La caja de música – 8.Noche de tormenta

  1. Noche de tormenta

Cenamos en medio de un clima relajado, como si fuésemos amigos desde siempre, haciendo bromas, explicando chistes y anécdotas divertidas, pero yo no consigo concentrarme con las conversaciones que van surgiendo, me distraigo dando vueltas a varios cabos que no consigo atar, se me presentan varias preguntas de las cuales no tengo respuesta:

  1. ¿Qué tipo de individuo es capaz de cortarle un dedo a una chica y guardarlo en una caja de música?
  2. ¿Por qué ha ocurrido en nuestra calle? Podría haber sido en cualquier otra calle del barrio.
  3. ¿Qué tienen en común la caja de música, la zapatilla de deporte y el pendiente?
  4. ¿Qué hacía Leo en la calle justo antes de escucharse el grito?
  5. ¿Quién es María y qué tiene que ver con Leo?
  6. ¿Qué esconde Leo?
  7. ¿Por qué Leo no me cuenta la verdad?
  8. ¿Cómo es que nunca me encuentro con Tomás y María y en cambio siempre aparece Víctor?
  9. ¿Víctor es un jubilado y nada más?
  10. Y la más importante: ¿Qué esconde el pendrive?

Distraída con todas estas cuestiones rondando en mi mente, Leo me da un codazo mientras me dice al oído:

  • ¿Qué te pasa? ¿No quieres nada de postres?
  • ¿Eh? Si, claro, tarta de chocolate, por favor – contesto sin pensar demasiado.
  • ¿Te encuentras bien, princesa? – me susurra preocupado.
  • Si, bueno, un poco cansada – contesto intentando disimular mis preocupaciones, puesto que él forma parte de ellas.

Intento aparcar esos pensamientos que me absorben y me meto en la conversación explicando, junto con Cosme algunas anécdotas divertidas en sesiones fotográficas con niños, bebes y mascotas.

Una vez hemos pagado, salimos a la calle, donde una leve llovizna nos obliga a despedirnos rápidamente. Cosme se me acerca y me propone:

  • Si quieres mañana quédate con tu madre, yo ya me las arreglaré.
  • Si te parece bien, Leo puede dejarme en el hospital por la mañana y luego vengo al estudio y nos organizamos. No quiero estar todo el día encerrada en una habitación de hospital, además tú y la tía habéis quedado con la psiquiatra – contesto decidida.
  • Es cierto, hemos quedado con la doctora, pero Lidia por la mañana no podrá ausentarse de la oficina, así que habíamos pensado ir juntos por la tarde, si tu te quedas en el estudio – dice él.
  • Claro, por supuesto. Buena idea – me apresuro a confirmar, pensando que, por fin, tendré la oportunidad de abrir el pen.

Leo se ofrece a acompañar a David hasta su casa y hacemos una carrera hasta el aparcamiento, ya que, cada vez llueve más fuerte. Cuando entramos en el coche mi hermano me pregunta:

  • ¿Qué te parece si mañana comemos juntos? Tú y yo solos. Me gustaría hablar contigo.
  • ¡Sí! Tú y yo solos, me apetece mucho – respondo entusiasmada.
  • Pasaré a buscarte al Estudio sobre la una y media – me propone.
  • De acuerdo. Estaré a punto – manifiesto feliz.
  • ¿Dónde te dejamos? – pregunta Leo a David, cuando subimos al coche.
  • Raquel, si no te importa me quedaré en casa, en el piso compartido no hay intimidad. Estoy buscando un piso para mí solo – me comenta mi hermano.
  • Pues no hace falta que busques más, quédate en casa. Al fin y al cabo, también es tu casa, además, por ahora, estarás solo – contesto sonriendo.
  • En realidad, el piso lo compraron papá y mamá juntos, no sé si todavía es de los dos, aunque me imagino que ella no va a poder ir en mucho tiempo y él, bueno, tendremos que explicarle la situación – expone pensativo.

Cuando llegamos delante de casa, salgo del coche para abrazar a David y nos despedimos hasta mañana. De camino a casa de Leo, sigo dando vueltas a todos esos dilemas que tengo en la cabeza hasta que Leo me pregunta:

  • Cariño, ¿estás bien?
  • Un poco cansada, no puedo parar de pensar en todo lo que ha pasado hoy – explico sin mentir.

