Habitación 303 – 1

Capítulo 1 – Solo sé que estoy viva

Me despierto lentamente con la ligera impresión de haber dormido demasiado y la horrible sensación de tener los párpados pegados. Me angustio cuando intento levantar el brazo y no consigo mover ni un solo dedo. No sé dónde estoy ni cómo he llegado hasta aquí. Ni siquiera sé quién soy y, aunque me esfuerzo en recordar, no encuentro nada en mi interior, mi mente está en blanco.

Un pitido uniforme y el inconfundible olor a desinfectante me permiten deducir que estoy en una cama de hospital, quizás por un accidente de tráfico, un fallo cardiaco o un intento de asesinato, no lo sé.

Puedo escuchar un rumor de voces que se acerca, se abre una puerta y percibo como varias personas se van colocando a mi alrededor. Aunque no puedo abrir los ojos, distingo claramente los diferentes aromas de sus colonias, entre los que puedo reconocer el fuerte olor del almizcle, una fresca fragancia de cítricos, un suave aroma de violetas y la inconfundible esencia de colonia para bebés. Me he concentrado tanto en reconocer cada uno de sus aromas que me asombro al escuchar una voz femenina, muy potente, diciendo:

  • Mujer joven, de raza blanca, calculamos que tiene entre dieciocho y veintidós años, aunque no se ha podido determinar su edad con exactitud debido a que no llevaba documentación en el momento de su ingreso.
  • ¿No llevaba móvil? – pregunta una chica más joven.
  • No, no llevaba ningún objeto. Alguien avisó al 112 de que había una chica tumbada en un banco del parque, enviaron a una ambulancia y la encontraron inconsciente, descalza, solo llevaba un vestido blanco largo, con los bajos quemados. Ingresó con quemaduras en las plantas de los pies y una contusión en la cabeza. Hace una semana que está ingresada, no ha despertado del coma y nadie ha denunciado su desaparición. – sigue revelando la mujer experta.
  • ¡Qué horror! – exclama una chica que está muy cerca de mí y que desprende una agradable esencia a colonia infantil.
  • ¿Qué pruebas le efectuaríais para evaluar su estado? – pregunta la doctora.
  • Empezaría por una Glucemia mediante tira reactiva, a continuación, electrocardiograma, gasometría arterial, hematimetría con fórmula y recuento leucocitario, bioquímica sanguínea incluyendo urea, creatinina, sodio, potasio, calcio, glucemia, AST, ALT, CPK, amilasa y proteínas totales. – responde un chico joven con mucha seguridad.
  • ¿Algo más Ruth? – sigue preguntando la doctora.
  • Muestra de sangre y orina para estudio toxicológico, TAC craneal y/o toracoabdominal, punción lumbar, ecografía abdominal y cardíaca – contesta una joven que está situada al otro lado de la cama.
  • ¡DOCTORA AGUSTINA MESTRES PRESÉNTESE A URGENCIAS! – se escucha a través de los altavoces, repitiendo la cantinela varias veces.
  • Aquí tenéis el historial médico, empezad a estudiarlo y cuando vuelva lo comentaremos – resuelve la doctora dando un portazo.

Durante un tiempo, incalculable para mí, nadie dice nada, ni siquiera los escucho respirar, aunque me los imagino observándome, quizás alguien está leyendo el informe. La yema de un dedo roza suavemente el dorso de mi mano, que está apoyada en la cama y, aunque me esfuerzo en moverla no lo consigo, es como si estuviese pegada a la sábana.

