Nadie es imprescindible

Siempre he pensado que el nombre que tenemos destinado cuando nacemos marcará el curso de nuestra vida, posiblemente hará de guía en algunas decisiones importantes o quizás será la excusa para los errores que iremos cometiendo. Supongo que el hecho que mi abuela decidiera ponerme África, igual que ella, no ha facilitado mi trayectoria, ya que, desde pequeña, he tenido que soportar innumerables bromas, la mayoría bastante desagradables, pero que, estoy segura, han servido para formar y fortalecer mi carácter.

A punto de cumplir cuarenta tacos, estoy orgullosa de mi nombre, sin embargo, me cuesta bastante reconocer el cambio de década, cuando todavía no he conseguido superar el trauma de cumplir treinta.

Por suerte disfruto con mi trabajo en una importante empresa de servicios, sobre todo, desde hace un par de años cuando me ascendieron a Directora Adjunta, donde estoy tan entregada y ocupada que no tengo tiempo para compadecerme de nada, ni siquiera de la dura tarea de cumplir años.

Sé de sobra que, en mi empresa, estoy muy bien considerada, por eso me pagan un buen sueldo, aunque no estoy segura de que me compense con la cantidad de horas que tengo que trabajar, las reuniones que debo preparar y algunos viajes, pagados por la empresa, a los que me tengo que enfrentar. A pesar de todo, he de admitir, que me encanta ese trabajo.

Desde hace casi veinte años comparto mi vida sentimental con Abel. Es ejecutivo del sector bancario y está tan ocupado como yo. Así, pues, los fines de semana, vacaciones o cualquier día libre que surja los dedicamos a nuestros deportes favoritos, senderismo, alpinismo, escalada y esquí.

También intentó pasar algunas horas a la semana en el gimnasio donde voy a clases de zumba spinning o danza del vientre y que me sirven como entreno para los deportes al aire libre.

Siempre que podemos, disfrutamos visitando países de cualquier parte del mundo tanto para conocer sus ciudades como para escalar sus montañas o para esquiar en sus estaciones de esquí, priorizando el contacto con la naturaleza. Lógicamente, nuestros amigos tienen las mismas aficiones y, aunque la mayoría tiene hijos, siempre conseguimos un par de semanas al año para viajar todos juntos, como hace dos o tres años en que logramos un mes de vacaciones en junio y nos fuimos a Nueva Zelanda a esquiar, donde la temporada alta va desde junio a octubre. He de destacar que lo mejor de todo fue poder practicar heliesquí, cuando un helicóptero nos dejó en la cima de una montaña y pudimos descender por nieve virgen disfrutando de unos paisajes increíbles.

Aunque tanto mi familia como la de Abel, nos apremian para que tengamos un hijo, no nos lo hemos planteado nunca en serio, tal vez no tenemos desarrollado el instinto o, quizás, no hay lugar en nuestras vidas para ocuparnos de otra persona. Incluso cuando estamos con los hijos de nuestros amigos me siento fuera de lugar, tal vez aún no se me ha despertado eso que llaman reloj biológico.

Por el momento nos hemos centrado en los bienes materiales como nuestra bonita casa con jardín y piscina en una buena zona de la ciudad, mi práctico todoterreno o el fantástico deportivo de Abel. Y, sobre todo, tenemos la suerte de contar con Ramón y Teresa, que se ocupan del mantenimiento de la casa, del jardín, incluso de hacernos la compra y cocinar para que, cuando lleguemos a casa, no tengamos que preocuparnos de las tareas domésticas.

Si bien estamos acostumbrados a compartir los viajes con nuestros amigos, en las últimas vacaciones de verano, debido a una serie de contratiempos laborales, Abel y yo solo coincidíamos una semana, así que decidimos ir a Gavarnie para subir al Monte Perdido por la Brecha de Roland, hacer vivac y, luego ascender al Marboré, al Casco y algún otro pico de la zona.

Javi y Alicia, una pareja joven, que hace unos meses se han unido a nuestro grupo, debido a que son vecinos de Jorge y María, también tenían vacaciones los mismos días y se sumaron a la expedición que estábamos organizando. He de confesar que no me apetecía demasiado que vinieran con nosotros, no sé si porque no los conocía demasiado, pero no pude negarme y nos animamos a preparar juntos una semana de vacaciones en plena naturaleza.

Los invitamos a cenar en nuestra casa para planificar la ruta, preparar el material necesario, organizar los menús y todo lo necesario para la excursión. Observé que eran una pareja un poco extraña, por una parte, parecía que por cualquier motivo se peleaban y gritaban, pero, por otro lado, al momento hacían las paces besándose y acariciándose acaloradamente, haciéndome sentir realmente incomoda.

Sin embargo, ya no había marcha atrás, todo estaba decidido, así que cuando llegó el día acordado, cargamos todo el material en mi todoterreno y salimos de la ciudad dispuestos a lanzarnos a la aventura.

La primera noche dormimos en un Hotel en Gavarnie. Nos levantamos temprano y, después de desayunar, subimos con el coche hasta Col de Tentes, situado al final de la carretera y que, desde Gavarnie, sube a Col du Boucharo (Bujaruelo)

Subimos hasta el collado, donde se divisa el refugio de Sarradets, en el cual íbamos a pasar la noche, con la cascada del Circo de Gavarnie al fondo y encima del refugio la gran Brecha de Roldan. Según dice la leyenda, las tropas de Carlomagno a su paso por Zaragoza estaban siendo aniquilados y, en su huida, Carlomagno vio que su sobrino Roldan había caído de caballo quedando inmóvil en el suelo por lo que todos le dieron por muerto abandonando su cuerpo entre la multitud de guerreros que habían perdido la vida allí mismo. Cuando Roldan salió de su estado inconsciente huyó con destino a tierras francesas perseguido por sus enemigos y, falto de fuerzas, llegó hasta Ordesa encontrándose que el Monte Perdido bloqueaba su paso, viéndose vencido no quiso que su espada “Durandal” cayera en manos musulmanas, así que la lanzó tan fuerte como pudo y en lugar de golpear contra aquella pared de piedras y caer al suelo, la atravesó creando una brecha que permitió a Roldan ver la tierra francesa antes de morir.

