La caja de música – 9. El mensaje del arco iris

  1. El mensaje del arco iris

Un agradable aroma a café inunda la cocina, mientras lo removemos en silencio, cada uno metido en sus propios pensamientos hasta que suena el timbre, de nuevo, sobresaltándonos y sacándonos del letargo en el que habíamos caído.

Nos levantamos a la vez, como si tuviésemos un muelle en la silla y vamos los dos a abrir la puerta, es Víctor, que entra eufórico, diciendo:

  • ¡Buenos días! Vaya noche de tormenta, chicos. ¿Sabéis que esta madrugada se han apagado las luces de todo el barrio?
  • Buenos días Víctor – responde Leo.
  • He visto salir a la inspectora de vuestra casa ¿Qué quería? ¿Hay novedades? – indaga el jubilado.
  • Esta noche hemos visto a alguien merodeando en el jardín y se lo hemos contado a la inspectora. Lo siento, Víctor, pero tenemos que marcharnos enseguida si no quiero llegar tarde al trabajo – explica Leo intentando echarle de casa.
  • Claro, por supuesto. Volveré por la noche y os explico la movida de hoy y vosotros me contáis exactamente qué habéis visto – propone el hombre dándose media vuelta y saliendo de casa.

De camino al hospital, me centro en organizar un poco el día. Primero la visita a mamá, intentaré hablar con algún médico para que me explique la situación. Luego iré al estudio hasta al mediodía, que vendrá David a buscarme para ir a comer juntos. Por la tarde, cuando Cosme y Lidia estén en el hospital, aprovecharé para poner el pen en el portátil y, por fin, averiguaré qué contiene. Observo que Leo está muy callado, tal vez también está organizando su agenda. Pagaría por leer sus pensamientos.

Llegamos al hospital y me pregunta:

  • ¿Llevas el móvil?
  • Si, hoy no se me ha olvidado nada – respondo besándole en los labios.
  • De acuerdo, ya me irás contando – dice acariciándome en la mejilla.
  • Claro, como siempre. Y tú también – le contesto guiñándole un ojo.

En la habitación hay dos personas, con batas blancas, me presento diciendo:

  • Buenos días, soy Raquel, su hija.
  • Buenos días, soy el doctor Alberto Suárez, neurólogo – dice un hombre de unos cuarenta años, tendiéndome su mano.
  • Buenos días, soy la doctora Marina Gutiérrez, medicina interna – saluda una señora muy alta, bastante más joven que él y con la piel muy morena.
  • ¿Cómo está mi madre? ¿Se despertará? – me atrevo a preguntar.
  • Voy a ser sincero – contesta el neurólogo – No tenemos buenas noticias, creemos que difícilmente se va a despertar. Ayer le hicimos una resonancia magnética y hemos detectado un tumor cerebral. ¿Habían notado cambios en su comportamiento, últimamente?
  • Si, unas veces estaba depresiva, otras irritada, incluso, a veces, estaba colérica. Tenía cambios de humor constantes – contesto observándoles.
  • ¿Sabe si hay antecedentes de tumores cerebrales, en la familia? – sigue investigando el doctor.
  • No sé si es lo mismo, pero mi abuela tuvo un derrame cerebral. Estuvo enferma unos años y después murió – explico notando que me estoy poniendo nerviosa.
  • Suelen ser enfermedades hereditarias, pero no se asuste, Raquel, tal vez, a usted y a sus descendientes no les suceda nunca – expone, intentando arreglarlo cuando ve la cara de susto que, seguramente, he puesto.
  • ¿Y no se puede hacer nada por ella? – pregunto con lágrimas en los ojos.
  • Solo se puede esperar. Con permiso de los familiares, podemos llegar a desconectarla de las máquinas para que la naturaleza siga su curso, aunque podría seguir así varios meses – manifiesta él.
  • Hablaré con mi hermano y determinaremos que es lo mejor para ella y para nosotros – decido angustiada.

Cuando me quedo sola con ella, me siento en el borde de la cama y le beso en la mejilla. Luego le cojo la mano y se la acaricio. Ahora entiendo su comportamiento, un tumor la hacía parecer una persona diabólica, pobrecita.