Llegamos delante de la puerta, como siempre, bajo para abrir la puerta del jardín y luego la del garaje. No tengo ningún paraguas y ahora la lluvia cae con fuerza. Mientras cierro la puerta del jardín se acerca Víctor con un paraguas y me ayuda, aunque estoy empapada. Entramos por la puerta del garaje y subo directamente a nuestra habitación para secarme y cambiarme de ropa.

Desde luego este hombre aparece siempre en el momento más inesperado. Tal vez está detrás de la ventana observando quién entra o sale. Mientras me pongo el pijama presto atención para escuchar la conversación que mantienen mientras no estoy:

  • Vaya borrasca está cayendo, con truenos y relámpagos. Parece que vamos a tener otra noche movida. Ayer niebla, hoy tormenta, en otoño no te puedes fiar del tiempo – comenta el vecino.
  • Parece que el tiempo está tan revuelto como la gente del barrio – resuelve Leo.
  • Aquí hemos tenido un día muy agitado. Policías merodeando por la calle y en el bosque. Parece ser que han encontrado algo en la papelera de la esquina, algo envuelto en papel de periódico. He visto a la inspectora con un paquete, luego ha llamado insistentemente a la puerta de Tomás y María. Al ver que no contestaba nadie, me han preguntado si sabia donde podían localizarlos – explica Víctor.
  • ¿Y que les has dicho? – pregunta Leo visiblemente inquieto.
  • La verdad, que casi nunca están. Hace más de una semana que no los veo, la última vez salían discutiendo, ella parecía muy enfadada. Cuando me vieron me saludaron con la mano, se metieron en el coche y se marcharon. No los he visto más – reconoce el hombre.
  • Creo que se han separado – explica Leo en voz más baja, como si no quisiese que nadie lo supiese.

Siento un mareo, como si la sangre no me llegase a la cabeza, me siento en el suelo, cerca de la escalera para no perderme nada de su conversación, sin embargo, no puedo dejar de pensar en María, a la que no recuerdo muy bien porque solo he coincidido con ella en un par de ocasiones. Pienso en la llamada telefónica de la noche de niebla y la de esta noche en el restaurante y me pregunto: ¿qué tiene que ver María con la caja de música y con Leo?

  • ¡Vaya! Qué lástima. ¿Qué les ha pasado? – investiga el vecino.
  • Parece ser que Tomás se enrolló con una compañera de trabajo y, en fin, ya sabes, lo típico, ella se enteró… – expone Leo, dejándome cada vez más indispuesta.
  • Pobre chica… – se lamenta Víctor.
  • ¿Sabes si han averiguado algo más todos esos policías que han explorado nuestra calle? – pregunta Leo, aunque a mí me parece que buscaba cambiar de conversación.

De repente me acuerdo del pen y me levanto deprisa, voy al baño donde he dejado la ropa mojada tirada por el suelo, busco en un bolsillo de los vaqueros y me entra un sudor frío cuando no lo encuentro. Miro en el otro bolsillo y, por fin, lo encuentro, suelto un suspiro de alivio. Al levantarme choco con Leo que está detrás de mí y grito asustada.

  • ¿Qué te ocurre? ¿Por qué gritas? – pregunta él, sorprendido.
  • Es que no esperaba encontrarte detrás de mí, me has asustado – contesto aturdida, escondiendo la mano donde he guardado el pequeño objeto.

Me abraza cariñosamente, diciéndome en voz baja:

  • Será mejor que te metas en la cama y descanses. Ha sido un día muy duro para ti. ¿Quieres que te suba un vaso de leche?
  • No, gracias. Pensaba meterme en la cama y leer un poco para relajarme – contesto aliviada.
  • De acuerdo, cariño. Si no te importa, me quedaré un rato hablando con Víctor. Parece ser que tiene ganas de explicar todo lo que ha ocurrido hoy con la policía – explica acompañándome hasta el borde de la cama.

Me estiro en  la cama y él me tapa, como si fuese una niña pequeña. Le paso los brazos por el cuello y lo atraigo hacia mí para fundirnos en un suave y cálido beso.

  • Buenas noches, cariño, felices sueños – me desea susurrando.
  • Buenas noches. Hasta mañana – contesto sonriendo.

Apaga la luz y le oigo bajar por la escalera de caracol. No quiero dormirme, necesito escuchar de qué hablan. Abro la mano donde tengo el pen y pienso en qué lugar lo puedo esconder, algún sitio seguro, hasta mañana. Me levanto sigilosamente, buscando cual puede ser el lugar perfecto. Al final me decido por el cajón de la ropa interior y lo meto dentro de un calcetín.

