La cena de Nochebuena

Aunque más de una vez me han apodado golfa, roba novios, culisuelta, incluso ramera, nunca me he sentido ofendida, tal vez porque sé de sobras que mi comportamiento no es del todo habitual, en fin, confirmo que suelo ser un poco especial con mis relaciones amorosas, sobre todo, porque me gustan los hombres comprometidos y además me encanta saltarme las reglas.

Después de observar los acontecimientos que me han ido sucediendo a lo largo de mi vida y mi comportamiento, en especial, he llegado a la conclusión que el lugar que ocupas en la familia es muy importante tanto para el crecimiento personal como en las relaciones con los demás. Eso lo leí en un libro y estoy convencida de que, al menos en mi caso, es cierto.

Así pues, esa es la mejor excusa que puedo ofrecer para justificarme, puesto que soy la mediana, me llevo cinco años con Valentina y cuatro con mi hermano pequeño Miguel.

Valentina siempre ha sido la guapa, inteligente, simpática, un modelo a seguir. Miguel siempre ha sido dulce, mentiroso, travieso y mimado, todos lo adoran. Y yo, siempre he sido un poco invisible, ni tan guapa como Valentina ni tan encantadora como Miguel.

Mi relación con ellos es casi inexistente, sobre todo con Valentina, que siempre puso una valla invisible a nuestra relación, nunca ha querido jugar a muñecas conmigo ni me ha confiado sus secretos, tratándome como una niña más pequeña de lo que en realidad era. Cuando venían sus amigas a casa, mi madre me mandaba cuidar de Miguel, dejándome aislada de esa camaradería, consiguiendo que, a escondidas, escuchase sus conversaciones y anhelara todo lo que ella había conseguido, amigas, fama, admiradores.

Y lo que me sacaba de quicio era cuando en clase la maestra me decía:

  • Maribel, tienes que fijarte más en Valentina, ella es muy buena chica. Bueno, tu también lo eres, pero diferente.

Cuando cumplí catorce años, esperaba una fiesta de cumpleaños más adulta y me encontré con una merienda con tíos, tías, primos, primas y mis hermanos. Los globos de colores sobraban, la música de los payasos de la tele era odiosa, la tarta de nata con flores de color rosa no me apetecía y los regalos eran demasiado infantiles.

A partir de ese día decidí que ya estaba harta de ser invisible, aprovecharía la información que había recopilado espiando a mi hermana y a sus amigas, me miré al espejo desnuda y supe que había llegado el momento de ser una chica traviesa y divertida.

Me enteré de que Valentina había empezado a salir con Fernando, un jugador de baloncesto, propietario de una Bultaco roja por el que todas las chicas suspiraban, de manera que ella estaba orgullosa que la hubiese elegido entre todas las niñatas que iban detrás de él y su moto roja, por lo que empecé a tramar un plan para quedarme con Fernando y dejarla compuesta y sin novio, convencida de que se lo merecía.

Fue bastante fácil, le cogí prestada una minifalda a mi hermana, los zapatos de tacón a mi madre y el pintalabios rojo a mi abuela y me vestí con una chica mayor. Salí de casa sin que nadie me viese y me escondí en un portal cerca de la cafetería donde él quedaba con sus amigos. Cuando vi que aparcaba la moto y se quitaba el casco, me acerqué contorneando mi cuerpo, simulando que chocaba con él sin darme cuenta, haciendo como que me caía, mientras él se apresuró a cogerme en sus brazos. Clavé mi dulce y cándida mirada en sus ojos verdes y le dediqué mi mejor sonrisa. Se quedó absorto mirando mi escote al tiempo que me preguntaba:

  • Hola Maribel, que sorpresa más agradable. ¿Qué haces aquí?
  • Hola Fernando, ya ves, he quedado con una amiga y me ha dejado en la estacada. ¿No te parece una injusticia? – me apresuré a comentar mientras le guiñaba un ojo con picardía.
  • Pues sí, es una verdadera injusticia. Por cierto, estás muy guapa – dijo al tiempo que me examinaba de arriba abajo deteniendo descaradamente su mirada en mi delantera.
  • Me alegro de que te des cuenta, porque a mí me gustas mogollón – contesté rozando suavemente con el dedo índice el contorno de su boca, mientras él empezaba a babear.
  • ¿Qué te parece si te llevo a dar una vuelta en moto? Así te desquitas un poco de la injusticia por abandono – preguntó mientras me entregaba un casco y él se colocaba el suyo.

Sin dejar de sonreír me coloqué el casco y monté en su fabulosa moto al mismo tiempo que él la ponía en marcha. Arrancó con fuerza por lo que aproveché para agarrarme firmemente a su cuerpo permitiendo que mis grandes tetas se apoyaran sobre su espalda.

