LA CAJA DE MÚSICA – 5. El caballo del tiovivo

Al dejar los cafés sobre la mesa, les observo, de reojo, intentando adivinar de quién puede ser el pendrive. Doy por hecho que pertenece a Leo, sin embargo, no puedo evitar considerar que podría ser del vecino. Concentrada en mis reflexiones, no escucho a Leo que me pide:

  • Por favor, Raquel, date prisa o llegaré tarde al trabajo.

Así que, mientras él saca el coche del garaje me despido de Víctor, que asegura:

  • Estaré atento, vigilando todo el día, para poder explicaros detalladamente todo lo que ocurra en esta calle.
  • Gracias Víctor, hasta luego – respondo cerrando la puerta del jardín con llave y subiendo al coche, mientras Leo le saluda con la mano.

Como cada día laborable, Leo me acompaña a casa de mi tío. Su mujer ya se habrá ido a trabajar y él me esperará con el desayuno preparado. Es posible que haya ido a la panadería y, tal vez, habrá comprado napolitanas de chocolate o donuts, seguramente, también encontraré una deliciosa taza de chocolate recién hecho. Luego bajaremos al local de la planta baja donde tiene el estudio de fotografía.

Palpo por encima del pantalón para asegurarme de que tengo el pendrive en el bolsillo, así que, cuando él salga para ir al banco o a cualquier otro recado, aprovecharé para introducirlo en su portátil y descubrir qué se esconde en el interior de ese pequeño cacharro.

Porque, aunque he dado por hecho que el pendrive pertenece a Leo, también hay una posibilidad de que sea de Víctor. Y es que realmente, no conozco demasiado bien al vecino del lado, ni tampoco al resto de personas que viven en el barrio.

Leo me contó que, cuando él alquiló su casa, Víctor ya vivía aquí. Parece ser que se mudó al barrio cuando su mujer murió en un accidente, aunque no sé exactamente qué pasó. Tiene un hijo que vive en Sevilla, aunque no debe venir a menudo porque yo no lo he visto nunca. También tiene una hermana, pero, parece ser que llevan más de diez años sin hablarse.

Estoy tan absorta en mis pensamientos que no escucho a Leo, que acaba gritándome:

  • ¡Raquel! ¿Qué te ocurre? Hace rato que te estoy hablando y parece que estás en otro mundo ¿En qué piensas?
  • Estaba pensando en Víctor – contesto mirándole de reojo.
  • ¿En Víctor? ¿Por qué? ¿Qué ocurre con él? – me interroga con el semblante preocupado.
  • Pues pensaba en que no le conocemos mucho, al menos yo, no sé casi nada de él y parece que están ocurriendo cosas muy extrañas en el barrio – respondo observándole por el rabillo del ojo.
  • Bueno, hay más vecinos en el barrio y algunos son muy raros – dice él sonriéndome.
  • La mayoría son parejas o familias con hijos, él es el único solitario ¿no? – insisto.
  • Hasta hace poco yo también era solitario, hasta que llegaste tú – afirma mirándome con el semblante preocupado.
  • Sí, tú también hubieses sido sospechoso – explico sonriendo.

Llegamos delante de la casa de mis tíos y me acerco para darle un beso de despedida, pero él me abraza y me besa tiernamente en la boca, dejándome impregnada de su aroma particular, haciéndome temblar. Quedamos que, como siempre, iremos hablando por WhatsApp y nos despedimos.

Mientras subo corriendo por las escaleras, busco la llave que me dieron para que no tuviese que llamar al timbre, está en un pequeño compartimento del bolso, donde guardo todas las llaves.

Al entrar un suave olor a chocolate me despierta el apetito, así que me dirijo directamente a la cocina, donde Cosme está preparando el desayuno.

