La caja de música – 12. Veleros

  1. Veleros

Con el corazón acelerado, abro la puerta y las luces del Estudio mientras saludo, cortésmente, a la inspectora y a su acompañante diciendo:

  • Buenas tardes ¿Hay novedades?
  • Buenas tardes, Raquel. Perdone que la molestemos en horario laboral, pero queremos mostrarle una fotografía. ¿Podemos entrar?
  • Por supuesto, a ver esa fotografía – me atrevo a contestar con un poco de descaro.

Convencida de que me enseñaría alguna foto hecha con el móvil, me quedo atónita cuando abre una carpeta azul, saca una fotografía impresa en un papel y me la entrega. Si mi corazón latía desbocado al ver a los policías esperándome en la puerta, de repente, creo que se ha detenido, un escalofrío recorre mi cuerpo mientras noto como un sudor frío me inunda. Intento controlar el temblor de mis manos mientras observo la fotografía donde Alma me mira sonriente, al tiempo que escucho a la inspectora que me pregunta:

  • ¿La conoce, Raquel?
  • No, no la conozco – logro responder, aunque estoy convencida de que no me va a creer.
  • ¿Está segura? – insiste mirándome fijamente.
  • No la conozco ¿Quién es? – pregunto notando como me tiemblan las piernas.
  • Es Alma Rovira, de veinticinco años, modelo de peluquería y estudiante de Arte y Diseño. Hace tres días su hermana Sol denunció su desaparición. El dedo pulgar que había en la caja de música es suyo. La zapatilla y los pendientes que encontramos en la papelera también le pertenecen – explica dejándome cada vez más confusa.
  • ¿Y por qué motivo creen que la puedo conocer? – consigo preguntar.
  • Se lo estamos preguntando a todos los vecinos, aunque, cuando le he entregado la fotografía, he tenido la impresión de que usted la conocía – dice mirándome fijamente como si intentase averiguar que estoy pensando.

Con la foto en la mano, intento inventar de qué manera puedo salir de este atolladero sin que los policías noten nada. Me gustaría que Jessy estuviese aquí, porque estoy convencida de que ella sabría cómo conducir esta situación.

  • Estoy segura de que no la conozco – insisto, intentando parecer convincente en lo que digo.
  • De acuerdo, Raquel. Quédese la fotografía, si por casualidad cambia de idea, no dude en llamarme – explica la inspectora.
  • Desde luego, no se preocupe – confirmo, intentando no sentirme culpable.
  • Gracias por su atención, Raquel. Buenas tardes – se despide mirándome a los ojos tan fijamente que, sin poder evitarlo, noto como me ruborizo.
  • Buenas tardes, inspectora – balbuceo cerrando la puerta detrás de ellos.

Nerviosa, con un ligero temblor en las manos, logro mandarle un WhatsApp a Jessy resumiendo la situación. Entro en el lavabo y me mojo la cara y la nuca, esperando que se me pase el leve mareo que siento. No sé cuánto tiempo pasa hasta que me contesta que ya está en camino, por lo que siento un gran alivio.

La espero sentada, con la fotografía en las manos, observando detenidamente a Alma, como siempre, está sonriendo, posando como una modelo, lleva unos pantalones cortos, de color blanco y una camiseta rosa, las zapatillas que encontraron en la papelera y en el cuello un colgante rosado, tal vez un cuarzo. Me sobresalto al escuchar el teléfono fijo, es un cliente pidiendo cita para renovarse el carné de conducir. Quedamos para mañana a las once, en este momento no creo que utilizar la cámara, por lo que espero que no surja nada urgente.

Suena el timbre de la puerta, me asomo y veo a Jessy que entra corriendo, nos abrazamos y logro soltar un suspiro tan intenso que parece un lamento. Luego le muestro la foto de Alma y nos quedamos las dos mirándola detenidamente, la cara alargada, los ojos verdes, el pelo rubio, muy largo y liso, tiene una peca en la parte superior izquierda del labio, que le da un toque erótico, diría yo. Pasados unos minutos, ella reacciona y me propone:

  • Tenemos que actuar rápido, antes de entregar el pen a la policía.
  • ¿Crees que no hay más remedio que dárselo a la policía? – pregunto temblando.
  • Ese pen es una prueba, ahora más que nunca. Puedes descargar las fotos y luego entregárselo, diciéndoles que lo encontraste en la calle, en frente de casa – sugiere ella.
  • Pero ¿no le pregunto nada a Leo? – sigo preguntando, cada vez más nerviosa.
  • Ahora mismo, en ese pen están tus huellas, las mías, las de Leo y a saber de quién más. Tú tienes excusa, porque eres la que lo ha encontrado, yo puedo decir que te obligue a entregarlo como prueba y Leo tendrá que inventar su propia justificación. No lo podemos limpiar porque seguro que lleva las huellas del sospechoso o sospechosos. Puede que también hallen huellas de María. En fin, la policía debe seguir con la investigación, porque aquí está Alma. Trae el pen, lo descargaremos en el portátil, déjame buscar un lugar seguro donde tu tío no pueda sospechar – explica, dejándome alucinada al verla tan convencida con lo que dice y hacer, mientras yo no sé ni cómo reaccionar.