Cuando estoy de nuevo en la cama, recuerdo que no sé dónde dejé mi móvil, estará apagado y sin batería. Empiezo a buscar por la habitación, rezando para que no esté en la cocina o el salón. No quiero abrir la luz, así que abro las cortinas para que se ilumine la habitación con la farola de la calle. A simple vista no lo veo, entro en el baño, pero tampoco está. Inspecciono cada rincón del suelo hasta que choco con unos pies y grito asustada. Es Leo que me mira divertido mientras me enseña el móvil. Estaba en la cocina, ahora tengo que buscar el cargador, pero Leo lo ha previsto todo y me deja el suyo. Lo conecta en el enchufe que tengo al lado de la mesita de noche y me obliga a meterme, de nuevo, en la cama, me arropa besándome en los labios suavemente, luego cierra de nuevo la cortina.

Cuando estoy segura de que me he quedado sola, palpo en la mesita buscando el móvil, puesto que necesito ponerlo en funcionamiento para comprobar las llamadas perdidas, WhatsApp y/o SMS.

Tengo varias llamadas perdidas de David, de Cosme y un número desconocido. WhatsApp de David, de Cosme, de mi amiga Margarita y de un grupo de compañeras del instituto que están preparando una cena, aunque no sé si me apetece demasiado ir, así que esperaré a contestar más adelante, cuando vea que se han puesto de acuerdo.  En cuanto al mensaje de Margarita es bastante largo, así que ya lo leeré mañana.

Me despierto contenta, mientras me estiro compruebo que Leo ya se ha levantado. Parece que esta noche he descansado muy bien, así que decido ponerme en marcha, me beberé una infusión y saldré a correr. Me asomo a la ventana, parece ser que hará un día estupendo, así que me pongo unos pantalones cortos y una camiseta de tirantes. Mientras espero que se caliente el agua para la infusión, aprovecho para efectuar unos estiramientos. Cuando estoy a punto, salgo de casa corriendo en dirección al camino que pasa por el bosque de pinos y encinas, que da la vuelta al pueblo y luego vuelve hasta la parte de abajo de la urbanización. Aunque, todavía, no hay demasiada luz, el sol empieza a asomarse tras los árboles, dejando un bello paisaje. Me concentro en la música que suena en el móvil, disfrutando de la naturaleza, el ejercicio, desconectando de todo.

De repente, no sé cómo, tropiezo y me caigo. Cuando intento levantarme, alguien se tira encima de mí, me rompe la ropa hasta dejarme desnuda, quiero gritar, pero no puedo, estoy aterrorizada, escuchando su fuerte respiración entrecortada, mientras me dice al oído:

  • Me has provocado, puta, vas vestida así porque quieres que te folle, ábrete de piernas, putilla, te daré lo que te mereces.

Horrorizada intento mover los pies para darle una patada, pero me tiene inmovilizada y es mucho más fuerte que yo, sin embargo, cuando se desabrocha la bragueta para sacar su miembro, logro soltarme de un brazo, agarro un palo del suelo y se lo clavo en un ojo, grita y salta hacia atrás, mientras aprovecho para levantarme y echar a correr, desnuda, hacia el interior del bosque, esperando que no me siga.

Me despierto con el corazón acelerado, sudada, como siempre. Es el sueño que se repite cada noche desde que ese energúmeno intentó violarme. Miro el móvil, son las tres, palpo el otro lado de la cama, está vacío. Me levanto despacio, igual que la noche anterior, voy hacia la ventana y miro por detrás del cristal. Está lloviendo a cántaros, el sonido de un fuerte trueno seguido de un relámpago me hacen estremecer. Entro en el baño, me mojo la cara y la nuca. Me pregunto dónde estará Leo, así que me dirijo hacia la escalera, compruebo que la casa está a oscuras, aunque puedo escuchar su voz hablando en un susurro. Bajo tres o cuatro escalones y le veo sentado en el sillón con el móvil, aunque no logro entender lo que está diciendo. Desciendo un par de escalones más, esperando que no me vea, esforzándome para entender la conversación. Pongo atención y, al final, logro oír:

  • Es lo mejor que podías hacer, ya que Tomás te trataba mal. Comprendo que no te apetece estar con tus padres, pero siempre será mejor que seguir con alguien que no te respeta. Ya sabes todo lo que ha hecho. Seguro que tus padres te protegerán. No, no he dicho nada a nadie, ni siquiera a Raquel. La policía ha encontrado la zapatilla y el pendiente y están preguntando. No quiero pensar en qué ocurrirá cuando encuentren el cuerpo…

Suena un fuerte trueno seguido de un relámpago que lo ilumina todo, se me escapa un pequeño grito, no sé si por lo que he escuchado, por el sueño o por el trueno. Leo levanta la mirada y cuelga la llamada mientras yo, como si no hubiese pasado nada, acabo de bajar la escalera.