Dio una vuelta por algunas calles de la ciudad y luego cogió una carretera secundaria, de esas por las que hay poca circulación, de las que llevan a ninguna parte. Luego siguió por una pista de tierra hasta llegar a una pineda, donde paró la moto, dejamos los cascos al lado de un árbol, me cogió de la mano y caminamos lentamente por un estrecho camino bordeado por árboles hasta que llegamos a un claro, un espacio redondo, rodeado de rocas por todas partes menos la que daba al rio, era como una pequeña playa, donde había una pequeña cabaña de madera a un lado y al otro una canoa atada a un árbol. Parados enfrente del río con el sol escondiéndose tras las montañas, pasó su brazo encima de mi hombro atrayéndome hacía él formando un paisaje de postal. Un agradable aroma a ginesta nos envolvía los sentidos y mirándonos a los ojos nos besamos por primera vez.

Luego, se apartó un poco y mientras me miraba fijamente pidió:

  • Supongo que te lo han dicho miles de veces, pero creo que estás muy buena. Tienes una cara preciosa, un cuerpo perfecto, eres simpática y divertida. Me gustas mucho. Me gustaría verte desnuda, pero todavía eres pequeña y no sé si te atreverás.

Entonces se acercó lentamente sonriendo, me desabrochó la minifalda vaquera, dejándola caer al suelo, a continuación, me quitó la camiseta y me quedé en ropa interior, él se apartó inspeccionando con descaro mi cuerpo, luego se acercó, me abrazó y me besó al cuello varias veces hasta que nos fundimos en un largo y sensual beso en la boca, entrelazando nuestras lenguas, degustando nuestros diferentes sabores.

Me estremecí al notar un bulto entre mis piernas y un rubor cubrió mi rostro haciendo sentir avergonzada, por lo que cerré los ojos dejándome llevar por su supuesta experiencia. Mientras él me desabrochaba el sujetador, aproveché para desabotonar sus vaqueros deseando con urgencia acariciar sus intimidades y metí mi mano en su interior haciéndole estremecer de manera que me di cuenta de que me estaba metiendo en un terreno muy peligroso, aunque, no podía volver atrás, porque ese juego me estaba gustando demasiado.

Como si fuese un milagro, justo cuando acariciaba su duro miembro, se oyeron unas voces infantiles cantando y gritando, cada vez más cerca. Sorprendidos y azorados, nos vestimos rápidamente y al cabo de un momento aparecieron un grupo de escoltas de ocho o diez años con sus guías.

Disimuladamente, sonreímos, les saludamos y nos alejamos por donde habíamos venido, montando a toda prisa en la moto para desaparecer de su vista. Respiré aliviada puesto que yo no quería perder mi virginidad en sus brazos y, mucho menos, en ese lugar.

Claro que él tenía una idea muy diferente y estaba seguro de que había caído en sus redes, puesto que me pregunto:

  • ¿Dónde crees que podríamos ir para terminar lo que hemos empezado?
  • Vaya, lo siento, deberemos dejarlo para otro día porque hoy se me ha hecho tarde y mi madre me está esperando – contesté con una sonrisa.
  • De acuerdo, entonces ¿cuándo quedamos? – insistió un poco molesto.
  • Verás, según tengo entendido, estás saliendo con mi hermana, por lo que, si estás interesado en progresar conmigo, deberás dejarla primero, no puedes ir con las dos ¿no crees? – propuse esperando que me escogiera a mí.
  • Claro, tienes razón, esta tarde iré a verla y cortaré con ella, así podemos quedar tú y yo mañana. ¿Te parece bien? – planeó Fernando.
  • Cuando hayas cortado con ella seguiremos hablando – contesté satisfecha.

Se iba a enterar mi hermana, doña perfecta, se quedaría compuesta y sin novio. En cuanto a Fernando no era mi tipo, así que en cuanto cortó con Valentina y sin darle demasiadas explicaciones, le deje tirado.

Aunque no sé qué les contó a sus amigos, que mi miraban con ojos de deseo y se peleaban pidiéndome citas. En cuanto a mi hermana, no se enteró de nada, bueno supo que alguna fulana, como decía ella, le había levantado a su chico, sin embargo, nunca supo que había sido yo.

Ese fue el principio de mi carrera vocacional, quedarme con los chicos de las demás. Me sentía tan fuerte que deseé encontrar a alguien a quién entregarle mi virginidad, pero no quería un niñato, buscaría un hombre de verdad, por lo que se me hacía muy difícil puesto que en mi clase todos eran muy críos y en la clase de mi hermana ya los conocía a todos y no me gustaba el rollo que llevaban. Debía buscar en otro circulo y entonces tuve una brillante idea, debería ser un profesor o tal vez el padre de alguna amiga.