Admiramos el paisaje, fotografiamos la puesta de sol y nos hicimos selfis para compartirlos en las redes sociales, luego cenamos en el refugio y, después de repasar la ruta del día siguiente, decidimos ir a dormir, recordando que esta sería la última noche al abrigo de un refugio, puesto que los demás días teníamos pensado hacer vivac, debajo de alguna roca, en una cueva o, tal vez, bajo las estrellas.

Entramos en una habitación con varias literas comunitarias, donde nos acoplaríamos nosotros y otro grupo que había en el refugio. Javi subió a una litera superior y colocó su saco de dormir junto a la pared, a su lado Alicia, luego Abel y, finalmente, yo. A mi lado se colocó una chica de unos veinte años que formaba parte de un grupo de adolescentes que, sin ánimo de criticarles, los vi compartiendo unos porros cuando fui al baño.

Cansada por la ascensión me dormí enseguida. No sé cuánto tiempo pasó, pero me desperté repentinamente, percibiendo que Abel se movía mucho. Me giré para preguntarle qué pasaba y me quedé paralizada cuando creí oír besos, susurros y risitas apagadas. Sin atreverme a respirar, intenté interpretar cada ruido en medio de las respiraciones y ronquidos de los diferentes personajes que compartíamos la habitación. Abrí los ojos intentando descubrir exactamente qué estaba pasando a mi lado y cuando me acostumbré a la oscuridad vi las manos de Abel metidas en el saco de Alicia mientras se besaban y cuchicheaban riendo sin parar. Frustrada por el descubrimiento, no me atrevía a moverme, no sabía qué hacer. Paralizada por la incertidumbre, intentaba convencerme de que no era cierto, tal vez era una pesadilla de la que no podía despertar. Hasta ese momento, jamás me había planteado la posibilidad de que nuestro amor tuviese fecha de caducidad, me había imaginado que era para siempre, soñaba que envejeceríamos juntos, cogidos de la mano.

De repente, oí la vocecita suave y dulce de Alicia que, como una gata en celo susurraba:

  • Deberíamos parar, este no es un buen momento ni el mejor lugar. Además, mañana tenemos que levantarnos temprano.
  • Tienes razón. Un último beso y a dormir – contestó Abel dándole un sonoro beso en los labios, luego se giró hacia donde estaba yo y aprovechó para abrazarme.

En cuanto puso su brazo encima de mi cuerpo se me paró el corazón. El peso de ese brazo que había acariciado a la otra hacía unos instantes era insoportable para mí, me pesaba como si fuese de hierro. Una mezcla de odio y rencor se apoderó totalmente de mí y, aunque intenté evitarlo, comencé a sollozar, sorprendiendo a Abel que me miró extrañado mientras me susurraba al oído:

  • ¿Qué te pasa? ¿No te encuentras bien?
  • He oído como os besabais, creí que todo iba bien entre nosotros. ¿Desde cuando estás con ella? – me atreví a preguntar entre sollozos.
  • No es lo que piensas, yo te quiero a ti, ha sido la primera vez, no sé como ha ocurrido. Lo siento mucho – contestó cínicamente.
  • Claro ella es más joven, no se me había ocurrido que pudieses estar cansado de mí – susurré tragándome las lágrimas.
  • No digas tonterías. Te aseguró que no hay nada entre nosotros. Te quiero a ti, ya lo sabes. Mira, será mejor que intentemos descansar, mañana será un día duro y ellos están muy bien preparados y, como tú dices, son más jóvenes que nosotros. Tranquila, todo irá bien. Te quiero, de verdad – insistió, besándome en la mejilla, aunque yo sabía demasiado bien qué había escuchado y qué había percibido.

Al cabo de unos minutos le escuché respirar profundamente, el muy cabrón se durmió tranquilamente mientras yo me debatía en un infierno de dudas. Agotada por intentar  luchar contra miles de  pensamientos negativos, conseguí dormirme, no obstante tuve una horrible pesadilla en la que Javi, irónicamente, me decía que le gustaba mientras Alicia y Abel se enrollaban y acabábamos haciendo un intercambio de parejas, que, a mí, por supuesto, no me gustó.

Me desperté con un fuerte dolor de cabeza y con la horrible sensación de que se me habían pegado los ojos, intentando quitarme de la cabeza esa horrible pesadilla. Cuando por fin logré abrirlos, vislumbre un débil rayo de luz que intentaba colarse por una esquina de la ventana y daba un poco de claridad a la habitación. Miré a mi lado, Abel seguía durmiendo a pierna suelta, a su lado, Alicia también dormía con una sonrisa en los labios y, a su lado, Javi, estaba girado de cara a la pared. Entonces recordé la noche anterior, cuando pillé a Abel besándose con Alicia, suspiré, cansada por no haber dormido lo suficiente, sintiéndome cabreada, desengañada y, a la vez, rechazada.

No podía seguir a su lado, escuchando su respiración acompasada, esa misma respiración que unos días antes me daba seguridad y me ayudaba a relajarme. Pensé en cómo puede cambiar la percepción de una situación en un momento, como puede cambiar el transcurso de una vida perfecta, o que, tal vez la creemos perfecta. En un arranque de rabia, me levanté, salí al baño que estaba en una pequeña habitación contigua. Cuando volví al refugio, uno de los guardias se había levantado y estaba preparando los desayunos.