  • ¿Qué ocurre, Raquel? ¿No te encuentras bien? – pregunta acercándose mientras me envuelve en uno de sus agradables abrazos.
  • He tenido el mismo sueño de cada noche y me he despertado asustada – respondo suspirando.
  • Lo siento, cariño, ya sabes que pienso, deberías acudir a un profesional para que te ayude a superarlo – me aconseja.
  • Sí, lo sé. Ya veré. Por cierto, ¿con quién hablabas a esta hora? – consigo preguntarle.
  • Con mi hermana, tiene problemas y me llama a menudo – contesta, aunque sé que no es verdad. Ahora sé que habla con María, pero no es su hermana, es la vecina, aunque no digo nada, prefiero seguir observando.

Suena otro fuerte trueno y me sobresalto en sus brazos, mientras él me abraza más fuerte y, aunque me parece increíble, me siento segura. Luego me coge de la mano, vamos a la cocina y me prepara una infusión. Entretanto me quedo ensimismada mirando por la ventana hasta que suena otro fuerte trueno, seguido de un relámpago y un apagón de las luces en todo el barrio.

Un escalofrío recorre mi cuerpo, Leo enciende la linterna de su móvil y me pide que me siente a su lado y que me beba la infusión que me ha preparado, sin embargo, justo en ese momento, suena un fuerte estruendo, la calle se ilumina con el fulgor de un nuevo relámpago y fuera en el jardín puedo verle. Sé que es él, el hombre que quiso violarme, el que aparece cada noche en mis sueños, perturbando mi descanso. Me quedo paralizada mirándole, tan alto y fuerte, lleva un chándal oscuro, zapatillas negras y una gorra. Me mira directamente a los ojos, intimidándome, consiguiendo que no pueda apartar mi mirada de la suya.

Vuelve la luz, fuera no hay nadie, aunque sigo con la mirada fija hasta que escucho a Leo decir:

  • ¡Raquel! ¿No me oyes? ¿Qué te ocurre?
  • ¿Qué? Perdona… Es que me ha parecido ver a alguien en el jardín – logro decir.
  • ¿Hay alguien fuera? ¿Por qué no me lo has dicho antes? – pregunta mientras se acerca a toda prisa hasta la ventana y se coloca detrás de mí.
  • Me ha parecido que era él, el que intentó violarme. Era un hombre con un chándal azul y una gorra, pero ya no lo veo – explico asustada, mientras se escucha otro trueno, ahora más lejano, supongo que la tormenta se está alejando.
  • En la calle no hay nadie – dice Leo observando atentamente hacia el exterior.
  • ¿Qué es eso que se ve encima del seto? – pregunto señalando hacia un arbusto que tenemos justo al lado de la entrada de nuestro pequeño jardín.
  • Espera aquí, voy a salir – dice él.
  • No salgas, está lloviendo. Además, no puedes tocarlo, puede ser una prueba y quedaran tus huellas digitales – le pido angustiada.
  • Tienes razón, cogeré los guantes de lavar los platos – contesta poniéndoselos al mismo tiempo que va hacia la puerta.

Coge un paraguas y sale al jardín, se acerca al seto, se gira, me mira, luego coge la gorra y entra corriendo. La miramos detenidamente y la metemos en una bolsa de papel, la que nos dieron en el supermercado cuando compramos manzanas y me dice:

  • Mañana llamaremos a la inspectora.
  • Me dijo que si ocurría algo la llamásemos fuese la hora que fuese – expongo.
  • Si la llamamos ahora ya nos podemos olvidar de dormir otra noche. Será mejor nos vayamos a la cama, ahora que la tormenta va aminorando y mañana, a primera hora la llamamos ¿no te parece? – propone él guiñándome un ojo.
  • Si, claro, tienes razón – respondo mientras bebo un sorbo de la infusión que me ha preparado.