Suena el móvil, es Cosme, contesto rápidamente:

  • Buenos días. Estoy en el hospital.
  • Hola Raquel, ya me lo imaginaba. Voy a salir, tengo que ir al Banco, así que pondré un cartel. No te preocupes, ven cuando puedas – explica
  • De acuerdo. Iré dentro de un rato. Hasta luego – contesto, acariciando el bolsillo donde tengo guardado el pen.
  • Hasta luego – se despide.

Después de estar un buen rato sentada a su lado, decido marcharme, tengo prisa por llegar al estudio. Salgo del hospital a toda prisa, pero, al girar la esquina, choco con alguien. La miro avergonzada, intentando disculparme y descubro que es Cristina, una de mis mejores amigas. Hacía meses que no nos veíamos, concretamente desde su fiesta de cumpleaños, cuando conocí a Leo. Sorprendidas y felices nos abrazamos y ella me propone:

  • ¿Qué te parece si vamos a tomar un café y nos ponemos al día?
  • Vale, pero no puedo estar mucho rato, el tío Cosme me está esperando y he quedado para comer con David – me excuso.
  • Vamos, no seas remolona, tenemos mucho que contarnos. Podríamos ir al bar de la esquina y nos sentamos en la terraza – sugiere señalando un bar cercano con mesas y sillas en una plaza.
  • Vale, vamos – apruebo, complacida.

Nos sentamos en una mesa de madera blanca, al lado de un arce. A través de sus ramas se cuela un débil rayo de sol que pretende iluminarnos. Pedimos dos cafés y luego, sin más miramientos, me pregunta:

  • ¿Estás trabajando como fotógrafa, con tu tío? ¿Vives con Leo? ¿Qué es de tu vida?
  • ¡Vaya! Esto parece un interrogatorio – digo riendo.
  • Bueno, la última vez que estuvimos juntas habías dejado el bachillerato para trabajar con Cosme, estabas agobiada porque tu madre estaba insoportable y, ese día, que era mi cumpleaños, te ligaste a Leo – resume con una sonrisa.
  • Empezaré por contarte que mamá está ingresada en el hospital, ahora vengo de visitarla. Intentó suicidarse tomando un paquete de tranquilizantes y aunque la han salvado, está en coma y las predicciones son muy negativas. Parece ser que tiene un tumor en el cerebro, que es la causa de que actuase de esa forma. En el caso de que se llegase a despertar, los médicos no saben que repercusiones tendría en el cerebro. En fin, pinta mal – explico asumiendo la triste realidad.
  • Vaya, lo siento mucho. Ya sabes que puedes contar conmigo para cualquier cosa que necesites – dice agarrándome suavemente de las manos.
  • Lo sé, eres una de mis mejores amigas. En cuanto al trabajo, sigo con mi tío, he aprendido mucho de él y me esfuerzo por seguir aprendiendo. Espero que algún día pueda llegar a ser tan buena como él. Incluso he pensado hacer un curso de fotografía para tener un título – sigo informando.
  • Que bien, me alegro mucho. Si me dejas aconsejarte, creo que primero deberías acabar el bachillerato y después hacer ese curso – propone ella.
  • Bueno, ya veré, Por ahora tengo que esperar a ver qué pasa con mamá. David y yo deberemos ponernos de acuerdo y tomar decisiones al respecto – explico.
  • Y ahora cuéntame esa historia de amor con Leo – me anima.
  • Como sabes congeniamos muy bien en tu fiesta. Tuvimos varias citas y un día que me invitó a cenar a su casa. Cuando se lo conté a mamá, se puso histérica gritándome todo tipo de insultos y diciéndome que si iba con él me echaría de casa. Leo se portó muy bien conmigo, fue muy comprensivo y cariñoso, me propuso que me quedase en su casa el tiempo que considerase necesario. Después de cenar, hablamos, bailamos y nos amamos, luego nos dormimos abrazados. Por la mañana, cuando me preguntó, de nuevo, si quería quedarme a vivir en su casa y, aunque me parecía muy precipitado, me pregunté por qué no intentarlo. Si no salía bien, siempre podía intentar volver a casa, con mi madre o quedarme, temporalmente con mis tíos, así que le contesté que sí. Me esperó en la calle, mientras llenaba dos maletas con las cosas más necesarias, mientras mamá gritaba y me insultaba. Desde entonces, vivimos juntos y no me arrepiento de haber dado ese paso – explico.
  • A ver, sé que Leo no es mala persona, pero ¿crees que lo conoces bien? – me pregunta con el semblante preocupado.
  • Nos hemos contado todo sobre nuestras vidas. Me explicó que nació en Buenos Aires, aunque sus abuelos eran gallegos. También me ha contado que tiene un hermano y una hermana. Sé que es algo mayor que yo, puesto que pronto va a cumplir treinta años. También sé que trabaja como ejecutivo en una multinacional – resumo.
  • Ya veo. Por lo que me ha contado mi hermano, no es exactamente así – me confiesa.
  • ¿Qué quieres decir? – pregunto un poco escéptica.
  • Según me ha explicado Pablo, vino de Argentina escondido como polizón en un barco. Aunque él suele decir a todo el mundo que sus abuelos eran españoles, parece ser que no es verdad, lo dice para llamar la atención. Trabaja en una gran empresa, en el departamento de mantenimiento, o sea, es el encargado de reparar las pequeñas averías y si es muy complicado se encarga de avisar a un profesional que lo solucione. Tiene un ayudante, un chico de dieciséis años que le ayuda en algunas tareas. En fin, no sé si te ha mentido o no te ha contado toda la verdad – explica cogiéndome una mano entre las suyas, demostrándome su apoyo.