Sentada en una mesa con la cabeza apoyada entre las manos, me llegó el aroma de un café con leche que me dejó el guardia y que no tenía demasiada buena pinta, si tuviese que ponerle nota le daría un tres, aunque sé de sobras que en esta parte del mundo no se puede pedir nada mejor

Mientras removía el azúcar, recordé la primera vez que Abel y yo hicimos el amor. Hacía poco tiempo que nos conocíamos, habíamos coincidido en algunas reuniones y en varias excursiones, puesto que teníamos varios amigos en común. Unos compañeros más mayores habían preparado una expedición de una semana en el Pirineo, pero al final todos se rajaron y solo podíamos ir él y yo, pero no nos echamos atrás y decidimos ir al Parque Nacional de Ordesa. Acampamos su pequeña tienda en el valle de Pineta, para poder salir al día siguiente con la ruta que habíamos preparado, sin embargo, por la noche empezó a llover de tal forma que se nos mojó todo, la ropa, la comida, el material, en fin, la tienda estaba encharcada y el paraje enfangado. Cuando se hizo de día, aún diluviando, fuimos a una Pensión en el precioso pueblo de Ainsa y pedimos una habitación. Luego entramos en la única tienda que había entonces para comprar algo de ropa. Después de cenar, en la intimidad de nuestra rustica habitación, exploramos nuestros cuerpos por primera vez, disfrutando del sexo varias veces, como si fuese la última noche, como si no existiese el mañana.

Al levantar la cabeza le vi frente a mí, mirándome fijamente como si intentase adivinar mis pensamientos, se acercó, se sentó a mi lado, puso su brazo sobre mis hombros y, mientras me besaba en la mejilla, me dijo:

  • ¿Cómo está mi Continente esta mañana? ¿A punto para disfrutar con la naturaleza?

No me podía creer que actuase como si no hubiese pasado nada, Continente es como me llama en la intimidad, es una broma que empezó a hacerme cuando nos conocimos y que nadie más conoce.

Un nudo en la garganta me impedía responder, así que seguí removiendo el café, disimulando que estaba concentrada en la tarea.

Continuamos así un buen rato, hasta que el guardián trajo otro café de esos que no saben a nada y entonces apareció Javi, sonriendo, como si fuese el mejor día de su vida, mientras decía:

  • ¡Buenos días compañeros!
  • ¡Buenos días! – contestó Abel alegremente mientras yo seguía callada, removiendo mi café.
  • ¿Qué ocurre, África? ¿No te encuentras bien? – Preguntó Javi poniendo cara de preocupación.
  • Estoy de puta madre – refunfuñé mientras me levantaba bruscamente, vertiendo los cafés encima de la mesa.

El guardián se acercó renegando, con una bayeta en la mano y se ocupó de limpiar la mesa que goteaba café con leche por una esquina, mientras yo salía del refugio y me sentaba en una roca debatiendo si debía seguir con la expedición o si era mejor coger todas mis cosas, mi todoterreno y largarme a casa. Cuando miré hacia la puerta los vi observándome y murmurando. Aunque no oía que decían me habría gustado escuchar las explicaciones de Abel.

A continuación, se acercó despacio y, quedándose enfrente, me miró fijamente y dijo:

  • Siento mucho lo de anoche, cariño. Te juro que no volverá a ocurrir, de verdad. Te quiero. Créeme, por favor.

Mientras me hablaba, me cogió de las manos y tirando de mí, me levantó y rodeándome con sus fuertes brazos, me hizo sentir pequeña y protegida a la vez. Sin poder evitarlo empecé a llorar, sintiéndome vulnerable.

Él aprovechó ese momento de debilidad y me besó en los ojos, la nariz, los labios para, luego, fundirnos en un apasionado beso que me supo a gloria.

Desde la puerta, Javi aplaudió y gritó:

  • ¡Va chicos! ¡Espabilad que se hace tarde y tenemos mucho camino por recorrer!

Alicia apareció a su lado y nos miró atónita y me sentí como si le hubiese quitado un juguete, que ella me había robado primero, como un juego de niñas. Entonces caí en la cuenta de que Abel no pertenece a nadie, es un adulto que puede decidir con quién ir y, sentí miedo, miedo a perderle, miedo a quedarme sola, a que me rechazase, a que me abandonase, miedo a la vida.

Entramos en el refugio, desayunamos junto con el grupo de adolescentes que durmieron en la misma habitación mientras les observaba intentando averiguar si escucharon nuestra movida.

Más tarde de lo que habíamos previsto empezamos a caminar dirección a la brecha, eso significaba que habría menos paradas de descanso o que serían más cortas si queríamos seguir con la ruta planificada.

El resto de la semana transcurrió sin ningún contratiempo, aunque me ocupé de no dejarles solos en ningún momento, aproveché para besar a Abel delante de los dos cada vez que pude y, sobre todo, cuando llegaba el momento de ir a dormir me encargaba de organizar la como nos colocaríamos, de forma que Abel y yo quedábamos a un lado o bien Alicia y yo quedábamos en medio de ellos dos. Parecía que todo estaba controlado y que todo iba según los planes previstos.

El viernes por la tarde habíamos conseguido nuestros propósitos y estábamos de vuelta al hotel, donde, por fin, nos relajamos con una merecida ducha, algo que se echa mucho de menos, cuando se está en plena naturaleza. Una vez estuvimos aseados y con ropa limpia, cenamos los cuatro en el restaurante del hotel y luego salimos a dar una vuelta por el pueblo, incluso nos apeteció entrar en un bar para tomar una copa y aprovechar para comentar algunas anécdotas, compartiendo las fotografías que habíamos hecho.

De vuelta al hotel, en la intimidad de nuestra habitación, Abel se dejó ir en la cama y yo aproveché para sentarme encima y besarle en el cuello, las orejas, los labios, luego le quité la ropa suavemente, mientras lamia lentamente cada parte de su cuerpo hasta llegar al pene, que esperaba enardecido y mi hábil lengua le hizo llegar al éxtasis.  Después fue él quien recorrió mi cuerpo con su traviesa lengua. Seguimos así, dándonos placer hasta que, muy excitados, nos fundimos en un solo cuerpo para alcanzar de nuevo un potente orgasmo.