Amigas íntimas solo tenía una, Lidia, que compartíamos todo desde pequeñas, pero su padre era un poco gordo y demasiado calvo, no tenía hermanos, solamente una hermana más pequeña y sus tíos vivían lejos. Profesor, solamente tenía uno, el de inglés y era demasiado viejo. Me estuve estrujando el cerebro pensando en algún madurito que estuviese bueno y me enseñase como funcionaba todo eso del sexo, porque ahora que había dejado que acariciaran mi cuerpo, tenía muchas ganas de repetir.

No tuve que esperar demasiado, choqué con él al salir del ascensor, tendría unos treinta años, alto, fuerte, el pelo rubio, un rizo juguetón caía sobre sus grandes ojos grises y un hoyuelo en el mentón remataba ese aire entre simpático y bohemio, desprendiendo un agradable aroma a sándalo que envolvía los sentidos y me hacía perder la cabeza. Me sonrió y sus blancos dientes me arrastraron a otro mundo, sintiendo como si fuese a despegar.

Se disculpó y mientras él montaba en el ascensor yo me quedé pensando en cómo conseguiría atraparle, imaginándome que era una araña tejiendo su tela donde atraparía a la presa para desmenuzarla y comérsela después.

En clase me fue imposible concentrarme, solo podía pensar en él, aunque no sabía su nombre ni siquiera en qué piso vivía, por lo que al llegar casa se lo pregunté directamente a mamá.

Me dio un escalofrío de placer cuando me explicó que su nombre era Berto, recién casado con Charo y acababan de llegar de luna de miel, estuvieron en Canarias y les hizo muy buen tiempo. Y es que mi madre lo sabe todo de la gente del barrio.

Y yo buscando una víctima cuando la tenía al lado de casa. Encima casado y guapo.  Maquiné un plan, porque con este sí que iba a perder la virginidad, era la víctima ideal.

A partir de ese día empecé a vestirme sexy para que se fijase en mí si coincidíamos en la entrada o en el ascensor. Estudié sus horarios y pasados quince días había averiguado que Berto trabajaba en Hacienda, se iba a las siete y media de casa, volvía sobre las cuatro, aunque algunos días, por la tarde se iba al gimnasio o quedaba con sus amigos. Charo trabajaba en una tienda de ropa, salía de casa a las nueve y media, volvía a las dos y media, se iba de nuevo a las cuatro y media y no regresaba hasta las nueve, algunos días más tarde porque practicaba yoga.

Cuando logré memorizar sus horarios, llegó el momento de entrar en acción, así que me vestí con una minifalda de volantes blanca y un top muy ajustado, sin ropa interior. Cuando oí que se había ido Charo, llamé a la puerta y me abrió medio desnudo, con un pequeño pantalón corto blanco, bastante transparente, haciendo que un escalofrío atravesase mi cuerpo situándose, especialmente, en esa zona que deseaba que él acariciara. Ruborizada, me comí la vergüenza y le dije:

  • Hola vecino, me han dicho que eres un experto en contabilidad, porque trabajas en Hacienda y vengo a pedirte que me ayudes.
  • Bueno, ahora iba a echarme una siesta, pero… – empieza a decir, sin embargo, me había colado en su casa y, sin que pudiese hacer nada, me senté en el sofá con las piernas un poco abiertas, enseñando un poco de mí.

Asombrado, cerró la puerta, entró en el salón y con una preciosa sonrisa me dijo:

  • Siéntate en el sofá, como si estuvieras en tu casa.
  • Gracias, eres muy amable – contesté riendo mientras me notaba más eufórica o caliente, como se dice vulgarmente.
  • Bien, tú dirás – siguió mirándome con curiosidad y un poco turbado por mi descocada desfachatez al sentarme con las piernas entreabiertas, lo justo para que adivinara que había bajo tan poca ropa.
  • Pues he venido a darte la bienvenida al barrio, me gusta hacerlo con aquellas personas que me interesan especialmente, como tú – contesté mientras le pedía por señas que se acomodase a mi lado.

Un poco turbado decidió sentarse en una silla enfrente de mí, aunque demasiado lejos para que pudiese llevar a cabo mi plan. No tuve más remedio que levantarme y, descaradamente, sentarme en su regazo mientras le besaba larga y sensualmente en la boca. Y aunque al principio puso resistencia, acabamos estirados en el sofá, con la falda levantada y sus manos acariciándome el culo mientras le quitaba esos pantalones cortos que le quedaban tan sexys.

Lo que pasó a continuación fue muy rápido, porque, de repente, estábamos en su cama de matrimonio, desnudos, metiéndonos mano, resbalando nuestras lenguas por algunas partes de nuestros cuerpos, sin prisas, pero sin pausas, sucediendo todo lo que había soñado y más.

Cuando por fin entró dentro de mí, regalándome parte de su ser mientras yo le obsequiaba con mi virginidad, él empezó a repetir en voz baja:

  • Charo, Charo, Charo
  • Eres perfecto – contesté para quitarle importancia, sin embargo, se levantó y me rogó que me marchase, mientras yo le miraba suplicando.