  • Pobre chica, tal vez abusaron de ella. Me pregunto qué bestia le quemó los pies – presupone una de las chicas.
  • No abusaron de ella – revela Iván.
  • ¿Cómo lo sabes? – pregunta la joven.
  • Por lo que pone en el informe médico. Aquí dice que es virgen – informa el chico.
  • ¿Virgen? Pero si esta chica debe de tener mi edad – deduce Ruth.
  • Parece increíble que sea virgen. Tal vez es más joven – opina Iván.
  • Aunque sea más joven, seguro que tiene los dieciocho y no conozco a nadie que a esa edad sea virgen – insiste la chica.
  • Quizás formaba parte una secta y para su iniciación la obligaron a andar descalza sobre unas brasas – dice la otra chica, tímidamente.
  • Claro, Sara. Seguro que formaba parte de una de esas sectas tétricas que acaban con la vida de todos los integrantes – dice Iván finalizando el comentario con una risa macabra.
  • Tal vez era una broma pesada para ingresar en una residencia de estudiantes – propone Ruth, mientras se ríen los tres.
  • Creo que habéis visto demasiadas películas. Por cierto, chicas ¿vendréis esta noche a la fiesta de Miki? – pregunta el chico.
  • No creo, prefiero quedarme a estudiar – responde Sara.
  • ¿Y tú, Ruth? – presiona Iván.
  • No tengo demasiadas ganas de ir – responde Ruth – la última fiesta fue un verdadero rollazo. Demasiado alcohol, muchos canutos y pastillas en exceso. Me gustan las fiestas, pero no tengo la necesidad de perder el conocimiento, porque el día siguiente no soy persona y tengo que ponerme las pilas con la Dra. Mestres, ya que tiene fama de ser muy dura y solo escogerá a uno de nosotros.
  • Venga chicas, no seáis aburridas. Lo pasaremos muy bien, Miki tiene una casa con jardín y piscina – insiste el chico.
  • Ni lo sueñes – responde Ruth.
  • Tal vez otro día – prosigue Sara.
  • Creí que lo pasábamos bien los tres juntos o al menos eso me pareció el otro día que cenamos juntos – comenta el chico en un tono irónico.
  • No me gusta repetir, las segundas partes nunca son buenas – expone Ruth.
  • ¿Qué dices Sara? – pregunta el chico.
  • Lo siento, tengo que estudiar – comenta Sara.
  • ¡Residentes! La Dra. Mestres me pide que la disculpéis, ha surgido una urgencia y tiene que entrar en el quirófano. Me ha ordenado que siga con la clase práctica – explica la voz de hombre joven, acompañado de una fragancia a menta muy agradable.
  • Pero si tú también eres un residente – protesta Iván.
  • De último año, chaval y ya tengo una plaza fija en este hospital – explica enfatizando.
  • Vale, Héctor. ¿Qué nos tienes preparado? – pregunta Sara en un tono tan alegre que me hace pensar que está un poco colada por él.
  • ¡Seguidme! Iremos a la habitación doscientos uno, quiero mostraros un caso muy interesante, Se trata de un chaval accidentado al que le han reconstruido el codo izquierdo, la tibia y el peroné derechos y lleva diez puntos de sutura en la cabeza. Pero lo mejor de todo es que no recuerda nada. Ya veréis, parece una momia – explica enfatizando.

Escucho como se marchan, susurrando, riéndose con complicidad y anhelo irme con ellos, participar en sus conversaciones, hablar de todo y nada, apuntarme a sus fiestas y formar parte de sus ajetreadas vidas.

Según ha explicado la doctora soy una chica joven, con quemaduras en los pies y, aunque no recuerdo nada, me asaltan varias preguntas: ¿cuál es mi nombre? ¿qué edad tengo? ¿estoy estudiando? ¿o trabajo vendiendo perfumes? ¿tengo padres? ¿y pareja? ¿por qué mi familia no ha denunciado mi desaparición?

Concentrada en estos dilemas no he advertido que ha entrado alguien hasta que descubro un agradable aroma a manzana y, repentinamente, sin más, se me aparece la imagen de una mujer sonriente, con el pelo recogido en un moño alto. Es como una aparición potente pero rápida, que desaparece cuando la persona que está a mi lado coge mi mano entre las suyas, acariciándola suavemente, al tiempo que suspira diciendo:

  • Sabrina, mi pequeña Sabrina, cuanto siento que estés aquí, en esta cama, inconsciente. Esto nunca tenía que haber pasado. Ojalá pudiera estar en tu lugar.
  • ¡Aurora! Por fin te encuentro. ¿Qué haces aquí? Rita ha preguntado varias veces por ti – grita una voz femenina muy aguda.
  • Ahora voy – responde soltando rápidamente mi mano mientras posa sus gruesos labios sobre mi frente, besándome suavemente al tiempo que me envuelve su agradable aroma a manzana verde.