Abrazados, nos dormimos enseguida, sin embargo, no había pasado ni una hora que me desperté de un sobresalto, con un peso en el pecho, como si me faltase la respiración. Le miré, dormía plácidamente, con una sonrisa de satisfacción en los labios. Me levanté un poco mareada, fui al baño y me refresqué la cara observando unas feas ojeras bajo mis ojos, tal vez un poco tristes, temiendo que ese rato de sexo solo fuese un oasis en un largo desierto que debería atravesar, tenía una extraña premonición, temía que se acercaban cambios y no estaba segura de que me gustaran.

Llegamos a casa el sábado por la noche, cansados pero satisfechos de haber podido seguir con el plan que habíamos trazado en un principio. Decidimos pasar el domingo descansando, en el jardín y la piscina, puesto que el lunes deberíamos volver a la rutina de nuestros frenéticos trabajos. Menos mal que contaba con la ayuda de Teresa que vendría el lunes por la mañana y se ocuparía de poner la lavadora, la secadora y planchar la ropa.

El domingo me desperté temprano y me quedé a su lado observando como dormía, rozando suavemente con mi dedo su torso desnudo. Nuevamente, me asaltaron las dudas y el temor de perderle y, aunque no quería recordar la noche del refugio, no podía evitar darle vueltas, así que decidí levantarme y bajar a la cocina. Me preparé una infusión de té con menta y salí al jardín, paseando descalza por el césped, contemplando los árboles, las flores y el agua cristalina de la piscina, que me invitaba a tirarme y disfrutar del silencio de una mañana de domingo, así que aproveché para quitarme la ropa y me lancé, intentando no pensar en nada, solamente concentrándome en las brazadas, cada vez más rápidas.

Salí de la piscina jadeando por el esfuerzo y me estiré en una hamaca, dejándome acariciar por los suaves rayos de sol de primera hora, cerré los ojos, intentando no pensar en nada, concentrándome en la respiración. Cuando los volví a abrir, vi a un joven al otro lado de la piscina, barriendo las hojas del césped, mirándome descaradamente, con una preciosa sonrisa en los labios.

Avergonzada por mi desnudo, me metí en casa y subí corriendo a mi habitación, intentando no hacer ruido para no despertar a Abel. Sin embargo, cuando estaba a punto de entrar, le oí hablar en voz baja, casi susurrando:

  • Claro preciosa, mañana nos vemos en la cafetería de siempre. Ahora no puedo hablar, está en el jardín, pero puede entrar en cualquier momento. Vale, de acuerdo, mañana lo hablamos y decidimos que hacemos.

Irritada y disgustada,  entré bruscamente, cogí su teléfono, lo tiré con fuerza al suelo y grité:

  • ¿Y ahora que me cuentas? Así que no es importante para ti. Creía que me querías.
  • ¿Qué haces? ¡Loca! – dijo recogiendo el teléfono y mirándolo detenidamente, intentando comprobar si solamente se había roto el cristal protector.
  • ¡Dime la verdad! – seguí gritando.
  • ¿Desde cuando estás con ella? – continué preguntando a voz de grito.
  • Lo siento, África, lo siento mucho, no sé como ha pasado, bueno, en realidad no ha pasado nada, solo nos hemos besado, pero te juro que no ha habido nada más.

Me apresuré a vestirme mientras observaba todos sus movimientos, sin embargo, seguía cabizbajo, seguramente se sentía culpable y no se atrevía a mirarme. Después de un incómodo silencio dijo:

  • Sé que ahora no puedes creerme, pero no ha pasado nada, aunque reconozco que necesito aclararme. Creo que será mejor que me vaya a casa de mis padres y cuando estés más tranquila ya hablaremos. Has sido muy importante en mi vida y no quiero llegar a odiarte.

Un escalofrío recorrió mi cuerpo al escuchar la última palabra, así que, temblando me senté al borde de la cama, tapándome la cara con las manos, escuchando como abría una maleta donde iba colocando ropa y algunas de sus cosas.

Pasaron unos minutos que se hicieron eternos, cerró su maleta y se acercó, cogiéndome de las manos me acercó a su cuerpo y me abrazó, besándome en la mejilla mientras me decía:

  • Será mejor así, si sigo aquí nos haremos daño. Estoy hecho un lío y necesito pensar. Tranquilízate, por favor. Ya hablaremos.

No me moví, ni siquiera contesté, por el rabillo del ojo vi como cogía su maleta y salía presuroso de la habitación.

Corrí hacia la ventana para confirmar que subía a su deportivo y salía de casa, dejando un gran vacío en mi interior, sintiéndome, por primera vez en mi vida, rechazada, sin saber si lo amaba o lo odiaba, si quería recuperarlo o no quería verle más.

Bajé a la cocina y, mientras me llenaba un vaso con zumo de piña, miré por la ventana y entonces vi, de nuevo, al chico que barría el césped, el muchacho que me vio desnuda y del cual me había olvidado por completo.  De repente, levantó la cabeza, miró hacia la ventana y me sonrió.

Era alto, delgado, con el pelo castaño y rizado, llevaba unos vaqueros descoloridos y una camiseta de tirantes blanca, resaltando sus brazos musculosos y morenos.

Salí al jardín y le ofrecí un vaso de agua o de zumo y él, sin dejar de sonreír, dejó la escoba, se acercó envolviéndome con su aroma a limones recién exprimidos. Frente a mí, tal vez demasiado cerca, no pude evitar analizar su cara aniñada, con algunas pecas sobre la nariz puntiaguda, los ojos almendrados color miel se volvían verdes según les daba el sol y su sonrisa permanente inundaba la estancia. Cuando le pregunté que le apetecía me contestó:

  • Un poco de agua fresca y un poco de ti.
  • ¿Qué? – pregunté azorada.
  • Bueno, pienso que eres muy guapa y si hay alguien capaz de herirte es porque no aprecia lo que tiene en casa y no te merece. Pero estoy seguro de que con el tiempo se arrepentirá y te pedirá perdón – contestó acariciándome la mejilla con la yema de su dedo.