No quise abusar de esta primera vez, el daño ya estaba hecho, así que me levanté me vestí y me marché a casa, dejando caer un pendiente en forma de pluma, esperando que ella lo encontrase.

No me crucé más con Berto y, aunque llamé a su timbre varias veces más, no me abrió la puerta a pesar de saber que él estaba dentro. En cambio, sí que me cruce algunas veces con Charo, que me saludó muy educadamente y me hizo creer que no se enteró de nada, así pues, estaba segura de que Berto y yo teníamos un secreto.

Berto fue óptimo para coger experiencia y perder mi virginidad, ahora ya estaba preparada para buscar una nueva víctima y pronto apareció.

Esta vez me había fijado en Rodrigo, un profesor de música, que daba clases de piano en su casa. Le pedí a mi madre que me apuntara diciéndole que para mí era muy importante aprender música para desconectar de la presión de los exámenes y picó. Averigüe a que hora se quedaba solo en casa, su mujer Martina, trabajaba en un Centro de Masajes y volvía tarde a casa, por eso yo era la última alumna antes de terminar la jornada.

Después de mi experiencia con Berto, está vez fue pan comido, en la primera clase conseguí que me metiera mano en las tetas, en la segunda rocé su paquete con mis dedos y en la tercera acabamos en la cama. Y así seguimos, cada martes a la misma hora, empezábamos tocando el piano y acabábamos sobándonos en la cama hasta que una tarde Martina regresó más pronto a casa y casi nos pilló. Esa sensación de peligro hizo que me excitara más y, aunque necesitaba seguir con las clases de piano, Rodrigo me pidió que no volviera, excusándose en que yo era menor de edad y eso podría traerle muchos problemas.

Al principio me disgustó que me dejase él, pero enseguida encontré quien le sustituyera y la lista de experiencias fue creciendo, como por ejemplo: Pepe el encargado del supermercado, Toni el dependiente de la ferretería, Luís el cocinero de la Pizzería, Marcos el electricista del barrio, Juan el cartero, Martín el padre de una compañera, todos estos y algunos más tuvieron experiencias inolvidables conmigo, algunas de sus mujeres sospecharon que habían estado con otra y alguna nos pilló, pero yo disfruté con todos ellos.

A punto de cumplir los veinte, Valentina se casó con Enrique, alto, un poco fondón y algo calvo, bastante mayor que ella y trabajaba como comercial en una empresa de deportes, por lo que se pasaba toda la semana fuera de casa. Desde el incidente de Fernando no me había fijado en ninguno de sus novios, tal vez porque los que escogía no me gustaban. Tampoco me habría fijado en Enrique porque no era mi tipo, incluso se parecía demasiado a papá y, aunque parecía que se querían mucho, decidí ponerle a prueba el día de la boda.

Aunque dicen que las novias son las que atraen las miradas de todos, yo conseguí que todos los hombres entre quince y ochenta años deseasen estar conmigo. Llevaba un vestido largo, rosa, de tul transparente, sin ropa interior, así que a contraluz se veían mis largas piernas, mi culito respingón y por el escote se adivinaban mis redondas y duras tetas. En la peluquería me recogieron mi larga cabellera morena en un moño bajo y me maquillaron, con lo que todos babeaban mirándome.

Dejé que todos bebieran y bebieran, sobre todo los novios, que brindaron sin parar y cuando vi que Enrique se levantaba para ir al baño, me deslice disimuladamente y esperé a que se quedara solo. Me apoyé en el alfeizar de la puerta, le sonreí mientras le guiñaba un ojo, sabiendo que la luz me favorecía y él repasaba lo que había en el interior del vestido transparente.

En el momento en que se secaba las manos, tiré de él suavemente hasta el cuarto de las escobas y sin que le diera tiempo a nada, me levanté la falda y dejé que me acariciara mientras le besaba en la boca. Estábamos bajo los efectos del alcohol y, sobre todo él, iba muy caliente, así que, simplemente nos desfogamos en ese pequeño cuarto. Cuando acabamos de follar me pidió discreción, suplicándome que no se lo contase a nadie, sellamos un pacto y sabe que siempre me tendrá que defender en las comidas familiares.

Conocí a Fran cuando fui de vacaciones a Mallorca con mi amiga Angela. Estaba en la habitación del lado con su novia Tere, sin embargo, sé que lo nuestro fue amor a primera vista, sobre después de verme tomando el sol, desnuda, en la terraza.