Le doy un beso en la mejilla, dispuesta a contarle todo lo que ha pasado está noche, sin embargo, antes de que pueda decir nada me pregunta:

  • ¿Por qué no has contestado a nuestras llamadas, Raquel?
  • ¿Llamadas? ¿Qué llamadas? – pregunto alarmada.
  • David te ha estado llamando y yo también. Y el todo el rato saltaba el contestador anunciando que el móvil estaba apagado o fuera de cobertura.

Atemorizada meto la mano dentro del bolso buscando el móvil, lo saco todo y veo que no está. Ahora no tengo manera de comunicarme con Leo. Debería volver a casa a buscarlo, sin embargo, veo a mi tío que me mira asombrado y decido preguntar:

  • ¿Ha ocurrido algo?
  • Es tu madre, ha intentado suicidarse – me explica cogiéndome de las manos.
  • ¿Mamá? ¿Ha intentado suicidarse? ¿Cómo? – tengo miles de preguntas aflorando en mi mente.
  • Por lo visto, David pasó ayer por su casa, porque no contestaba a sus llamadas y la encontró estirada en la cama, sin conocimiento, con un paquete de tranquilizantes vacío a su lado – expone observándome, mientras yo no puedo evitar sentirme culpable por haberla dejado sola.
  • ¿Cómo está? ¿Se pondrá bien? – pregunto con un temblor en la voz.
  • Le han hecho un lavado de estómago, aunque, parece ser, que está en coma. Desayuna un poco, pondré un cartel en la puerta y te acompañaré al hospital – contesta dejándome un bol de frutas recién cortadas y una taza de chocolate caliente.

Creo que me estoy mareando, noto que me fallan las piernas y me siento en una silla y, tapándome la cara con las manos, no puedo reprimir el llanto, sintiéndome culpable de lo que le pueda pasar a mamá. Tío Cosme se acerca y pone un brazo sobre mi hombro, mientras me acaricia suavemente la cabeza, como cuando era niña y en un intento de tranquilizarme me dice:

  • Todo se arreglará, ya verás. Cuando despierte y os vea a los dos junto a su cama, seguro que se animará y se pondrá bien.
  • Aunque despierte, seguro que ella nos ordenará que volvamos a casa, para poder obligarnos a hacer lo que ella quiera y nosotros no queremos aguantarla de nuevo, así que todo empeorará – respondo sollozando.
  • Mira, come un poco y luego ya veremos cómo lo solucionamos – sigue insistiendo.
  • Ya he desayunado, hemos pasado muy mala noche, después de escuchar un grito alarmante en la calle, han venido policías, bomberos y ambulancias. Nos han interrogado porque han encontrado una caja de música con un pulgar de una chica en su interior y ahora están buscando a una chica, que no saben si está viva o muerta – explico resumiendo la larga noche que hemos tenido.
  • Vaya, lo siento mucho. Mira, mientras te tomas el chocolate, bajaré a poner un cartel informando que hoy estará cerrado, luego sacaré el coche del garaje y mientras nos dirigimos al hospital me cuentas detalladamente todo lo que ha pasado esta noche, que parece sacado de una película de Agatha Christie – dice intentando animarme.

Cuando sale por la puerta, vuelvo a mirar dentro del bolso, buscando el móvil, saco todo lo que llevo y lo dejo sobre la mesa y, decepcionada, me doy cuenta de que me lo he dejado olvidado en casa, aunque no sé dónde.

Ahora me siento peor, no podré hablar con Leo, que, seguramente, intentará ponerse en contacto conmigo. Miro en el bolsillo, donde todavía tengo el pendrive, aunque, de momento, no averiguaré que esconde en su interior.

Además, estoy segura de que tanto David como el tío intentarán convencerme de que vuelva con mamá y yo quiero quedarme con Leo.

El rumbo de mi vida va empeorando por momentos, tengo la horrible sensación de estar montada en un tiovivo, dando vueltas sin parar, cada vez más rápido y, aunque estoy cansada de girar y deseo bajarme, un caballo me mira fijamente, obligándome a seguir.

(Continuará)

Lois Sans

5/02/2019

 

 

 

 

 

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