Subimos a la habitación cogidos de la mano y mientras él entra en el baño yo me meto en la cama, intentando relajarme, aunque me noto el corazón acelerado, hasta que, al fin, se mete en la cama y me abraza, tranquilizándome y proporcionándome la paz que necesito para descansar.

Me despierto con el sonido de la alarma, abro los ojos y palpo en la mesilla para coger el móvil y pararla. Escucho el agua de la ducha y, mientras Leo se ducha, me levanto, preparo la ropa que voy a ponerme, luego busco el pen, lo guardo en el bolsillo de los pantalones, meto el móvil y las llaves en el bolso. Reviso que no se me olvide nada importante.

Me asomo a la ventana con la esperanza de que hoy no llueva, sin embargo, parece de noche, puesto que unas enormes nubes tapan el cielo y, aunque ahora no llueve, no presagia que vaya a ser un día soleado.

Llega un coche que aparca delante de casa, es la inspectora, por lo visto no hará falta llamarla, le podremos entregar la gorra. Mientras estoy embobada mirando como se distribuyen la faena los policías, una agradable fragancia a gel de ducha mezclado con el particular aroma de Leo me envuelven mientras él me abraza por detrás y me besa suavemente en el cuello.

Me giro y nos damos los buenos días besándonos apasionadamente en la boca, llaman al timbre y corremos, yo entro en la ducha y Leo se viste rápidamente para bajar a abrir, seguramente será la inspectora.

Me ducho rápidamente y me visto aún más deprisa para no perderme nada de lo que diga la policía. Cuando estoy a punto, bajo la escalera despacio mientras escucho la conversación que mantienen. Leo está sentado en el sillón y ella en el sofá.

  • ¿Sabría decirme la edad y la estatura de la persona que estuvo en su jardín? – pregunta la mujer poniéndose unos guantes de látex y sacando la gorra del interior de la bolsa.
  • Cuando yo miré por la ventana ya no había nadie, Raquel vio al hombre y luego se fijó en la gorra colgada del seto. Yo solo salí a buscarla – contesta Leo.

Acabo de bajar la escalera y saludo:

  • Buenos días
  • Buenos días, Raquel. ¿Puede explicarnos exactamente que vio anoche? – dice la inspectora.
  • Había tormenta, se escuchó un fuerte trueno, seguido de un relámpago que iluminó la calle, entonces se apagó la luz en todo el barrio. Al poco rato sonó otro fuerte trueno y a continuación un relámpago que ilumino, por un momento, calle y entonces vi un hombre, alto y fuerte, en medio de nuestro jardín, mirando hacia la ventana, donde estaba yo. La calle volvió a quedar oscura y cuando volvió la luz a las farolas ya no había nadie, solamente la gorra colgada del seto – explico intentando no dejarme ningún detalle.
  • ¿Recuerda la hora exacta? – pregunta la mujer.
  • Serían las tres, más o menos. Recuerdo que me desperté y bajé a la cocina para beber una infusión – contesté omitiendo que me había despertado por culpa de la horrible pesadilla que se repetía cada noche.
  • ¿Algo más, Raquel? – sigue preguntando.
  • No, creo que no se me olvida nada – contesto un poco agobiada.
  • ¿Cree que podría hacer un retrato robot? – pregunta.
  • No se me da demasiado bien dibujar – respondo un poco asustada.
  • No tendrá que dibujar usted, vendrá un especialista que con sus explicaciones y la ayuda de un programa informático creará un retrato robot – explica con una leve sonrisa.
  • Bueno, puedo intentarlo – reconozco tímidamente.
  • Si me facilita su número de teléfono, cuando lo tengamos todo preparado la avisaremos para que se pase por Comisaria, o si no le va bien, podemos ir nosotros donde esté usted – propone ella.
  • Vale – digo anotando mi número en una hoja del bloc que tenemos siempre en la cocina.
  • Por cierto, tengo que pedirles que nos dejen abierta la puerta del jardín, puesto que debemos inspeccionar posibles huellas – dice mirando a Leo.
  • De acuerdo, hoy no cerraremos con llave – responde Leo mientras la acompaña hasta la puerta.

Mientras nos bebemos el café, observo que Leo está meditativo, así que le pregunto:

  • ¿Estás bien, cariño?
  • Si, claro. Todo va bien – dice intentando sonreír, sin embargo, sé de sobras que no es cierto, así que, a partir de ahora, haré todo lo posible por averiguar toda la verdad, aunque no me guste.

(Continuará)

Lois Sans

26/02/2019

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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