Aturdida por el descaro que manifestaba, me quedé sin palabras y mientras intentaba buscar las frases adecuadas en mi vocabulario, entré en la cocina, abrí el frigorífico saqué una jarra de agua, llené un vaso y, mientras se lo ofrecía me atreví a preguntar:

  • ¿Y tú cómo sabes tanto de mí?
  • Aunque nunca me has visto, vengo a menudo con mi padre, Ramón y te aseguro que he visto algunas cosas en tu casa que ni te imaginas – contestó con un tono de misterio en su voz grave.
  • ¿Cosas? ¿Cómo qué? – seguí preguntando, aunque no estaba segura de querer conocer las respuestas.
  • Cuando no estás, tu marido trae gente a casa y ocurren cosas bastante sorprendentes – siguió comentando al tiempo que bebía un sorbo de agua.

Me apoyé en la pared, intentando aparentar una tranquilidad que no tenía, mientras dejaba el vaso encima de la mesa y se acercaba lentamente, como si midiese cuál sería su próxima jugada, sin embargo, cuando llegó frente a mí, me abrazó suavemente, con dulzura, rozando mis mejillas con sus labios, haciendo que me sintiera protegida, sin poder rechazarle.

Estuvimos abrazados en silencio bastante tiempo, no obstante, en ningún momento me encontré incomoda, al contrario, me sentí como si nos conociéramos de toda la vida. Luego me besó en la mejilla, en los ojos, en la nariz y, al final, nos fundimos en un sensual y apasionado beso en la boca. Cuando nos separamos me susurró en el oído:

  • Sabes que tu piel huele muy bien, aroma a… coco, me encanta.
  • Esto no está bien, ni siquiera sé cuál es tu nombre. Además, seguro que eres menor de edad. Esto no está bien – murmuré dejándome llevar por su elegante delicadeza.
  • Mi nombre es Dani y tengo diecisiete años, pero soy más maduro que muchos hombres de tu edad, incluido tu marido – se apresuró a contestar.

Sin decir nada más, nos desnudamos el uno al otro, dejándonos llevar, acariciándonos, besándonos y, sin darme cuenta, estaba tan excitada que no podía parar, sin llegar a considerar, en ningún momento, que, tal vez, este acto podría traer consecuencias.

Aunque nos dejamos llevar por su juventud y fogosidad, su hábil lengua recorrió cada rincón de mi cuerpo haciéndome olvidar todos los problemas. Por supuesto, el sexo sirve para desfogarse de todas las tensiones y acabamos relajados, estirados en la alfombra, acurrucados uno junto al otro y entonces fue cuando me di cuenta de que aquello no tenía que haber sucedido, por lo que me atreví a pedirle:

  • Espero máxima discreción, Dani.
  • Por supuesto. ¿Por quién me tomas? – dijo visiblemente molesto.
  • Es más, creo que no debe repetirse – seguí avisándolo.
  • ¿Por qué? ¿No te ha gustado? – preguntó disgustado.
  • No es eso, eres menor de edad y además el hijo de mis trabajadores. No quiero pensar que pasaría si tus padres se enteraran – contesté atemorizada.
  • No tienen por qué enterarse. Ni tú ni yo se lo vamos a contar a nadie ¿No? – explicó él.

A la hora de comer, sacamos del congelador una fiambrera de las que me deja su madre con comida preparada para toda la semana. Sentados en la mesa del jardín, al lado de la barbacoa, degustamos un apetitoso pollo con verduras y un pedazo de una sabrosa tarta de frambuesas. Mientras saboreábamos una copa de vino blanco muy fresquito, sonó su móvil.

  • Si papá, ya he terminado. No, no voy a venir a comer, me voy con Iván a tomar unas tapas. Nos vemos luego – dijo guiñándome un ojo.

A continuación, nos estiramos en el césped aprovechando para dormir una plácida siesta y, al despertarnos nos bañamos desnudos, nos besamos, nos acariciamos y de nuevo volvimos a caer en la tentación. Puedo asegurar que quería pararlo, sabía que me estaba metiendo en terreno peligroso, sin embargo, no podía ponerme autoritaria, reconozco que a mí autoestima le iba demasiado bien esa dosis de juventud y, en aquel momento, era lo necesitaba Era fantástico que alguien me tratase como una reina, que me adulase, que tuviese ganas de mí. En ningún momento llegué a pensar en Abel, ni en los años que habíamos estado juntos, ni las experiencias compartidas, todo se me antojaba lejano, en realidad no quería recordar, solo vivir el momento.

A la hora de cenar me preguntó:

  • ¿Quieres que me quede a dormir contigo?
  • No, no puedes ni debes. Mañana a primera hora vendrán tus padres y no pueden ni siquiera llegar a pensar que hemos estado juntos – me apresuré a contestar.
  • Ya lo sé, pero puedo levantarme temprano y marcharme antes de que ellos lleguen – insistió con una sonrisa.
  • De ninguna manera, tú tienes que ir a dormir a tu casa, no quiero follones – asentí sin dejar ni un asombro de duda en mis afirmaciones.
  • De acuerdo, siempre y cuando nos volvamos a ver pronto – dijo acariciándome el pelo.
  • Eso ya lo hablaremos más adelante, tengo mucho que pensar, tomar decisiones importantes y tú, por ahora, no entras en mis planes. – contesté manteniéndome firme, al menos de momento, aunque sabía de sobras que ya estaba metida en un lío.

Nos abrazamos, nos besamos con ternura, luego le acompañé hasta la puerta y colocándose un casco rojo se subió a su motocicleta azul y se marchó.