Me quedo paralizada al escuchar toda la información que me acaba de transmitir y la miro con un nudo en la garganta, incapaz de articular ni una palabra, luchando para detener alguna lágrima que pugna por salir. Cuando se da cuenta de que estoy herida profundamente, me dice:

  • Tal vez no ha querido contarte toda la verdad porque no quiere decepcionarte por la imagen que tienes de él. Ya sabes, intenta protegerte.

En mi cabeza aparecen recuerdos que tienen a ver con esta verdad que acabo de conocer, ahora entiendo muchas cosas, algunas de sus conductas un poco extrañas. Aunque temía que tenía algo que esconder, en el fondo, no sé si quería conocer la verdad.

En un intento de hacerme la valiente, le pregunto:

  • Bueno, dejemos de hablar de mí. Cuéntame cómo te va – le pido intentando esbozar una sonrisa, que tal vez parecerá una mueca.
  • Bueno, estoy muy contenta, me han aceptado en la Universidad y he empezado un grado de educación infantil.
  • Me alegro mucho, siempre habías querido ser maestra, recuerdo que de pequeña ya lo decías – contesto sonriendo.
  • Si, yo quería ser maestra y tu azafata – dice riendo – aunque todavía estás a tiempo – añade.
  • Si, estoy a tiempo, pero me gusta mucho la fotografía y mi tío ha puesto sus esperanzas en mí, enseñándome con mucho cariño y paciencia – respondo justo en el momento que suena mi móvil.
  • Es David, lo siento, pero debo contestar, tal vez es importante – digo mirando el aparato.
  • Hola David. ¿Ocurre algo? – respondo.
  • ¿Has ido a ver a mamá? – pregunta él.
  • Sí, ahora mismo acabo de salir del hospital. He hablado con los médicos – explico un poco nerviosa.
  • De acuerdo, es que yo no podré ir hasta más tarde, tal vez después de comer – se justifica.
  • No te preocupes, ya he ido yo. ¿A qué hora vendrás a buscarme? – pregunto impaciente.
  • Sobre la una, si te parece bien – contesta él.
  • De acuerdo. Hasta luego. Un beso – me despido.
  • Creo que debo irme, mi tío ha cerrado el estudio porque tenía que hacer unos recados y le he prometido que iría pronto. Si quieres podemos quedar otro día y acabamos de contarnos todo – le propongo pensando que me gustaría explicarle lo de la caja de música.
  • ¡Por supuesto! Podemos quedar para ir a comer y así me cuentas todo lo que nos ha quedado pendiente y que ahora mismo tengo muchas ganas de saber – replica abrazándome mientras me besa en las mejillas.