Aprovecho que me he quedado sola para intentar mover la cabeza, algún dedo de la mano o, simplemente, abrir los ojos, sin embargo, no consigo nada, solo siento frustración, me pregunto si conseguiré salir de este encierro en el que me encuentro. Bueno, por lo menos ahora sé que mi nombre es Sabrina, aunque no logro recordar nada.

Estoy tan concentrada en mis pensamientos que me sobresalto al escuchar unos pasos firmes acompañados de un intenso perfume a rosas, Se acerca hasta mi cama y, pasado un tiempo que no puedo precisar, escucho una voz temblorosa que me habla:

  • Aquí estoy de nuevo para comprobar tus constantes, como cada día. Me siento afortunada de contar contigo, porque, aunque tú no lo sabes, te has convertido en mí mejor amiga y eso que ni siquiera sé tu nombre, sin embargo, me siento mejor desde que puedo venir a desahogarme y, aunque no puedes contestarme, sé que no se lo contarás a nadie, por lo que mi triste vida se ha convertido en nuestro secreto.

Se levanta, me pone el termómetro, se sienta de nuevo, espera un momento, se escucha el pitido y, mientras lo saca de mi axila, empieza a hablar de nuevo:

  • Mis sospechas sobre la posible infidelidad de Mateo, mi marido, se ha confirmado, ahora estoy segura de que me pone los cuernos.

Suspira largamente como si se hubiese desprendido de un peso muy grande que tenía cobijado en su interior, luego coge aire y sigue explicando:

  • Cansada de escuchar sus estúpidas excusas cuando llega tarde a casa o tiene que ausentarse decidí vigilarle, por lo que le mentí, diciéndole que había cambiado el turno a una compañera, enfatizando que estaría toda lo noche en el hospital y él, cariñosamente, me susurro que no me preocupase porque vería una película y se iría a dormir temprano. Cuando salí del hospital, a media tarde, fui a la cafetería de la esquina, me comí un pequeño bocadillo de queso, tomé un café bien cargado y esperé a que oscureciera. Al salir del bar caminé, sin rumbo fijo, hasta reunir el valor suficiente para ir a casa. Subí las escaleras lentamente y cuando llegué enfrente de la puerta me quité los zapatos y entré sin hacer ruido. Tal y como esperaba, estaba todo oscuro y en silencio. Me asomé al comedor, iluminado por la luz de la farola que entraba por el balcón, luego caminé por el pasillo, fijándome bien donde pisaba para no tropezar. Cuando llegué al dormitorio encontré la puerta ajustada, así que, sin tocar nada me asomé. La luz de la luna se colaba por la ventana iluminando la cama donde estaba la pareja suspirando. Primero no sabía quién era esa chica joven que estaba encima de Mateo, moviéndose lentamente mientras él le chupaba con ansia sus pezones erectos. Entonces, ella, se movió cada vez más rápido y empezaron a jadear, luego escuché como Mateo, entre suspiros, susurraba “no pares Rocío” y entonces reconocí el cuerpo joven de mi hermana pequeña. Tuve que taparme la boca para no gritar al tiempo que los dos, sudados, se movían al mismo ritmo hasta alcanzar el clímax mientras yo, sentada en el suelo, deseaba desaparecer.