Aunque a primera vista creí que no era mi tipo, porque tenía la cara aniñada, el pelo rubio, un poco largo, un mechón cayendo permanentemente sobre sus ojos azules como el mar donde nos bañábamos. Le encontraba guapo, pero me parecía demasiado infantil y yo buscaba hombres rebeldes. Por eso no le presté especial atención hasta que una noche fuimos a cenar en el patio de un conocido restaurante donde solían actuar grupos musicales en directo, estaba todo ocupado y ellos estaban sentados en una mesa de hierro forjado con un banco de madera. Al vernos nos pidieron que nos sentáramos con ellos. Compartimos la cena, bebimos vino y cervezas, cantamos con el grupo que amenizaba la velada con sus guitarras acústicas y nos reímos de los chistes malos que contaba Angela. Me levanté para ir al baño y noté que me costaba enfocar, demasiado alcohol, pensé. Subí despacio por la estrecha escalera de caracol hasta el piso superior donde había una sala con mesas y sillas, aunque no había nadie, al fondo a la derecha una pequeña estancia con un lavamanos, un espejo antiguo y un secador, a la derecha una puerta donde había un váter y un pequeño lavabo. Entré y cuando iba a cerrar la puerta me lo encontré guiñándome un ojo mientras sonreía y me pedía permiso para entrar conmigo. Nos metimos los dos, nos besamos en la boca mientras nos quitábamos la ropa el uno al otro, follando encima con tanta pasión como si esa misma noche se fuese a terminar el mundo.

Justo cuando alcanzábamos el orgasmo, llamaron a la puerta y una señora pidió permiso para entrar, entre risas apagadas nos vestimos con la poca ropa que llevábamos y salimos primero yo y luego él ante la mirada atónita de la persona que quería entrar.

Después de ese fugaz pero intenso encuentro sentí temor al pensar que podría ser la persona con quién me gustaría compartir algunas de mis aficiones favoritas como el sexo con morbo, sin embargo no quería hacerme demasiadas ilusiones porque, como decía mi abuela: todo en la vida es temporal, si las cosas van bien, disfruta, si van mal no te preocupes porque no duraran siempre, tiene un principio y un final, sea bueno o sea malo, aprovecha lo bueno y aprende de lo que te ha hecho daño.

 Al día siguiente nos encontramos a Tere llorando, luego me gritó, me llamó “putón”, se lanzó sobre mí, quería pegarme, porque Fran la había dejado diciéndole que me prefería a mí. Menos mal que Ángela aceptó marcharse con Tere para que Fran y yo nos pudiésemos quedar algunos días más. Aprovechamos para conocernos mejor y sobre todo para follar en los sitios más inesperados.

Estando en la sala de espera del aeropuerto me confesó:

  • Cuando te vi por primera vez en la terraza supe que eras especial y te desee, ahora que te conozco mejor creo que me estoy enamorando de ti.
  • Me gustas, sin embargo, no creo en el tópico “para siempre”, estoy dispuesta a que continuemos juntos siempre que estés de acuerdo en que sea una relación abierta.
  • ¿Abierta? – pregunto él con un tono escéptico.
  • Sí, abierta, o sea, podremos salir con otras personas – puntualicé observándolo atentamente.
  • Bueno, me habría gustado tener una relación normal contigo – reclamó insatisfecho.
  • Quieres tener una relación normal, sin embargo, acabas de ponerle los cuernos a tu novia. ¿acaso crees que eso es normal? – aclaré.
  • Pero no volverá a pasar, tú eres especial – protestó suplicando.
  • ¿Estás seguro de que no volverá a pasar? Tengo experiencia y sé que siempre vuelve a pasar – aseguré intimidándole.

Se quedó callado y pensativo, supongo que se dio cuenta de que tenía razón. Empezamos a vernos cada día, salíamos juntos, paseábamos y saboreábamos nuestro deseo sexual buscando los lugares más insólitos donde disfrutar juntos. Nos encantaba gozar en los cuartos de baño de las casas que visitábamos, de nuestros amigos o familiares. Y así seguimos casi un año, viviendo y gozando sin preocuparnos de nada más, hasta que una noche mientras cenábamos en la terraza de un restaurante, se arrodilló y me pidió que nos casáramos mientras me ponía un bonito anillo en el dedo y, sin pensarlo, acepté.

Preparamos una boda romántica en la cubierta de un barco. Papá me acompañó al altar vestida como una princesa y me encantó ser la protagonista de una historia romántica perfecta. Incluso nos fuimos de Luna de Miel al Caribe y seguimos disfrutando del sexo buscando morbo en espacios insólitos.

Estaba eufórica y atemorizada a la vez, sabía que nuestra historia tendría un final y me daba miedo pensar en ese momento, incluso pensaba de qué manera ocurriría, si sería porque otra golfa se interpondría en nuestras vidas o si llegaría un momento en que ya no nos apeteciera follar juntos.

Por eso, cuando me confesó que le gustaría ser padre, supe que había llegado el momento temido, porque yo jamás había pensado en esa posibilidad, en ningún momento se me había pasado por la cabeza quedarme embarazada.