Mientras camino deprisa en dirección al estudio, no puedo dejar de pensar en todo lo que me ha contado Cris. Sospechaba que me escondía algo, sin embargo, ahora que sé que me ha mentido, incluso, en lo del trabajo, me siento engañada y no sé hasta que punto puedo confiar en él. Aunque, por otra parte, pienso que se ha portado muy bien conmigo, acogiéndome en su casa. Ni siquiera me ha pedido que le pague una parte del alquiler. Solo me deja colaborar cuando vamos al supermercado.

Acaricio suavemente el bolsillo del pantalón para asegurarme de que tengo el pen, el cual espero que me desvele algo más, sea sobre Leo o sobre la caja de música. Aunque espero que no tenga nada que ver con él.

Por fin llego al estudio, entro disparada y me abalanzo sobre el portátil de Cosme, encima del mostrador. Con el corazón latiendo acelerado, introduzco el pen, mientras un sudor frío se apodera de mí, cuando distingo, tres carpetas tituladas:

  1. María
  2. Raquel
  3. Alma

Con la mano temblorosa atino a colocar el ratón encima de la carpeta 2, que lleva mi nombre. Asombrada y con la boca abierta observo como la pantalla se llena con fotografías mías. Hechas desde diferentes lugares y con distintas perspectivas, pero todas están hechas en la urbanización. Miro detenidamente cada una de ellas, intentando recordar cuando me las pudieron hacer. Deduzco que no ha sido Leo, ya que no hay ninguna hecha desde su casa, incluso en alguna estamos los dos, dentro del coche, hablando en el jardín, paseando. Reconozco que tampoco me imagino a Víctor haciéndome un reportaje fotográfico diariamente.

Con los nervios a flor de piel decido abrir la carpeta número 1, la que lleva el nombre de María. Ahora la pantalla se llena de fotografías de una mujer joven, aunque algo mayor que yo. Es morena, con el pelo largo, negro, los ojos alargados, de color gris, tan bellos como tristes. Muchas de las fotos están hechas en el interior de una casa, parecida a la de Leo. Me avergüenzo cuando veo que en alguna posa desnuda, duchándose, secándose con una toalla, estirada en la cama o con las piernas entreabiertas, sin embargo, nunca sonríe. Aunque solo la he visto dos o tres veces, estoy casi segura de que es la vecina.

Alterada y excitada abro la tercera carpeta, la de Alma. De nuevo, la pantalla se abarrota de fotografías de una joven, muy guapa, pelirroja, con el pelo rizado y los ojos verdes, muy sonriente. Observo detenidamente cada foto, intentando reconocer alguna calle hasta que, de repente, me quedo helada mirando fijamente una en la que solo se le ve la cara, con ayuda del zoom, observo que lleva los pendientes que me enseño la inspectora. Aturdida, sigo mirando detenidamente las fotografías, una por una, buscando algo más, aunque no sé exactamente qué. Cuando escucho el timbre de la entrada encuentro lo que buscaba, una foto donde Alma lleva las zapatillas que encontraron en la papelera.  Noto que me falta el aire, mientras intento reaccionar, vamos Raquel, piensa rápido. Levanto la cabeza y suspiro aliviada al ver entrar a mi hermano, muy sonriente y me siento rescatada no sé de qué, tal vez de mí misma.

  • Hola ¿Qué ocurre? Parece que has visto un fantasma – me saluda sin dejar de sonreír.
  • Ven, mira esto – atino a contestar.