Se levanta, escucho sus pasos como si se marchase y, al poco tiempo, vuelve, me pone el aparato de medir la tensión arterial, vuelve a suspirar profundamente y continúa revelando:

  • Una oleada de rabia, impotencia y tristeza me obligó a seguir sentada en el suelo, hasta que reuní el coraje suficiente para levantarme, caminar de puntillas hasta la puerta, ponerme los zapatos y marcharme de mi casa. Caminé sin rumbo fijo, por calles desiertas y oscuras hasta que, sin saber cómo, llegué a un parque, me senté en un columpio y me impulsé fuertemente, intentando salir disparada hacia el infinito, ansiando regresar a la mejor época de mi vida, cuando era una niña inocente que solo tenía ganas de jugar. Luego me senté en un banco, con un nudo en la garganta y una presión en el pecho, deseando desahogarme, esforzándome en sacar toda la rabia y el dolor que sentía en mi interior, sin embargo, no conseguí derramar ni una sola lágrima, supongo que ya las he gastado todas llorando por cada una de las amantes que ha tenido. La primera fue su secretaria, luego la vecina del quinto, a continuación, la cajera del super, más adelante mi mejor amiga, ahora a mi hermana pequeña y, quién sabe si ha tenido otras amantes de las cuales ni siquiera me he enterado.

De nuevo silencio, vuelve a sentarse en la cama, me coge la mano y sigue con su historia:

  • Estoy muy cabreada con Rocío, porque se ha aprovechado de mí. Siempre nos hemos explicado todo, al menos hasta ahora. Confié en ella y le confesé cada una de las infidelidades de Mateo. Ella siempre me decía que no entendía por qué seguía con él. Quizás insistía en que lo dejase con la intención de quedárselo para ella. Estoy tan defraudada con mi hermana que ni siquiera puedo dirigirle la palabra. Suponía que era más inteligente, capaz de vivir sin depender de ningún hombre y es que jamás me imaginé que sería capaz de acostarse con mí Mateo, porque él, al fin y al cabo, es el mismo de siempre, un caradura egocéntrico al que le gusta meterse en la cama con otras, pero que siempre acaba volviendo conmigo.

Otra vez silencio, suspira profundamente antes de decir:

  • Me pregunto quién ha seducido y quién se ha dejado seducir, porque Mateo es muy guapo, alto, moreno, con una barba de tres días y la mirada picara, el típico chico malo que a todas nos gusta, aunque sabemos que no nos conviene.

Solloza un poco antes de seguir explicando:

  • Y Rocío es joven, tiene diez años menos que yo, es alta, delgada, con una melena rubia que quita el hipo y una sonrisa que para el corazón a cualquier hombre. Siempre ha tenido admiradores revoloteando a su alrededor, por eso no comprendo cómo ha podido caer en las garras de Mateo, con el que se lleva quince años.

Se levanta, camina, vuelve a suspirar profundamente y continua:

  • Recuerdo como si fuese ayer cuando conocí a Mateo. Fue en una boda, él era el mejor amigo del novio, yo la prima de la novia y Rocío una niña rebelde a la que le faltaban dos dientes. Mientras el cura nos echaba un sermón, él me miraba sonriente guiñándome un ojo con picardía y a mí me parecía me iba a desvanecer. En el banquete nos sentamos en la misma mesa, se las ingenió para estar a mi lado y estuvimos todo el rato hablando y riendo. Luego bailamos hasta la madrugada y, cuando salimos del restaurante, no sé cómo, acabamos en su casa, haciendo el amor como si estuviese a punto de acabar el mundo, igual como lo hizo ayer con mi hermana.

Se vuelve a sentar, acaricia mi mano y sigue:

  • Te preguntarás por qué no lo he dejado y, créeme que lo he intentado, le he dicho varias veces que me iba, pero cuando me suplica que me quede con él, asegurándome que solo me quiere a mí, que las demás no son importantes, noto como si mi cuerpo se desintegrase mientras mil mariposas revolotean en mi barriga bajando hasta esa zona que él conoce tan bien, haciéndome sentir viva y creándome una adicción que no puedo controlar.

Se calla de repente, a continuación, se suena, solloza, acaricia mi mano suavemente mientras dice:

  • Bueno amiga mía, tus constantes vitales están bien dentro de tu inconsciencia. Gracias por escucharme. Hasta mañana, pequeña.

Escucho como se marcha, sintiéndome impotente, me gustaría abrazarla y consolarla, aunque lo que más me gustaría es poder sentir esas mariposas en la barriga para poderme sentir viva, como ella.