Supongo que se dio cuenta de que se había equivocado y lentamente aceptó la dura realidad, nos fuimos distanciando, él quedaba con sus amigos y yo me iba de copas con las compañeras del trabajo.

A punto de cumplir los cuarenta, me apunté a una web de contactos y entonces me di cuenta de que algo había cambiado en mí, puesto que siempre los había preferido mucho más mayores que yo, menos con Fran que solo nos llevábamos cinco años y ahora me miraba chicos jóvenes, bastante más jóvenes, me gustaban los adolescentes de culo prieto y cara aniñada, aunque sabía que debía ir con cuidado y escogerlos mayores de edad si no quería tener problemas.

Sin embargo, ya se sabe que, a veces, aquello que esquivas te acaba saltado encima y eso ocurrió con Iván, nos conocimos en la página de contactos, donde había mentido diciendo que tenía veinte años, aunque yo había rebajado la mía a treinta. Decidimos encontrarnos en un bar de las afueras, un lugar donde no pudiésemos encontrar a nadie conocido.

Al entrar me dio la impresión de meterme en un local del siglo pasado, olía a rancio, del techo colgaban pequeñas lámparas y debajo había algunas mesas con patas de madera y la parte de arriba de mármol, las sillas eran de madera marrón un poco despintadas y algo raídas por las carcomas. Al frente había un enorme mostrador, también de madera y detrás unas estanterías llenas de botellas de todo tipo, a la derecha, tocando a la pared, la cafetera emitiendo sonidos y dejando ir vapores.

Me senté a un lado, con un libro del “Pequeño Príncipe”, tal y como habíamos quedado. Observé a mi alrededor y, por un momento, me arrepentí de haber ido. Me sentía mayor y ridícula para un encuentro con un adolescente. Solo había otra mesa ocupada, en el centro, dos hombres (de mi edad) comiéndose unos bocadillos y bebiendo cervezas.

Desestimé la idea de pedir nada y, justo cuando iba a levantarme, llegó él, como una aparición, un ángel al que solo le faltaban las alas. Alto, delgado, el pelo castaño y rizado, los ojos almendrados color miel, la sonrisa blanca y fresca.  Dio un vistazo alrededor, miro mi libro y se acercó.

  • Hola, debes de ser Maribel, yo soy Iván – dijo al tiempo que me levantaba de la silla y nos dábamos dos besos de cortesía.
  • Encantada de conocerte, Iván – contesté demasiado nerviosa como para disimularlo.
  • ¿Qué te parece si nos vamos de aquí? No es el lugar adecuado para una primera cita – resolvió mientras me repasaba con la mirada.
  • Claro, por supuesto. ¿Y dónde tenías pensado ir? – me atreví a preguntar.
  • Tengo mi moto afuera, te llevaré a mi lugar preferido donde podremos charlar y conocernos mejor – contestó más seguro de si mismo que yo.

Asentí con la cabeza, demasiado nerviosa teniendo en cuenta que yo era la que debía tener más experiencia, sin embargo, al oír la palabra “moto” se pusieron en marcha los mecanismos de la memoria que sacan los recuerdos del baúl donde los hemos guardado y me acordé de Fernando, de su moto roja, cuando yo era una adolescente novata de catorce años que quería robarle el novio a su hermana.

La motocicleta de Iván no era tan potente como la de Fernando, al menos eso me parecía a mí y le propuse ir en mi coche, pero se apresuró a decir que en moto se llegaba antes, ya que podríamos esquivar las colas de coches que suele haber a esa hora.

Nos acoplamos en su motocicleta, con los cascos puestos y yo me agarré a él aplastando mis tetas contra su espalda mientras él cogía velocidad y sorteaba el denso tránsito. Salimos de la ciudad por la misma carretera que aquella vez y luego se desvió por la misma pista de tierra que entonces, llegando a la misma arboleda, donde aparcó y nos bajamos de la moto. Caminamos hasta la pequeña playa al lado del río, donde el sol empezaba a esconderse detrás de la montaña, mientras dejaba el cielo teñido de diferentes tonos en rosa y azul.

Cuando llegamos a la playa, me miró y guiñándome un ojo me confió:

  • Este es mi lugar preferido, vengo aquí cuando quiero estar solo y me ha parecido un bonito lugar para compartirlo contigo.
  • Es un lugar precioso, no había estado nunca aquí – mentí sonriendo.
  • ¿Qué te parece si nos contamos un poco de nosotros mismos? Para ir conociéndonos – preguntó mirándome a los ojos.
  • Claro, mira mi nombre es Maribel, trabajo como administrativa en una multinacional, me gusta leer, la música, la naturaleza y viajar – me arriesgué a contestar.
  • Yo soy Iván, estudio en el Instituto, me gustan las motos, el fútbol, el cine y la música – se apresuró a decir.
  • ¿Y cuantos años tienes? – pregunté un poco cohibida, deseando no conocer la respuesta, temiendo que sería demasiado joven.
  • Eso que importancia tiene, ninguna – contestó acercándose peligrosamente y rozando mi pelo con sus ágiles dedos.