Se acerca y me besa en la mejilla mientras dice:

  • ¿Qué ocurre, pequeña?
  • No me llames pequeña, no lo soy y sabes que me saca de quicio – rebato más bien alterada.
  • No te enfades, hermanita, al fin y al cabo, eres más pequeña que yo – sigue pinchándome.
  • Pero no mucho, solo nos llevamos dos años – replico, entrando en su juego.
  • Dos y medio, casi tres, diría yo – me corrige.
  • Valeeeee, de acuerdo, pero hazme caso, por favor. Es importante – suplico.
  • ¿Qué ocurre? – pregunta mirándome preocupado.
  • Ahora que conoces a Leo un poco mejor ¿qué opinas de él? – pregunto, escondiendo las fotos.
  • Me cae genial, es alegre, divertido, se nota que conoce mundo, pero no va de sobrado. La verdad es que el argentino me sorprendió mucho, para bien. Y aunque es mayor que tú, hacéis muy buena pareja – contesta sonriendo.
  • Verás, la otra noche, la de la niebla, cuando la policía encontró la caja de música con un dedo dentro, yo encontré un pendrive en el suelo de la cocina. No sabía si pertenecía a Víctor o a Leo y decidí guardármelo por si contenía alguna cosa interesante. Hace unos minutos lo he abierto y mira lo que he encontrado en su interior – explico enseñándole las tres carpetas numeradas.
  • ¡Vaya! Está tu nombre ¿Qué hay archivada en estas carpetas? – pregunta.
  • Fotos mías, de la vecina y de otra chica que no conozco – expongo abriendo la carpeta que lleva mi nombre.

Me arrebata la rata y contempla detenidamente todas las fotos, tanto las mías como las de las otras muchachas, sin embargo, observo que examina con más interés las de Alma, lo que me lleva a preguntarle:

  • ¿La conoces?
  • No lo sé, me da la impresión de que la he visto en alguna parte. Es muy guapa, tiene una cara que no pasa desapercibida – responde.
  • ¿Qué opinas? – sigo preguntando.
  • No parece que las fotos las haya hecho Leo. Las de María están hechas en el interior de una casa, la suya, supongo. ¿La conoces? – dice David.
  • Creo que es la vecina del lado, aunque solamente la he visto un par de veces – explico.
  • Las tuyas están hechas en la calle o en el jardín y parece que están tiradas desde arriba, desde una ventana, tal vez. ¿Es en casa de Leo? – expone.
  • Si, Leo vive en una pequeña casa adosada, con jardín, en una urbanización cercana. Las fotos parecen estar hechas desde la ventana de la casa del lado, donde vive María – explico.
  • ¿Conoces a Alma? – sigue investigando.
  • No, no la he visto nunca. En nuestra calle seguro que no vive, porque más o menos conozco a los vecinos, aunque puede vivir en otra parte, porque la urbanización es bastante grande. Lo que me preocupa es que lleva unos pendientes y unas zapatillas que la policía encontró en una papelera, cerca de casa – me desahogo, esperando ver su reacción.
  • Esto se pone interesante. Y peligroso. Creo que no deberías volver allí. ¿Por qué no te quedas conmigo, en nuestra casa? – propone asustado.
  • Ahora no puedo dejar a Leo, si quiero averiguar qué ocurre, he de seguir con él, en su casa. Él no sabe que tengo el pen y la policía tampoco – contesto guardándome, por ahora, la información que me ha facilitado Cris.
  • Pues, opino que deberías dárselo a la policía, puede ser una prueba – certifica.
  • Sé que tienes razón, pero me gustaría esperar un poco. Tal vez tendría que hablar con Leo antes ¿no crees? – indico dudando si seré capaz de hablar con él de este tema.
  • ¿Qué te parece si seguimos hablando de todo esto mientras comemos? Me estoy muriendo de hambre – plantea él.
  • Claro – respondo mientras le ordeno al portátil que expulse el pendrive para guardármelo, de nuevo, en el bolsillo.

Apago las luces y cierro la puerta con llave. La calle huele a lluvia recién caída, David me coge de la mano, obligándome a correr por la calle, como cuando éramos pequeños, mientras una fina lluvia va calando suavemente nuestros cuerpos. Aunque llueve, en el cielo asoman unos débiles rayos de sol, luchando por salir de detrás de las nubes y en el horizonte surge un brillante arco iris, que me hace recordar que la abuela nos decía que el arco iris siempre lleva un mensaje:

“Después de la lluvia, el arco iris

después de la tempestad, la calma

después de un final, un nuevo comienzo”

 

(continuará)

Lois Sans

5/02/2019

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.