Ensimismada en estos pensamientos no me he dado cuenta de que hay alguien a mi lado hasta que percibo una suave fragancia a colonia infantil que impregna la habitación obligándome salir de ese amodorramiento en el que me hallo inmersa. Siento un leve escalofrío cuando una yema de su dedo roza suavemente mi mano, intento mover un dedo, de nuevo, aunque no lo consigo. La siento muy cerca, como si estuviese observándome fijamente, ese agradable aroma de su colonia mezclado con el de su piel hacen que me sienta tranquila a su lado. Intento imaginarme como es físicamente hasta que empieza a hablar, en voz baja, casi susurrando:

  • Hola, siento mucho que estés aquí, estirada en esa cama, sin poder moverte. Seguramente, si nos hubiésemos conocido en otra situación seríamos amigas, aunque no sé nada de ti, ni siquiera tu nombre. Sabes, a mí me cuesta mucho hacer amigas, soy demasiado tímida y, no sé porque, tengo la impresión de que tú también lo eres.

Se sienta en la cama y sigue hablando:

  • Aunque comparto piso con Ruth desde hace casi dos años no consigo confiar en ella, es demasiado competitiva y excesivamente lanzada, por eso, nunca me he atrevido a confiarle mis intimidades, aunque ella me explica todo lo que le pasa, desde sus líos con los chicos, pasando por los problemas con sus padres, incluso la extraña relación que tiene con sus tres hermanos mayores. Créeme, me gustaría tener el valor suficiente para contarle mis secretos, pero sé que somos muy distintas y no me entendería. Por eso, no me atrevo a explicarle que estoy enamorada de Iván, aunque sé que no me conviene.

Se queda unos segundos o, tal vez, minutos, en silencio, luego escucho como coge aire para seguir hablando:

  • Me duele que Iván y Ruth se hayan enrollado varias veces y lo que más rabia me da es que ella me explica sus encuentros con todo tipo de detalles, por lo que no puedo evitar una punzada de celos. Aunque creo que le gusto un poquito, no me atrevo a insinuar nada, porque temo que piense que soy como las otras chicas con las que se enrolla.

De nuevo se queda en silencio, como si pensase como continuar con su historia, vuelve a coger aire y sigue:

  • La otra noche se presentó Iván a nuestro piso, traía una pizza, un par de botellas de vino blanco y con su preciosa sonrisa traviesa nos dijo que nos invitaba a cenar. Compartimos la pizza, nos bebimos su vino y alguna botella más que teníamos en el frigorífico, por lo que estábamos contentos y desinhibidos, sobre todo yo que no estoy acostumbrada a beber tanto y enseguida se me sube el alcohol a la cabeza, así pues, me reía por todo. Luego Iván puso salsa en Spotify, cantamos, bailamos y reímos hasta quedar extenuados en el sofá. Al poco rato, Ruth abrió un cajón del mueble y sacó una baraja de cartas, empezamos a jugar al póker con la condición de que el que perdiese debería quitarse una pieza de ropa. Acabamos los tres desnudos y, supongo que, gracias al exceso de alcohol, no me sentí demasiado incomoda. De repente, Iván se acercó y me beso en la boca, mientras Ruth le acariciaba la espalda. Luego Ruth besó a Iván y después me besó a mí, lo cual a mí me pareció todo un poco raro, pero simulé que no me importaba.

Silencio de nuevo, como si pensase como seguir con la historia. Suspira y sigue:

  • No me atreví a confesarles que soy virgen, porque sabía que no lo comprenderían, ya que ellos piensan que a los dieciséis ya no quedan vírgenes, sin embargo, yo pienso que la primera vez ha de ser especial con alguien de quien esté enamorada. A pesar de todo, me dejé llevar, venciendo mi timidez y me atreví a acariciar suavemente a Iván al tiempo que él me besaba en la boca, en los pechos y en el sexo, pero, en el momento en que se puso el condón para penetrarme, me escurrí y Ruth ocupó rápidamente mi lugar, mientras yo, sentada en el suelo, observaba como se lo montaban, maldiciendo ser tan mojigata por no haber sido capaz de llegar hasta el final.

