LA CAJA DE MÚSICA – 3. Un policía patoso

Los tres nos amontonamos en la ventana de la cocina buscando a ese pobre animal que, sin saberlo, nos tiene en vilo, sin embargo, la niebla todavía es bastante espesa y no nos deja ver nada más que sombras moviéndose de un lado para otro.

El vecino asegura que está en el arce y aunque, nos esforzamos en encontrarle, ninguno de los tres logramos distinguirlo, sin embargo, el hombre, no puede evitar hacer un comentario un poco lúgubre:

  • Estoy seguro de que está en el arce de vuestra casa y eso da muy mala espina, porque seguro que va a pasar algo malo.
  • Algo malo ya ha pasado, Víctor, lo están investigando – explico tímidamente.
  • Si, pero no encuentran nada, ni al cadáver ni al asesino – insiste el jubilado.
  • Tal vez no hay ni cadáver ni asesino – indico observando de reojo a Leo, que está pasmado, con la mirada fija en la calle.
  • Lo que tendría que hacer la policía es efectuar un registro en todos los garajes de las casas, que es donde la gente esconde las pruebas de sus pecados – propone Víctor.
  • Pensaba que ese era el último lugar donde hay que guardar las pruebas de un delito, suponía que lo mejor es deshacerse de ellas – afirma Leo.

Miro a Leo y pienso que, tal vez, ha dicho esto por experiencia propia, seguramente porque ha hecho algo, aunque quizás solo lo ha visto, tampoco lo sé realmente, todo son conjeturas, la mente trabaja rápido.

Mientras ellos siguen debatiendo de cuál es la mejor manera de llevar una investigación policial, yo reflexiono en lo mucho que ha cambiado mi vida en poco tiempo, ya que un año atrás vivía con mi familia, mi padre, mi madre, mi hermano y Bartolo, nuestro gato y creía que era feliz.

Papá trabajaba en el banco, mi hermano David en una tienda de electrónica, mamá en un supermercado y yo estudiaba. Nuestra vida familiar parecía perfecta hasta que papá se enamoró de una chavala que podía haber sido su hija y decidió marcharse de casa. A mamá se le sentó muy mal y el médico le diagnosticó una depresión, le dio la baja laboral y, a partir de ese día, la convivencia en casa empezó a ser insoportable. Se pasaba todo el día quejándose de su mala suerte, renegando de papá y obligándonos a hacer todas las tareas de la casa mientras ella, nos seguía y criticaba todo lo que hacíamos. Más que estar deprimida parecía que se vengaba de papá a través de nosotros.

Al cabo de un par de meses, David se cansó de esta situación y nos anunció que se iba a vivir con unos colegas, así que nos quedamos solas. Entonces renegó de que no teníamos suficientes ingresos y me obligó a dejar los estudios y buscarme un trabajo.

Tuve suerte de que el tío Cosme, hermano de papá, me contrató como ayudante en su estudio de fotografía, después de que su hijo Nicolás se marchó a Berlín a trabajar como fotógrafo freelance.

A mamá no le gustó que me fuese a trabajar con su cuñado y siempre criticaba a toda la familia, a Cosme porque dice que la fotografía no es un trabajo, a su mujer Lidia, porque es funcionaria en Hacienda y a Nicolás por haber abandonado a sus padres.

Nuestra relación madre-hija iba de mal en peor, ella seguía de baja por depresión, se pasaba el día en la ventana espiando a la gente del barrio y, encima, pretendía que cuando terminase mi horario laboral, fuese a casa y me quedase con ella a criticar a todo el mundo. Por lo que, cuando salía con las amigas, me llamaba continuamente al móvil llorando y quejándose de que la tenía abandonada y acusándome de ser una mala hija.

Por eso, cuando me llamó Pablo para que le ayudase a organizar una fiesta de cumpleaños para su hermana Cristina, que es mi mejor amiga, tuve que suplicar a mamá que me dejase ir, prometiéndole que no llegaría demasiado tarde a casa, como la Cenicienta.

Así pues, el sábado por la tarde fui a la dirección que me había facilitado Pablo, un pequeño bar propiedad de un amigo suyo. Era un local bastante pequeño, así que retiramos las mesas y sillas hacía la pared, en la barra colocamos, bocadillos, canapés, pastelitos salados, tortillas con patatas y otros manjares. En las mesas pusimos las bebidas, colas, naranjadas, limonadas y cócteles. Edgar, el primo de Pablo y Cristina, hinchó globos de colores con un compresor y, mientras yo me entretenía encendiendo centenares de velas aromáticas, se acercó un amigo de Pablo y me dijo:

  • ¿Quién es esa chica preciosa que se dedica a encender velas?

Sonriendo y con la cara sonrojada levanté la cabeza y me quedé embobada observando su sonrisa cautivadora y esa mirada verde penetrante, mientras encajábamos nuestras manos.

  • Raquel – contesté al tiempo que él tiraba de mí y me besaba en las mejillas.
  • Mucho gusto Raquel, soy Leo – dijo mientras sacaba un mechero del bolsillo y me ayudaba a encender el resto de las velas.

Justo cuando acabamos, Pablo avisó de que su hermana estaba a punto de llegar, así que apagamos las luces, dejamos las velas encendidas y nos escondimos detrás de la barra. Cuando ella entró salimos todos a la vez, cantando “Cumpleaños feliz” y Cristina, sorprendida y radiante nos saludó mientras le entregábamos nuestros regalos.