A continuación, todo fue demasiado rápido como para recordarlo exactamente, nos besamos en la boca, mientras él me metía mano en el escote y yo le quitaba la camiseta. En unos segundos estuvimos desnudos, el uno frente al otro, abrazados, acariciándonos con urgencia, nos apoyamos a un árbol y follamos con pasión, dándolo todo, sin pedir nada a cambio.

Cuando me dejó en el portal de casa la razón se peleaba con el deseo y me imaginaba un pequeño ángel diciéndome al oído:

  • Tienes que dejarlo, es un niño, eso no está bien, eres mala y golfa

Y en el otro oído un pequeño demonio ordenando:

  • Te gusta, le gustas y Dios dijo que había que enseñar al que no sabe, ahora no puedes dejarlo tirado. Lo estáis pasando bien los dos. Disfruta.

Aunque sabía que no estaba bien, siempre me ha gustado romper las reglas, así que determiné ir despacio y observar su comportamiento para decidir, sobre la marcha, los pasos a seguir.

Como nos habíamos facilitado nuestros números de móvil, al día siguiente me dio los buenos días mandándome una foto suya saliendo de la ducha y yo le contesté con una foto mía en ropa interior. A continuación, volvieron las dudas, el ángel y el demonio me estaban martirizando y yo tenía ganas de guerra.

Además, Fran se había ido a Madrid, donde estaría toda la semana a Madrid participando en un curso para directivos que organizaba el Banco donde trabajaba, así que tenía la casa para mi sola y eso me daba más morbo.

Mi horario era de ocho a tres, así que quedamos a las cuatro en mi casa, para que tuviese tiempo de comer algo. A menos cuarto llamó a la puerta, le abrí con una bata de seda y cuando me vio se abalanzó encima de mí comiéndome a besos. No llegamos a mi habitación, lo hicimos en el suelo del salón. Luego nos sentamos en el sofá, abrazados, con la tele encendida sin mirar, acariciándonos, mimándonos.

Por la noche sonó su móvil, era su madre que le preguntaba dónde estaba, le mintió diciendo que estaba en casa de un amigo, Sergio, donde se quedaría a dormir. Luego le mandó un WhatsApp a Sergio pidiéndole que mintiera por él, supongo que eso es amor.

Luego sonó mi móvil, era Fran, me llamaba desde Madrid para saber si todo iba bien, le dije que si y le pregunté si él estaba bien, parecía preocupado, tal vez tenia remordimientos por no haberse portado bien, pero a mi no me importaba en absoluto.

Cenamos desnudos y después nos fuimos a la cama, a jugar con nuestros cuerpos, él era muy joven e incansable y yo estaba en la gloria, me sentía amada y deseada más que nunca.

Después de una noche loca, por la mañana costó levantarse y tuve que apresurarme para no llegar tarde al trabajo. Cuando llegué a casa después de trabajar lo encontré sentado en el suelo del rellano, apoyado en la puerta, esperando a que llegase.

Seguimos con nuestras sesiones de sexo loco y volvió a quedarse a dormir, aunque esta vez ya había hablado con su madre. Aprovechamos toda la semana para estar juntos, el viernes llamó Fran para decirme que se quedaba en Madrid a pasar el fin de semana, porque la semana siguiente debería seguir con el curso. Dudando me preguntó si quería ir y supongo que respiró aliviado cuando le dije que había quedado con unas amigas para cenar el sábado por la noche.

El sábado por la noche Iván me pidió que me pusiera la bata de seda y unos zapatos de tacón. Él se puso un bóxer apretado con dibujos de animalitos follando, muy sexy. Luego pedimos unas pizzas para cenar y cuando llamaron al timbre me pidió un pañuelo de seda para vendarme los ojos, quería hacer un experimento porque había leído en un libro que cuando falta un sentido se agudizan los demás.

Me dejó un trozo de pizza y algo de ensalada en el plato y empecé a comer, sin embargo, tenía la sensación de que había alguien más en el comedor y se lo pregunté, a lo que él me contestó:

  • El chico que ha traído la pizza es amigo mío y le he pedido que se quede, espero que no te importe.
  • Es que pensaba que tendríamos una cita romántica – comenté un poco disgustada.
  • No te preocupes la cita romántica la tendremos igual, déjate llevar y disfruta – contestó en un tono un poco sarcástico que me dio a entender que estaba aprendiendo demasiado rápido.

No dije nada más, seguí comiendo pizza y ensalada. Cuando acabé me dejó un trozo de tarta de chocolate con nata y poco a poco me lo dio con una cuchara, cuando acabé el último trozo me besó larga y sensualmente en la boca mientras me acariciaba el culo a través de la bata de seda.