Suspira y se sienta, acariciando mis dedos con delicadeza, para seguir hablando:

  • Y lo que más me duele es que ni siquiera se enteraron de que yo me había quedado al margen, siguieron jadeando hasta que llegaron al orgasmo y luego se quedaron tumbados boca arriba hasta que se durmieron. Ahora no sé cómo actuar con Iván, porque me gustaría tener una cita con él y dejar que nos pasasen las cosas que nos tengan que pasar, sin forzar la situación, sin embargo, no sé por dónde empezar.
  • ¡Sara! Por fin te encuentro. ¿Qué haces aquí? La Dra. Mestres nos está esperando – comenta Ruth, impregnando la habitación con su fuerte perfume a violetas.

Como me gustaría ayudarla, pero no puedo hacer nada, solo escuchar y esperar. Parece que se acerca un murmullo de voces que entran acompañado del popurrí de aromas, que me ayuda a identificarles. Cuando cada persona ha ocupado su lugar a mi alrededor, se escucha la voz potente y clara de la doctora:

  • Bien, ayer os dejé con esta paciente y su historial ¿Qué conclusiones habéis sacado?
  • Que lleva dos semanas en coma, que es muy difícil de determinar cuánto tiempo seguirá así, ni siquiera sabemos si conseguirá salir de ese estado, pero, suponiendo que algún día lo consiga, debemos considerar la posibilidad de que puede tener alguna parte del cerebro afectada, así pues, existe la posibilidad de que padezca amnesia, no sepa hablar, andar, incluso puede que no logre controlar los esfínteres – explica Iván metiéndome el miedo en el cuerpo mientras continuo esforzándome en conseguir mover alguna parte de mí.
  • Pobrecita, lo tiene muy duro, ni siquiera hay alguien que espere a que se recupere o que pueda ayudarla – dice Sara con un tono de voz apenado.
  • No seáis tan negativos, solo han pasado dos semanas, quizás estaba de vacaciones y su familia no sabe que está en un hospital – presupone Ruth, animándome un poco.
  • De acuerdo, todos tenéis razón. De momento solo podemos esperar a ver si consigue despertar para poder evaluar si existen daños en el cerebro – confirma la doctora.
  • Iván, a partir de ahora te ocuparás de esta paciente anónima. Deberás seguir su historial y si surge alguna novedad me informarás inmediatamente. ¿De acuerdo? – ordena la mujer.
  • De acuerdo, Doctora Mestres, no la defraudaré – responde Iván.
  • Aquí tienes el historial, repásalo. Vosotras dos venid conmigo, quiero mostraros otro caso de coma, aunque este paciente lleva dormido casi un año – sigue ordenando la doctora.

Aunque hay silencio en la habitación sé que Iván está aquí, su perfume de almizcle lo delata. Me lo imagino a los pies de mi cama, repasando el historial médico, tal vez, protestando porque le ha tocado un caso como el mío. De repente, coge mi mano y roza con sus labios la punta de mis dedos. Se sienta en la cama, a mi lado y, mientras me acaricia la mano, le escucho decir:

  • Bueno, ahora que eres mi paciente, debo ponerte un nombre. Creo que te llamaré Esperanza. No sé si puedes escucharme, pero te prometo que voy a hacer lo posible para que despiertes.

Besa de nuevo mi mano y la deja suavemente al lado de mi cuerpo, luego se levanta y se marcha. No sé cuánto tiempo ha pasado desde que Iván se ha marchado, tal vez me he dormido y no he oído entrar a nadie más, hasta ahora, que escucho un débil sollozo acompañado del agradable aroma a manzana.

  • Sabrina, chiquilla, despierta de una vez, por favor, te necesitamos – dice Aurora besándome en la frente para luego marcharse a toda prisa.

De nuevo me quedo sola, luchando contra la inmovilidad de mi cuerpo y de mi mente. Ahora sé que mi nombre es Sabrina y que pertenezco a una comunidad. A ver si será cierto que intentaba entrar en una secta, tal como decían las chicas.