Ahora tendría que poner en orden todos los sucesos de los últimos días, sobre todo de las últimas horas y, aunque ahora estaba mucho más tranquila, no tenía ni idea de que quería o debía hacer con mi vida sentimental.

En la soledad de la noche, la cama me pareció enorme, eché de menos a Abel, sus caricias de buenas noches, esos besos suaves y las conversaciones triviales de como nos había ido el día. La noche se hizo larga recordando todos los buenos momentos compartidos con él, comparando, sin querer, las sesiones de sexo con Dani.

Me levanté temprano dispuesta a prepararme para la vuelta al trabajo, segura de que una vez en la oficina no tendría tiempo de pensar en nada más.

Estaba desayunando en la cocina cuando llegaron Ramón y Teresa y mientras él inspeccionaba el jardín, Teresa empezó a ordenar la cocina. Al poco rato se acercó y me preguntó:

  • ¿No te encuentras bien, África?
  • Si, por supuesto. ¿Por qué me lo preguntas? – dije asombrada.
  • Verás, llevas un demasiado tiempo removiendo el café, aún no te has comido las tostadas y parece ser que has derramado el zumo por la mesa – contestó visiblemente preocupada.
  • Es que ayer me peleé con Abel y se fue a dormir a casa de sus padres – le informé vagamente, intentando no dar más explicaciones.
  • Seguro que todo se arregla – quiso consolarme acariciándome la cabeza con cariño.

Sin embargo, había algo en esa mujer que me impedía mentirle, me conocía demasiado bien, hacía bastantes años que trabajaba en casa y era muy cariñosa, así que, sin poderlo evitar, empecé a contar todo lo que había pasado en el refugio y el domingo por la mañana, cuidando de no mencionar a su hijo Dani para nada. Entonces, abrió su bolso y después de buscar en su interior, sacó un paquete de cartas y sonriendo musitó:

  • Creo que ha llegado el momento de que te haga una tirada de Tarot.
  • No hace falta, no creo en esas cosas – me apresuré a contestar.

Pero ella se había sentado enfrente de mí, había dispuesto un pequeño tapete estampado encima de la mesa y estaba barajando las cartas. A continuación, me ofreció el mazo pidiéndome que lo cortara.

Poco a poco, giró las cartas una a una colocándolas encima del tapete y, sin dejar que yo pudiese expresar mi opinión, empezó a predecir:

  • Está muy claro, esa chica, Alicia, no es importante para él, no duraran, no obstante, es el detonante de una batalla que se está librando en su interior. Te quiere, pero necesita cambios en su vida y cree que Alicia puede ser la solución. Por otro lado, veo que tú también tienes dudas con respecto a vuestra relación. ¡Vaya! Vas a conocer a una persona que te demostrará lo que es el amor de verdad. Y hasta aquí puedo leer – terminó su predicción con un guiño mientras recogía las cartas.

Desconcertada por toda esa información que acababa de suministrarme gratuitamente, sin que yo se lo pidiese, miré el reloj y salté de la silla murmurando:

  • Lo siento Teresa, se hace tarde y tengo que ir a trabajar.

Cuando llegué a la oficina encontré que el ambiente estaba tenso, la mayoría de mis compañeros estaban nerviosos y cuchicheaban entre ellos. Intenté dejar de lado este entorno tan tirante y me centré en encender el ordenador y estudiar la pila de carpetas que tenía encima de la mesa hasta que, entró Margarita, la Directora de Contabilidad y me preguntó:

  • Buenos días África ¿Cómo han ido las vacaciones?
  • Bien – mentí dedicándole una tímida sonrisa, sin atreverme a mirarla a los ojos por temor a que se diera cuenta de que no era del todo cierto.
  • Oye, me he dado cuenta de que el personal está un poco nervioso. ¿Ocurre algo que deba saber? – pregunté sin más.
  • Si, han ocurrido muchas cosas desde que te marchaste de vacaciones – contestó tapándose la boca con la mano.
  • Anda, no será para tanto, no pueden pasar tantas cosas en una semana – increpé mirándola un poco asustada.
  • Verás, la Junta Directiva ha contratado a una empresa para que haga una Auditoria. Hace meses que tenemos pérdidas y, por lo visto, es debido a que tenemos demasiado personal contratado, exceso de viajes, comidas, ferias y publicidad. Están haciendo recortes y han empezado por el personal, de momento han despedido a cinco personas y, como has podido comprobar, todos están atemorizados, preguntándose quién será el próximo.

Me quedé sin habla, intentando reorganizar mis ideas y un escalofrío recorrió mi cuerpo haciéndome estremecer. Sin embargo, estaba segura de que yo era imprescindible, aunque, estoy segura de que la mayoría nos sentimos imprescindibles hasta que se demuestra lo contrario.

Se me ocurrió que lo mejor que podía hacer era centrarme en mi trabajo para que, de esa forma, no tuviesen motivos para cuestionar mi puesto de trabajo. Durante toda la semana trabajamos todos bajo la presión de la empresa que efectuaba la auditoria, sintiéndonos como títeres movidos por un Dios invisible.

No conté a nadie mis problemas personales y, aunque tanto Abel como Dani intentaron contactar conmigo, me excusé alegando que tenía mucho trabajo y hasta el fin de semana no podríamos vernos.

Así pues, el viernes por la tarde, llegué a casa extenuada por el estrés de toda la semana, me puse ropa cómoda, me serví una copa de vino blanco y me senté en el jardín, intentando relajarme. De repente, oí unos ruidos detrás de la barbacoa, asustada me acerqué y me encontré a Dani, recogiendo ramas y hojas que luego colocaba en el compostador.

No pude evitar sonreír y él me correspondió, dejando la carga que llevaba y acercándose peligrosamente me abrazó, llenándome la cara de besos, mientras me decía lo mucho que me había echado de menos. Me gustó esa sensación de ser necesaria para alguien, después de una dura semana, del recuerdo de Abel, de Alicia y de él mismo, Dani, con quien había tenido una maravillosa sesión de sexo hacia algunos días.