Me llevó al dormitorio y me ató los pies y las manos en la cama, luego abrió la bata dejando mi cuerpo al descubierto, con los zapatos de tacón puestos, supongo que debía darle morbo, así que no dije nada, porque me sentía realmente excitada, sobre todo por mostrar mi cuerpo desnudo sin poder ver nada.

Enseguida supe que era el otro chico el que me besaba en la boca, aunque lo hacía muy bien sabía diferente. Entretanto Iván aprovechaba para recorrer su lengua por mi sexo haciéndome enloquecer. Cuatro manos recorren más piel que dos y las sabían utilizar muy bien, acariciaban mi cuerpo con suavidad consiguiendo que estuviese en un éxtasis continuo, gozando al máximo.

Después me desataron y pude acariciarlos mientras entraban dentro de mí, gozando los tres hasta el éxtasis. Acabamos los tres estirados en la cama, exhaustos y satisfechos. Entonces decidí quitarme el pañuelo de los ojos y miré hacia los lados para conocer al amigo de Iván.

A la derecha tenía a Iván, desnudo, con su cuerpo bien proporcionado y a la izquierda me encontré con mi sobrino Lorenzo, también desnudo, con una sonrisa de felicidad en los labios. Me levanté cabreada, gritando unos cuantos insultos, riñendo a Lorenzo y buscando mi bata para taparme, porque, de repente, me sentía avergonzada. Lorenzo tenía…, creo que quince años y, además de ser menor de edad somos familia.

Mientras gritaba, Iván intentaba calmarme y Lorenzo empezó a buscar su ropa para vestirse. De acuerdo, tenía que tranquilizarme y pensar exactamente como actuar. Les pedí que se vistieran y esperaran a que me diera una ducha para despejarme.

Dejé que el agua fría cayese con fuerza sobre mi cabeza, mojando, además de mi pelo, mis miedos, sabía que la había cagado y mucho.

Cuando salí, los encontré sentados en el sofá, mirando el móvil, cada uno absorto en sus mundos adolescentes.

Les pedí el DNI, necesitaba saber exactamente la edad de cada uno de ellos, para actuar en consecuencia. Ni siquiera lo llevaban. Pregunte que curso estudiaban y me contestaron que estaban en cuarto de ESO, así que todavía no habían cumplido los dieciséis, no recuerdo en qué mes nació Lorenzo. Por suerte, Valentina me pidió que fuese la madrina de Carlota, su hermana menor.

De entrada, les dejo claro que esto no volverá a ocurrir y que queda terminantemente prohibido que se lo cuenten a nadie. N A D I E. Hacemos un juramento los tres sellando nuestro silencio y les despido con un casto beso en la mejilla, mientras les pido que sean buenos.

Cuando Valentina nos invitó a la cena de Nochebuena, dudé en inventarme alguna excusa, porque nunca me han gustado las reuniones familiares, sin embargo, me pareció que Fran estaba ilusionado, ahora que estamos bien juntos y tenemos una noticia que compartir.

Me siento rara sentada en la mesa, con Fran a mi derecha y mi cuñado Enrique a mi izquierda. Al lado se sentará mi hermana, luego Lorenzo que queda justo delante de mí y no sé si son imaginaciones mías, pero no me quita los ojos de encima, lo que me hace estar incomoda. A continuación, se sienta su hermana Carlota, mi ahijada, que me recuerda demasiado a mí, vestida con un vestido corto y escotado, demasiado sexy para una niña de trece años. Luego está mi hermano Pedro, muy contento con su nueva pareja Denis, un ruso muy guapo, con el que me gustaría pasar un buen rato, aunque tengo claro que nunca podrá ser. Junto a Denis se sientan mis padres y a su lado los padres de mi cuñado y luego Andrés, el hermano de Enrique y su mujer Eva. En total quince personas, para mí demasiadas.

Todo transcurre con cierta normalidad, hasta que, de repente, Fran se levanta y dice:

  • Familia, queremos compartir con vosotros una gran noticia. Estamos embarazados. ¡Un brindis por nuestro bebe!

Todos se levantan, Enrique, que está a mi lado, me abraza calurosamente, Lorenzo me besa en la comisura de los labios y yo no puedo evitar pensar que podría ser el padre de mi hijo, aunque prefiero creer que es Iván, con el que estuve toda la semana.

Mientras todos nos felicitan y brindamos recuerdo que cuando se lo comuniqué a Fran, sabiendo seguro que él no era el padre, se alegró y, sin dudarlo, dio por hecho que íbamos a estar juntos formando una familia y, aunque quise hablar de ello, aclarar la situación, él me pidió que lo dejásemos así y que le dejase ilusionarse con ser padre.

FELIZ NAVIDAD

Lois Sans

23/12/2018

 

 

 

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