Escucho como se abre la puerta de nuevo y entra una mezcla de café y tabaco y unas voces femeninas riéndose:

  • Juani ¿qué hay que limpiar aquí? Si está todo reluciente. Esta chica continúa dormida, sin moverse, seguro que nadie ha ido al baño. La verdad es que no entiendo por qué está sola en una habitación con baño si no puede utilizarlo – comenta una chica joven que huele a chiclé de fresa.
  • ¡Ay, Andrea! No te enteras de nada. Está sola porque alguien lo ha pedido y esa persona tiene influencia, ¿entiendes? – explica una mujer más mayor que huele café y tabaco.
  • Claro, comprendo. Voy a limpiar el baño mientras tanto tú puedes pasar la fregona por la habitación, pero, sobre todo, cuéntame lo que paso ayer con Toni – pide Andrea riendo.
  • Toni es un tipo genial, amable, cariñoso y educado. No puedo evitar compararlo con Sebas, mi marido, y no se parecen en nada, son como la noche y el día – explica Juani.
  • Me parece que estás muy pillada. Cuenta como fue – pide impaciente Andrea.
  • Es que Toni es muy detallista, me regala flores, me piropea, me invita a cenar, está muy bueno y folla mejor que nadie que yo conozca – explica entusiasmada la mujer.
  • Sí, sí, pero ¿qué pasó ayer? – insiste la chica.
  • Me invitó a comer y luego me llevó a su casa. Vive en la última planta de un edificio viejo en el centro, sin ascensor, así que, mientras subíamos por las escaleras nos íbamos sacando la ropa el uno al otro y cuando llegamos a su piso estábamos desnudos. Abrió la puerta y me cogió en brazos, luego entramos en una pequeña habitación cuadrada, a la derecha había la puerta del baño, a continuación una diminuta cocina, en la otra pared una estantería con algunos libros, un televisor y un portátil, delante una mesa con dos sillas, enfrente una amplia ventana dejaba entrar el colorido atardecer de rojos y azules que se posaban sobre la cama, donde me depositó con suavidad para besarme intensamente en la boca mientras acariciaba con la punta de sus dedos cada rincón de mi cuerpo, haciéndome estremecer. Me beso delicadamente en los pechos, para seguir hacia el ombligo y bajar hasta mi sexo, jugueteando con su lengua haciéndome enloquecer. Cuando me penetró ya me había corrido dos veces, sin embargo, consiguió que llegásemos juntos al orgasmo. Luego nos quedamos los dos abrazados, como si fuésemos novios, hasta que sonó la alarma de mi móvil, recordándome que debía volver a la realidad y llegar a mi casa antes que Sebas – revela Juani.
  • Qué bonito. Como me gustaría encontrar a alguien así. ¿Y qué vas a hacer ahora? ¿Seguirás con Sebas? Deberías dejarlo y marcharte con Toni – anuncia Andrea.
  • No sé, quiero pensarlo bien. No es tan fácil. Toni no me ha pedido que me vaya con él, solo hemos hecho el amor una vez, aunque hace meses que va detrás de mí, haciéndome sentir valorada y querida, pero, quizás solo soy una folla amiga para él – conjetura la mujer.
  • Pues a mí me parece que te quiere, te ha reglado flores, te ha invitado a comer, te piropea continuamente, en fin, te trata como una reina – dice la chica.
  • Bueno, ya veremos cómo sigue esta historia. Tengo miedo de hacerme ilusiones. ¿Y tú? Cuéntame cómo fue tu cita – se interesa Juani.
  • Bueno, ya sabes, era una cita a ciegas, de una App de contactos, por lo que no me había hecho demasiadas ilusiones. La chica era mona, pero me pareció demasiado atrevida – revela Andrea.
  • Todavía no me explico cómo puedes preferir a las chicas, con lo guapa que eres, seguro que tienes un montón de pretendientes – insiste Juani.
  • Bueno, ya te conté que tuve algunas malas experiencias con hombres, luego conocí a Silvia con quien experimenté que el sexo entre mujeres es mucho mejor – expone Andrea.
  • Entonces… ¿qué paso anoche? – insiste Juani.
  • Habíamos quedado en el restaurante “Insiste y lo conseguirás”, un local con mucho encanto donde se reúnen personajes muy especiales. Cuando la vi enseguida me di cuenta de que no era mi chica – comenta Andrea.
  • ¡Caramba! ¿Cómo puedes saberlo a simple vista? ¿Eres vidente? – cuestiona Juani.
  • No soy vidente, pero no me gustó como iba vestida, demasiado extravagante para mi gusto, a mí me gusta pasar desapercibida. Nunca me habría fijado en ella, porque no me gustan este tipo de personas que necesitan ser el centro de atención – expone Andrea.
  • Bueno, pero eso no quiere decir nada, tal vez, sea una buena chica – insiste Juani.
  • Tal vez, pero no me gustó su comportamiento. De todas formas, me acerqué a ella, nos saludamos, cenamos juntas y todo iba relativamente bien hasta que se le escapo que tenía una relación con un chico, aunque no le satisfacía plenamente, porque ella necesitaba montarse un trío, así que me propuso formar parte de sus vidas – explica Andrea.
  • ¡No jodas! ¿Te propuso un trío con su novio? ¡Por Dios! – exclama la mujer.
  • Tal como lo oyes, me propuso que probásemos una vez y si nos iba bien podríamos seguir juntos. Le dije que no pensaba perder el tiempo con una pareja a la que no le funciona su relación. Si tienen problemas deben solucionárselos ellos solos – concluye la chica.
  • Cuanto lo siento, chiquilla, que mala suerte – concreta Juani.
  • La verdad es que no he tenido mucha suerte con las relaciones, siempre me enamoro de la persona equivocada. La primera fue Silvia, la que me enseño todos los secretos del sexo entre mujeres, pero ella estaba de paso en la ciudad y ya sabíamos que se marcharía a trabajar a Alemania. Luego estuve seis meses con Marina hasta que me enteré de que también tenía un novio, o sea que nos engañaba a los dos. Después conocí a Lina, una rubia preciosa pero muy celosa, espiaba mi móvil, incluso había llegado a seguirme para ver con quién quedaba. Le tenía que dar explicaciones de todo y no dejaba que me encontrase con mis amigas, ni siquiera con mi familia, controlaba mi vida. Me costó mucho, pero al final conseguí acabar con esa historia. Cuando logré rehacerme me apunte a esta App de contactos, he quedado tres veces, pero ninguna me ha gustado – sigue contando Andrea.
  • ¡Caramba! Con lo joven que eres y tienes un buen historial. Mira, niña, las relaciones son difíciles – comenta Juani.
  • Bueno, esto ya está más que limpio. ¿Dónde vamos ahora? – pregunta Andrea.
  • Ahora vamos a la planta de arriba, donde están los enfermos terminales – informa Juani.