Y allí estábamos, en el jardín, abrazados, besándonos y acariciándonos, cuando se oyó un ruido en la puerta de entrada y unos gritos:

  • ¡África! ¿Estás en casa? – vociferó Abel, haciéndonos separar bruscamente.
  • ¡Estoy aquí, Abel! – grité, dirigiéndome a toda prisa hacia la entrada para que no sospechase nada y no pudiese ver a Dani.
  • He pensado que sería buena idea que cenáramos juntos para poder hablar – dijo mirándome a los ojos, esperando mi aprobación.
  • Hubiese sido mejor que me hubieses llamado antes, he tenido una mala semana en la oficina y había pensado relajarme, ahora no me apetece hablar con nadie – respondí sinceramente, observando como Dani se escondía detrás de unos matorrales.
  • Por favor, cariño, he venido expresamente, no podemos dejarlo, tenemos que hablar, aclarar la situación y cuanto antes mejor – insistió suplicando.
  • De acuerdo, vamos dentro – cedí un poco disgustada.

Nos sentamos en el sofá y empezó a hablar:

  • La verdad es que estoy hecho un lío. Sé que te quiero, pero no sé si es por rutina. Estoy conociendo a Alicia y quiero valorar las dos relaciones para poder decidir si seguimos juntos o nos separamos y me voy con ella. Necesito un tiempo para pensar.

Un nudo en la garganta me impidió hablar y, sin poder evitarlo, empecé a sollozar, al tiempo que pensaba qué estrategia debía seguir para convencerle de que se quedara conmigo, para que me diese una nueva oportunidad.

  • Por favor, cariño, no llores, no quiero lastimarte, te tengo mucho aprecio y me duele verte sufrir. – dijo pasando su brazo sobre mis hombros, atrayéndome hacia su pecho al tiempo que me besaba suavemente en la frente.
  • Si me quieres ¿por qué quieres dejarme? – me atreví a murmurar mientras me agazapaba en su cuerpo buscando su boca para fundirnos en un apasionado y dulce beso en la boca.

Intentando no pensar en nada le quité la ropa y él a mí para, a continuación, acoplarnos, juntos en el sofá, como muchas otras veces. Hicimos el amor como si fuese la última vez, lentamente, degustando cada movimiento, cada beso, cada caricia, fundiéndonos en un solo cuerpo para disfrutar al máximo hasta llegar al éxtasis.

Después, nos quedamos abrazados largo rato, hasta que sonó su móvil y se levantó presuroso mirando de quién era la llamada y luego contestó con una pregunta:

  • ¿Cariño?
  • Si, estoy en casa con África, he venido a buscar algunas cosas y hablar con ella – dijo evitando mi mirada.
  • De acuerdo, preparo algunas cosas y salgo enseguida, nos podemos encontrar en la Pizzería en una hora – siguió explicándole.
  • De acuerdo, un beso – termino diciendo para colgar y dejar el móvil encima de la mesita y vestirse rápidamente.

No me moví del sofá mientras él se apresuraba a vestirse para después besarme en la frente haciéndome sentir pequeña, utilizada y abandonada a la vez, entretanto él se justificaba diciendo:

  • Lo siento mucho, África, no se como ha podido pasar. Estoy pasando por un mal momento en la oficina, ya sabes que tengo muchos problemas. Un día nos encontramos en una cafetería, por casualidad, sin planearlo, nos sentamos en una mesa, compartimos una caña y, sin darnos cuenta, conectamos. Cuando llegó la hora de despedirnos quedamos para el día siguiente, a la misma hora, en el mismo lugar y, casi sin querer, nos besamos. Me asusté, no quería que me gustase, pero no pude hacer nada, ella era como la brisa fresca de la mañana, me hacía sentir bien. Seguimos viéndonos, conociéndonos y planeamos las vacaciones de manera que ni tú ni Javi pudieseis sospechar nada. Te quiero, pero en este momento tengo la necesidad de seguir conociendo a Alicia, no sé todavía lo que siento por ella, pero me apetece averiguarlo. Creo que será mejor que me vaya una temporada y luego si las cosas van bien con ella ya veremos si nos divorciamos.

A partir del momento en que escuché “nos besamos”, un escalofrío recorrió mi cuerpo impidiéndome razonar y cuando oí “ya veremos si nos divorciamos” me sentí traicionada y le salté a la yugular gritando:

  • ¿Pero tú que te has creído? ¿Qué crees que soy? Una cornuda de recambio a la que puedes volver si las cosas no van como te habías imaginado. ¡Ni lo sueñes! Si decides marcharte no hay vuelta atrás, nos divorciamos y ya está.
  • Tranquilízate, cariño – intentó decir, sin embargo, yo no le dejé continuar y seguí gritando:
  • Que me tranquilice, me dices que me tranquilice, pero tu ¿de qué vas?
  • Intento explicarte como ha ido todo, por favor, tranquilízate – me pidió un poco asombrado, como si no esperase esta reacción por mi parte.

Mientras me sentaba en el sofá llorando él subió a nuestra habitación. Al cabo de unos minutos bajó con otra maleta y dejándola en el suelo, se acercó y me dijo:

  • Cuando estés más tranquila nos volveremos a encontrar para hablar. Siento hacerte pasar por esto, pero necesito pensar, aclarar mis ideas y decidir.

Cuando se marchó, salí al jardín, inconscientemente busqué a Dani que, por suerte, ya se había ido. Miré el móvil pensando a quién podía pedir ayuda, Carmen y Rosa eran perfectas, así que les mandé un mensaje de voz y vinieron a pasar el fin de semana en casa, animándome y cuidando de mí.