Leo y yo no nos separamos en toda la noche, comimos juntos, brindamos y nos reímos con sus chistes malos. Me impresionó cuando me confesó que era ejecutivo en una multinacional, aunque no sabía muy bien que quería decir. Él también pareció sorprenderse cuando le expliqué que era fotógrafa, aunque me guardé que mi trabajo consistía en ayudar al fotógrafo en bodas, bautizos y comuniones.

Seguimos viéndonos cada día, durante varias semanas, hasta que un día me invitó a cenar a su casa. Cuando se lo conté a mamá tuvimos una fuerte pelea y me amenazó diciendo que, si iba a cenar con él, ya podía recoger mis cosas y marcharme de casa, que no quería verme más, insistiendo en que era indecoroso que una chica joven fuese a cenar a casa de un hombre soltero y, aunque insistí, en que era mayor de edad, ella no paraba de gritar, hasta que le dije que no me extrañaba que papá se hubiese ido de casa y reaccionó poniéndose a llorar.

Me marché de casa llorando, Leo escuchó atentamente toda la historia y luego me propuso:

 

  • Se me ocurre una idea, podrías quedarte unos días en mi casa. Si funciona bien, perfecto y si no sale bien, ya buscaremos otra solución.
  • No sé, me parece muy precipitado, no nos conocemos suficiente – dije un poco acalorada.
  • Sé de sobras que es precipitado, sin embargo, tu madre cada día parece que está peor, se está volviendo una “loca tóxica” y no quiero que te arrastre hacia su mundo oscuro – explicó él.
  • ¡Uf! Seguro que, si le digo que me voy de casa, me monta un “pollo” – contesté un poco agobiada.
  • Vale, entiendo, pero vamos a hacer una cosa, hoy cenamos, luego te quedas en casa y mañana lo acabas de decidir. ¿Qué te parece? – siguió insistiendo.
  • De acuerdo, pasemos esta noche y mañana ya veré – asentí en un intento de terminar con esta polémica.

Me llevó a su casa en un barrio de las afueras, en una calle con poco tránsito, donde una hilera de casas bajas miraba frente a un pequeño bosquecillo con árboles de diferentes tipos. La calle, bastante estrecha, da a una plaza redonda, con una farola en medio, un par de bancos y una papelera. La casa de Leo es la última, junto a la plaza, al otro lado vive Víctor.

En el patio tiene un pequeño arce y tres maceteros de piedra blanca con geranios de colores, tres escaleras llevan a un pequeño porche, donde se mueve una mecedora de madera, un poco apolillada. La puerta de entrada está pintada de blanco y da a un salón bastante grande, con una chimenea a la izquierda, delante una alfombra con dibujos rojos, un sillón y un sofá de piel en color negro. A la derecha hay un cuarto de baño, una escalera de caracol y al otro lado de la puerta de entrada, la cocina, alargada y muy luminosa, con un gran ventanal por donde se cuela el sol al mediodía, una mesa redonda, de color blanco como los armarios resaltan en la pared oscura. En el piso de arriba hay una única habitación con una cama enorme, dos mesitas, un armario empotrado y un cuarto de baño.

Esa noche había preparado espaguetis y tarta de chocolate, brindamos con vino blanco y luego me cogió en brazos y me llevó a su habitación por la escalera de caracol. Hicimos el amor hasta que quedamos exhaustos y nos dormimos abrazados. Cuando desperté, por la mañana, supe que quería quedarme con él para siempre.

Así que cuando, de nuevo, me ofreció quedarme en su casa, le dije que sí. A mediodía, aunque llovía a cantaros, me acompañó a casa y se quedó en el coche esperando, mientras yo preparaba una maleta con mis cosas, escuchando los gritos e insultos de mamá. Me dolía escuchar de su boca que ojalá no hubiese nacido, que quería verme muerta, humillaciones de todo tipo, sin embargo, me callé y cuando llegué a casa de Leo llamé a mi hermano para informarle de que me había ido de casa.

David intentó convencerme de que debía volver con mamá, decía que era demasiado joven, que no conocía a Leo lo suficiente, que tal vez era un loco que quería abusar de mí. Le dije que la loca era mamá y que con Leo me sentía protegida. Fin de la conversación.

Sé que Leo no es una persona típica, ni siquiera sé si realmente es ejecutivo en una multinacional y sé, de sobras, que me esconde muchas cosas, pero me gusta mucho, me encanta su casa y, casi siempre, me siento segura con él.

Me asomo de nuevo a la ventana, ahora parece que la niebla no es tan espesa. El camión de bomberos ya se ha ido, pero todavía se ven las luces naranjas de la ambulancia. En medio de la acera hay un grupo de personas formando un corro.

Después de un buen rato hablando, se separan, parece que siguen buscando algo, todos llevan linternas, aunque no hacen demasiada luz. Parece que la inspectora está riñendo a su compañero, que lleva una pequeña caja de madera. De repente, el hombre se gira, tropieza y se abre la caja, dejando caer un objeto. La mujer se enfada mucho, él se agacha y, en un momento que la niebla se disipa un poco, observo que está recogiendo algo parecido a un dedo pulgar.

(continuará)

Lois Sans

22/01/2019

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