Le entrego el pen y ella se encarga de descargarlo, guardando las fotos en un dossier con fecha del año pasado, donde hay reportajes de varias comuniones, pone el título: “Veleros”

  • ¿Veleros? – pregunto extrañada.
  • Es lo primero que se me ha ocurrido. Espero que a nadie se le ocurra mirar aquí – indica sonriendo.
  • ¿Y ahora qué? – sigo preguntando.
  • Ahora, empezaremos a investigar – revela, abriendo el navegador.

Empieza escribiendo en el buscador: “Conciencia divina”, encontramos varias páginas web y algunos blogs que contienen estas palabras. Leemos cada línea buscando algo que nos llame la atención. Unas líneas más abajo hay un blog donde alguien ha escrito sobre una secta, Jessy abre el enlace en una pestaña nueva y nos encontramos un escrito de alguien que ha tenido una experiencia no demasiado agradable sobre una secta con el nombre de “Conciencia Divina”. Especifica que, para formar parte de este grupo, es imprescindible cortarse un dedo. Aquellas personas que deciden cortarse un dedo del pie serán los denominados “peones”, los cuales realizarán trabajos de todo tipo para la comunidad. Las personas que deciden eliminar algún dedo de la mano formaran parte de la directiva y dependiendo de que dedo se trate, el rango es más alto. Parece ser que al cabecilla le faltan los dos pulgares, aunque aquí no dice su nombre.

Alucinadas por toda la información que acabamos de leer, nos quedamos en silencio, asimilando cada explicación, hasta que suena el timbre de la puerta, es un señor, alto moreno, que debe tener la edad de mi padre, me imagino que será un posible cliente y le saludo:

  • Buenas tardes. ¿En qué puedo ayudarle?
  • Buenas tardes. Busco a Cosme Pérez – dice acercándose hasta el mostrador.
  • No se encuentra aquí, pero quiere explicarme lo que necesita, tal vez le puedo ayudar – respondo intentando ser amable.
  • No, es un tema personal. ¿Cuándo puedo encontrarle? – pregunta con un tono de misterio.
  • Mañana estará aquí, sin embargo, si quiere decirme su nombre, le comunicaré que ha venido – insisto sintiendo curiosidad.
  • No hace falta, volveré mañana. Buenas tardes – explica dándose media vuelta y saliendo por la puerta tal y como ha entrado, dejándonos con ganas de saber algo más.
  • Vaya, este tipo es un poco siniestro ¿no te parece? – comenta Jessy asombrada.
  • Así pues, Alma va para cabecilla de la secta ¿no? – sigo cavilando sobre lo que estábamos investigando.
  • Parece que sí. Quien sabe donde estará. Tal vez la tengan encerrada en algún sótano húmedo y oscuro – expone ella mientras siento un escalofrío.
  • Quizás está en una secta por voluntad propia, sin un dedo, pero feliz de formar parte de la cúpula de una comunidad que vela por su paz interior – aventuro, aunque no estoy demasiado convencida de lo que digo.
  • ¡Por Dios! Raquel! Nadie se mete en una secta por voluntad propia, a no ser que sea el fundador – explica Jessy mirando atentamente una página web que habla de la Conciencia.

De nuevo suena el timbre de la puerta, entra Leo, miro el reloj, se ha hecho tarde, quiero decirle a Jessy que salga del navegador, pero me quedo bloqueada y no me sale ni una palabra. Cuando Leo llega al mostrador, reacciono dando la vuelta para llegar a su lado y besarle en la boca, mientras Jessy se queda mirándonos. Entonces les presento, esperando que ella reaccione y cierre la tapa del portátil:

  • Hola cariño, mira te presento a Jessy, la novia de papá. Jessy este es Leo.

Como si Jessy me hubiese leído el pensamiento, baja la pantalla del portátil y viene hacia nosotros, se saludan con dos besos en las mejillas. A continuación, ella le pregunta:

  • ¿Sales ahora de trabajar, Leo?
  • Sí, termino mi jornada a las seis – explica él.
  • ¿Y dónde trabajas? – sigue preguntando ella.
  • En una empresa que se llama Snaper. ¿La conoces? – dice Leo.
  • Me suena de algo, aunque ahora no recuerdo a qué se dedica esta empresa – insiste sutilmente.
  • Es una multinacional que tiene oficinas en varios países, mayoritariamente en Europa y Sudamérica – explica él.
  • Parece interesante, pero ¿con qué comercian? – sigue preguntando Jessy.
  • Se dedican a comprar empresas pequeñas con problemas económicos, las descuartizan y las vendes por partes a otros sectores – expone él.
  • ¿Y tú qué haces exactamente? – sondea ella, metiendo sutilmente el dedo en la llaga.
  • Soy directivo – responde sin dar más explicaciones.
  • ¿Pero qué departamento diriges? – sigue preguntando.
  • ¡Vaya! ¿Acaso esto es un interrogatorio? – contesta con una pregunta, sorprendido del cuestionario al que le ha sometido sutilmente.
  • Es curiosidad, tengo que velar por la felicidad de la hija de mi pareja – dice ella sonriendo.
  • Claro, comprendo. Bueno y tú ¿a qué te dedicas? – pregunta Leo, como si quisiera devolverle el interrogatorio.
  • Soy encargada de una conocida cadena de tiendas de ropa – responde mostrando unos dientes blancos y perfectos.
  • Está bien. ¿Y qué horario haces? – sigue preguntando él.
  • Hago turnos, una semana por la mañana y otra por la tarde, pero ahora estoy de vacaciones – contesta Jessy.

