un barco de carga, cuyo destino final era Barcelona, fue una dura experiencia, pero conseguí mi objetivo. Empecé trabajando en el muelle, donde ya tenía práctica, luego me gané la confianza de mis superiores y un día me ofrecieron un trabajo para efectuar el mantenimiento de la empresa donde estoy ahora – explica mirándome.
  • Tendrías que estar orgulloso por haber sido tan valiente, dejando tu familia, tus amigos para embarcarte en un barco y llegar a un país tan lejano con costumbres tan diferentes – intento animarle.
  • Al principio no fue fácil, pero la vida en Buenos Aires era mucho peor, así que me puse las pilas y di todo lo bueno de mí – se sincera.
  • Supongo que no te habrás metido en más líos ¿no? – me atrevo a preguntarle.
  • ¿Qué quieres decir? ¿Por qué lo dices? – me pregunta.
  • Bueno, el día de la noche de niebla, antes del grito, te vi en la calle, luego subiste y parecías muy conmocionado. ¿Qué pasó? – sigo acosándole.
  • Prefiero no contarte nada, no quiero meterte en esto – explica.
  • Desde el momento en que vivimos juntos y después de todo lo que está pasando en el barrio, ya estoy metida en esto, así que te ruego que me expliques todo lo que pasa con Tomás, María y Alma. Y que tienen que ver contigo – suplico.
  • Vale, te lo contaré. Cuando alquilé esta casa, Tomás y María ya vivían aquí. Por lo visto, sus padres les obligaron a casarse cuando ella se quedó embarazada. Luego tuvo un aborto y perdió el niño y su relación se fue deteriorando – se dispuso a confesar – Cuando Tomás se marchó a otra ciudad durante quince días para hacer un curso de formación, que le permitiría ascender en el trabajo, María se quedó sola en casa. La observaba desde la ventana como se paseaba por la acera con la cabeza baja, sumida en una depresión. Nos encontramos un par de veces al ir a tirar la basura, me acerqué a ella porque me daba pena, nos fuimos conociendo, intimamos y, de repente, estábamos follando en mi cama. Lo hablamos y decidimos que no se lo diríamos a nadie, que no ocurriría nunca más y así fue, jamás volvimos a estar juntos. Sin embargo, un día llamó a mi puerta, llevaba un moratón en la cara y sangre en los brazos, cuando le pregunté, me explicó que hacia meses que no había tenido relaciones sexuales con Tomás, pero que se había quedado embarazada y aunque no pensaba decírselo, Tomás había encontrado el test de embarazo y se había puesto como una fiera, pegándola para que le revelase quién era el padre. Ella se inventó a un antiguo amigo del instituto al que hacía mucho tiempo que no veía, pero, parece ser que no le creía. A partir de ese momento, Tomás cambió mucho, le obligaba a posar desnuda, humillándola, haciéndole fotografías, las cuales no sabemos si las ha colgado en alguna página de internet.
  • ¿Qué pasó? ¿Abortó de nuevo? – pregunto con un nudo en la garganta.
  • Sí, a los tres meses tuvo un aborto. Estaba muy débil y su madre se trasladó una temporada a vivir aquí, con ellos. Tomás se las ingenió para no estar casi nunca en casa, así que su madre no se enteró de que Tomás la maltrataba tanto física como moralmente y ella nunca se lo confesó, porque no quería preocuparle y también porque se sentía avergonzada. Así pues, gracias a los mimos de su madre, se recuperó, volviendo a ser la chica alegre, simpática y con ganas de vivir.
  • Que historia más triste. La verdad es que en los seis meses que llevo viviendo aquí, solo les he visto un par de veces y era de noche, pero suponía que trabajaban y solo venían a dormir – deduzco.
  • Que va, María nunca trabajó. Tomás quería que se quedase en casa y solo la dejaba salir si iba acompañada de su madre o si iba con él. Así pues, cuando su madre volvió a su casa, pensando que la dejaba en buenas manos, ella no se atrevió a contar la verdad y Tomás se acostumbró a dejarla encerrada en casa – sigue confesando.
  • ¿Entonces, cuando todos creíamos que no había nadie en su casa, en realidad, ella estaba encerrada? ¿Y por qué no llamaba a su madre? – pregunto horrorizada.
  • No tenía teléfono en casa y le confiscó el móvil. Estaba encerrada e incomunicada. Yo era el único que lo sabía, pero me prohibió decírselo a nadie. Me pasaba mensajes por debajo de la puerta – indica
  • ¿Y qué hiciste? – pregunto horrorizada.
  • La noche de niebla, aprovechando que Tomás estaba en la ducha, cogió su móvil y me mandó un mensaje pidiéndome ayuda. Quedamos de madrugada, aprovecharíamos cuando estuviese dormido para coger sus llaves y así poder escapar, Yo la acompañaría a casa de sus padres y, por fin, iba a pedirles ayuda. Así pues, quedamos que, sobre las dos, yo estaría vigilando en la ventana, si todo iba bien, ella me haría una señal luminosa, luego bajaría a la puerta, abriría con las llaves de Tomás y en la calle la estaría esperando con el coche a punto para llevarla a su casa – explica con la mirada perdida, haciendo una pausa que me está poniendo nerviosa.
  • ¿Y qué pasó? ¿Consiguió escapar? – pregunto con los nervios a flor de piel.
  • Sí, la acompañé hasta la casa de sus padres, pero estaba horrorizada porque Tomás había llevado a una chica muy guapa a su casa, se la presentó como una amiga, Cuando María escapó, estaban en la cocina, no sabía que estaban preparando, hablaban en voz muy baja, pensando que ella estaba durmiendo. Cuando volví a casa, después de acompañarla, fue cuando se escuchó aquel terrible alarido y luego ya sabes que pasó. Aunque tengo la horrible duda de qué le pudo haber hecho a esa chica, incluso dudo de si sigue viva y esto me hace sentir culpable. – dice mostrándose muy afectado.
  • Bueno, tú no tienes la culpa de lo que haya podido hacer Tomás. Creo que ya has hecho suficiente ayudando a María, que, seguramente, lo ha pasado muy mal, encerrada en casa – intento consolarlo.
  • Tal vez debería de haberme enfrentado a él. Quizás hubiese podido ayudar a María antes – explica melancólico.
  • ¿Por qué no se lo cuentas a la policía? – pregunto esperando que no se tome mal mi atrevimiento.
  • No, no puedo. Me hizo jurar que no se lo contaría a nadie y menos a la policía – dice mostrándose un poco enojado.
  • ¿Y si Tomás le ha cortado el dedo a Alma y ahora la tiene secuestrada como hizo con María? – pregunto asustada.
  • Lo sé, yo también temo por la vida de Alma, pero tengo miedo de contárselo a la policía – sigue explicando.
  • Bueno, ya pensaremos qué podemos hacer, ahora come un poco y luego nos vamos a descansar, que nos hace mucha falta – propongo dejándole delante un plato de sopa.

Nos sentamos a comer, sumidos en un silencio sepulcral, mientras pienso de qué manera podría entrar en la casa del lado, necesito averiguar si Alma está allí encerrada. Mañana se lo contaré todo a Jessy y juntas tramaremos un plan. Me siento como si estuviese en un largo y estrecho callejón, del que nunca consigo llegar al final.

(Continuará)

Lois Sans

2/04/2019

3 comentarios sobre “La caja de música – 13. Confidencias.

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