Escucho como recogen el material de limpieza y se marchan susurrando, riendo con complicidad. Ahora que me han dejado sola aprovecharé para repasar todo lo que he descubierto, a ver si consigo sacar algunas conclusiones, aunque tengo muchas preguntas sobre mí, no sé si me gustaban los hombres o las mujeres, si tenía pareja, si era feliz, qué me ocurrió para que me abandonaran en un parque. Presiento que de todas las personas que me han visitado solamente una puede responderlas, Aurora, la que huele a manzana.

Distraída con mis pensamientos, no me he dado cuenta de que alguien me está quitando las vendas de los pies. No dice nada, pero puedo escuchar su respiración tranquila a la vez que me llega un suave aroma a coco. Noto como masajea una planta del pie, luego la otra, y, aunque se entretiene en su labor, no siento nada, ni frio ni calor, tampoco dolor, lo cual me preocupa. De repente, escucho un fuerte suspiro y me sorprendo al escuchar una voz grave, muy masculina, con un particular acento cubano que dice:

  • Bueno, chica, ya te he hecho la cura de hoy. Tranquila, campeona, muy pronto tus pies estarán curados, seguramente antes de que despiertes, porque tengo el presentimiento de que lo conseguirás. Hasta mañana, guapa.

(Continuará)

 

 

 

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