No fue fácil levantarme el lunes para ir a la oficina, puesto que mi situación laboral estaba tan crítica como la sentimental. A media mañana me llamó Edu, el director de Recursos Humanos y me pidió que me presentara en su despacho. Edu siempre había sido un tipo raro y ahora, desde que las decisiones las tomaba la empresa que hacía la auditoria, él era un títere que solo se encargaba de despedir a aquellos que habían sido seleccionados, por lo que mis piernas temblaban mientras me dirigía hacía su despacho.

Me hizo sentar y a continuación empezó su discurso:

  • Supongo que ya debes saber que la empresa está reduciendo gastos. Hemos estudiado detenidamente el cargo que desempeñas y hemos llegado a la conclusión que podemos prescindir de tu puesto. Por lo que he de comunicarte que a final de mes te daremos una indemnización, el finiquito y, por supuesto, cobrarás la prestación por desempleo. Lo siento África, pero son órdenes de Dirección.
  • Por favor Edu, no puedes despedirme sin más. Seguramente habrá algún trabajo donde me puedas colocar, aunque sea en Recepción – supliqué.
  • En Recepción había tres personas y ahora ya solo queda una, por lo que no hay nada más que hablar. Tienes suerte porque en Dirección están contentos con el trabajo que has realizado todos estos años y te darán una carta de recomendación, que te será muy útil para encontrar un nuevo trabajo. Creo que deberías estar contenta, algunos compañeros tuyos no han tenido tanta suerte – se justificó evitando mi mirada.

Confundida me quedé mirándole fijamente, sin saber qué hacer  hasta que, mirándome de reojo dijo:

  • Eso es todo, puedes volver a tu despacho, aprovecha para terminar las tareas que tengas empezadas porque antes de final de mes deberás dar explicaciones de todas ellas. Hasta luego.

Sin decir nada, me levanté y arrastrado levemente los pies me dirigí hacia la puerta y, como un robot, la abrí y salí al pasillo. Sin mirar a nadie me dirigí hacia mi despacho, me senté y, sin hacer nada, esperé a que fuese la hora de salir.

Si creía que mi vida era un caos, ahora había empeorado, así que, al salir, cogí el coche y conduje por la ciudad sin rumbo fijo, sin saber a donde ir, intentando no pensar en nada, con un gran vacío en mi interior.

Llegué a casa más temprano de lo habitual y cuando Teresa vio mi expresión desencajada enseguida se percató de que algo importante me ocurría, así que me preparó una infusión relajante, me hizo sentar en la mesa de la cocina y sentí la necesidad de contarle lo que había sucedido, tanto con Abel como en el trabajo.

Pacientemente me escuchó quejarme, llorar, gritar y luego, tranquilamente me aconsejó:

  • Mi niña, déjame que te explique que todo pasa por algún motivo y estas señales te están indicando que ha llegado el momento de efectuar un cambio en tu vida. No dejes que esto te influya en negativo, al contrario, busca la parte positiva.
  • ¿Y qué parte positiva hay en quedarse sin trabajo y sin marido? – pregunté lamentándome.
  • Estoy segura de que puedes encontrar un trabajo mejor, pero creo que primero deberías aprovechar para darte unas merecidas vacaciones. ¿No te quejabas de que solo has podido disfrutar de una semana en todo el año? – siguió retándome.
  • Y lo de Abel ¿cómo lo justificas? ¿Qué crees que debo hacer? – implore.
  • Aunque ahora no te lo parece, nadie es imprescindible, puedes echar de menos a alguien, pero el tiempo lo cura todo, así que mi consejo es que hagas un buen viaje, tal vez un crucero relajante donde puedes conocer a personas muy increíbles que te ayudaran a enfrentarte a este mal momento para reemprender tu camino con más ganas y, seguramente, la suerte te acompañará. Deja fluir y disfruta de la vida. – expuso sonriendo mientras me besaba en la frente con cariño.
  • Tal vez tienes razón, aprovecharé mis ahorros para hacer un viaje, tomarme un tiempo sabático y luego ya buscaré trabajo – contesté un poco insegura.

Así pues, en la oficina, acabé las tareas que tenía empezadas, buscar información sobre el viaje que emprendería y salir puntual para ir al gimnasio y relacionarme con aquellas personas que coincidían en mis clases de danza del vientre, zumba o spinning.

Una tarde me encontré a Javi que me esperaba a la salida del gimnasio y, aunque no tenía ganas de hablar con él decidí darle una oportunidad y escuché:

  • Quiero que sepas que Alicia me quiere a mí y Abel es un pasatiempo del que se cansará, porque estamos destinados a vivir juntos para siempre. A veces tiene la necesidad de probar nuevos caminos, pero siempre vuelve porque me quiere y no encontrará a nadie que la perdone y le dé una nueva oportunidad. Así que tranquila podrás recuperarlo en unos meses.

Sonriendo tímidamente y sin decir nada más le dejé convencida de que nadie es imprescindible.

Cuando me sentí suficientemente fuerte hablé con Abel y acordamos vender la casa y separarnos.

Sin embargo, cuando Alicia se enteró decidió volver con Javi y Abel se quedó solo, así que me pidió que lo perdonase y que le acompañase a París donde lo han trasladado como Director Financiero de la zona y, aunque una sombra de duda me hizo dudar le contesté que nuestra historia juntos había terminado y que no entraba en mis planes futuros, aunque estoy segura de que lo volverá a intentar.

A punto de embarcar de embarcar en un crucero en el que pasaré tres meses dando la vuelta alrededor del mundo, desde la cubierta del trasatlántico me despido de Dani que me ha acompañado con mi coche y me ha ayudado a cargar las maletas a bordo, eso si dejamos claro que entre nosotros hay una bonita amistad y buenos recuerdos de sesiones de sexo juvenil.

Por ahora no he pensado qué haré cuando vuelva de estas estupendas vacaciones, solamente he decidido vivir el presente y disfrutar.

FIN

Lois Sans

6/09/2018

 

 

 

 

 

 

 

 

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