En el momento que parece que Leo va a continuar con su interrogatorio, entra Cosme, cargado con sus cámaras y trípodes.

  • ¿Cómo te ha ido? Pareces cansado – le pregunto cogiéndole parte del material para guardarlo en la habitación que tenemos para ello.
  • Bien, el lugar es precioso, así que, si tenemos la suerte de que haga buen tiempo, tanto las fotos como el video van a quedar geniales – explica él, sentándose en una de las sillas que tenemos para los clientes.
  • ¡Perfecto! Leo, este sábado tenemos una boda a las seis de la tarde – explico
  • De acuerdo, si quieres te puedo acompañar hasta aquí a la hora que me digas – propone él.
  • No hace falta – interrumpe Cosme – pasaré por vuestra casa, viene de camino.
  • Muy bien, estaré a punto a la hora que me digas – contesto.
  • ¿Qué tal te ha ido a ti por aquí? – me pregunta.
  • Bien, no ha habido demasiado movimiento. Bueno, ha venido un hombre, más o menos de tu edad, preguntando por ti. No me ha querido decir quién era ni qué quería. Ha dicho que ya volvería otro día – explico.
  • Vaya – dice mostrando el semblante preocupado. Supongo que ha llegado el momento de que desconfíe de todo el mundo, porque me parece que lo que le he contado le ha preocupado. Tengo la impresión de que todos tenemos una parte oculta, la que solamente nosotros mismos conocemos y que a veces no nos atrevemos ni a pensar.

Observo como Jessy vacía el historial del navegador y yo cierro el portátil. Nos abrazamos y me dice al oído:

  • Mañana, cuando pueda excusarme con tu padre, volveré para seguir investigando ¿te parece bien?
  • Si – susurro besándola en la mejilla.

Mientras vamos hacia el aparcamiento, Leo comenta:

  • Parece que has congeniado mucho con la novia de tu padre y eso que no querías ni oír hablar de ella.
  • Tengo que rectificar, porque, a parte de ser guapa, es inteligente, simpática y muy buena persona – contesto satisfecha.
  • Pero aún no la conoces lo suficiente, todavía puedes cambiar de opinión – dice
  • Bueno, en realidad, de entrada, la he juzgado mal, incluso he pensado que no me apetecía ni siquiera conocerla, sin embargo, a medida que hemos hablado, nos hemos conocido más a fondo y he cambiado de opinión, por lo que ahora estoy encantada – explico
  • Puede que cambies de ocasión de nuevo. Nunca sabemos si conocemos bien a las personas – dice él.
  • En eso estamos de acuerdo – afirmo, pensando hasta qué punto le conozco.

Llegamos a casa de noche y Víctor está esperándonos en la calle, así que en cuando he abierto las puertas para que Leo aparque en el garaje, me giro y lo encuentro a mi lado, dándome un susto de muerte. Me empuja sutilmente hacia dentro de casa, mientras me dice flojito:

  • Tengo que contaros algo que ha sucedido hoy.
  • ¿Qué ha pasado, Víctor? – pregunto asustándome.

Una vez hemos cerrado las puertas y estamos en el salón, se desahoga:

  • Este mediodía ha venido la inspectora y me ha enseñado una fotografía de una chica muy guapa, por lo visto la dueña del dedo pulgar que encontraron en la caja de música.
  • A mí también me la han enseñado, han venido al Estudio – explico mirando a Leo de reojo.
  • También han venido a verme a mi oficina, pero ¿acaso han encontrado a la chica? – pregunta Leo.
  • No, no se trata de eso. Es que a esta chica la vi un día en casa de Tomás y María – declara Víctor poniendo cada vez más misterio al asunto.
  • ¿Se lo habrás contado a la policía? – pregunto asombrada.
  • Claro y entonces, no sé por qué, la inspectora me ha confesado que María vive con sus padres y Tomás ha desaparecido. Hay dos posibilidades, la primera es que se han fugado juntos Tomás y Alma. La segunda es que Tomás es el fundador de la secta y, quizás, Alma su ayudante – explica en voz más baja de lo normal como si quisiera ponerle intriga a la historia.

Mientras intento asimilar todo lo que nos está contando el vecino, observo como Leo se sienta en el sillón, con el rostro pálido y la expresión de pánico.

(Continuará)

Lois Sans

26/03/2019

 

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